jueves, 20 de julio de 2017

El sindicato de policía yiddish (2007). Michael Chabon

Con la presente entrada concluyo la revisión de las novelas que he seleccionado como representativas para el lector en español del subgénero de las ucronías, uno de los más fascinantes de la literatura de ciencia-ficción. Voy a hablarles de "El sindicato de policía yiddish", que como ya anticipé en mi anterior entrada ("El círculo de Farthing"), fue el segundo acercamiento en apenas un año a un hecho divergente relativamente similar: el devenir de los judíos tras una Segunda Guerra Mundial ligeramente diferente a la que realmente tuvo lugar. Con la diferencia de que la novela de Chabon se alzó con los premios Hugo y Nébula, los más importantes del género y que la convierten quizá en la historia alternativa más premiada de todos los tiempos. Aunque como ya anticipé en mi anterior entrada, creo que la novela de Walton es indiscutiblemente superior. Y es que "El sindicato de policia yiddish" me pareció una ucronía mediocre, muy bien documentada y ambientada en lo relativo al mundo judío, pero barroca, un tanto espesa, y decepcionante como novela de detectives que intentan resolver un asesinato.

Sin duda lo mejor del libro es el hecho divergente del que parte el autor, y cómo lo desarrolla: tras la Segunda Guerra Mundial la creación del estado de Israel resulta fallida, y varios millones de judíos de todo el mundo (fundamentalmente centroeuropeos y soviéticos) se van asentando gradualmente en una nueva "tierra prometida": el núcleo urbano de Sitka, en la hinóspita Alaska. Allí, durante prácticamente setenta años, van conformando una nueva sociedad que mientras gana terreno a los nativos tiglit adquiere entidad propia pero conservando la mayoría de los rasgos históricos del pueblo judío. Así hasta llegar al año 2007, en el que mediante la denominada Revocación los E.E.U.U. están a punto de recuperar la soberanía sobre este territorio, forzando a los judíos a una nueva y perturbadora diáspora.

En este original ambiente Chabon recrea, con un gran conocimiento y a la vez un gran espíritu crítico sobre la señas de identidad del pueblo judío, lo mejor y lo peor del mismo: desde sus costumbres menos conocidas para el lector cristiano, pasando por profesiones inverosímiles (baste recordar al Experto en Demarcaciones), hasta sus aficiones favoritas (con lugar preeminente para el ajedrez). Todo ello enriquecido mediante decenas de términos yiddish (algunos de ellos inventados ex profeso para esta sociedad alternativa), muchos de los cuales se explican en el útil y sin embargo fallido glosario (que recoge muchos términos, pero deja otros tantos sin clarificar por alguna razón que desconozco).

Y casi podríamos decir que aquí acaba lo bueno de la novela, porque si bien es cierto que, especialmente en su tramo central, hay unos cuantos capítulos interesantes y con cierto "gancho", no es menos cierto que el primer cuarto de sus más de cuatrocientas páginas es prescindible casi en su integridad, con el detective protagonista Meyer Landsman dando tumpos por Sitka sin que el lector vea las razones tras esos movimientos. Un progagonista, además, de lo más manido: el típico detective sórdido, alcoholizado, atormentado, sin plan de trabajo claro y al borde del suicidio. Se ve que la originalidad de Chabon a la hora de caracterizar personajes no es su punto fuerte.

No sólo eso: Chabon parece empeñado en poner a prueba al lector con una prosa recargada, pretenciosa, que abusa de los barbarismos y recurre de manera extenuante a símiles poco naturales para explicar sonidos, olores, sensaciones... Además lo hace partiendo de una estructura narrativa que repite una y otra vez a lo largo de los cuarenta y seis capítulos: las dos primeras páginas de la gran mayorá de ellos son meras disertaciones tangenciales a la narración, expuestas en largos párrafos que frenan el ritmo narrativo y le quitan foco a los actos y avatares de Landsman durante el resto del capítulo.

Para rematar el capítulo de los defectos, debo señalar que la trama es muy endeble: a pesar del fuerte componente detectivesco que sostiene la novela, apenas hay episodios de acción. Chabon tampoco logra aumentar la intriga a medida que van llegando las averiguaciones, se deja sin utilizar en el flojo desenlace la mayoría de los frentes que ha abierto durante la narración (por ejemplo, no aclara el paradero de Litvak, ni el destino del rabino verbover), y remata la novela con el más típico y esperable de los recursos narrativos: el regreso de Landsman con Bina, su jefa y ex-mujer.

Si a este cóctel le añadimos la defensa a ultranza de las cualidades paranormales del asesinado Mendel Shpilman (lo que le resta credibilidad a la novela ante los ojos del público adulto), un fallido capítulo cuarenta y cuatro en el que Chabon intenta sin éxito llevar a su novela al clímax enlazando distintas situaciones temporales, y una explicación pobre sobre los sucesos que al parecer se desencadenan en Palestina, comprenderán por qué me resulta difícil aceptar que esta novela se alzara con los mayores premios del género en los años 2007 y 2008 (por ejemplo, la finalista del Hugo de 2008 "La colonia perdida" de John Scalzi, me parece, sin ser una maravilla, una novela bastante mejor).

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.