domingo, 25 de junio de 2017

Emperador (2006). Stephen Baxter

Me sigo acercando al final de la revisión de las novelas que he seleccionado como representativas del subgénero de las ucronías para el lector en español. Le ha llegado el turno al único autor que repite en esta selección: el británico Stephen Baxter, del que ya reseñé hace unos meses "Antihielo". La razón para incluir dos novelas de este autor es la disparidad en la manera en que ambas enfocan el subgénero de las ucronías: mientras que "Antihielo" se basa en un desarrollo científico anticipado para construir una novela mitad steampunk - mitad homenaje a Jules Verne, "Emperador" propone una historia alternativa sólo ligeramente diferente de la que en realidad conocimos, pero en la que el devenir histórico viene asegurado a través de una profecía de varios siglos de alcance.

De hecho habrá quien tras leer la novela cuestione que la profecía de Nectovelin y su nieta Agrippina (y el esfuerzo de sus descendientes a lo largo de los siglos porque siga vigente), sea una base suficientemente fuerte como para considerar esta novela una ucronía. Lo que sí es innegable es que "Emperador" es una entretenida novela histórica, con la habitual habilidad argumental y narrativa de Baxter, un buen conocimiento de la Britania romana, y múltiples detalles que juegan a su favor. El más obvio es su estructura: un prólogo y un epílogo que abren y cierran la novela para poner de manifiesto la profecía y concluir lo expuesto, y tres partes claramente diferenciadas (el Invasor, en referencia a Claudio, en el siglo I; el Constructor, en referencia a Adriano, en el siglo II; y el Emperador, en referencia a Constantino y la implantación del cristianismo, en el siglo IV). Y todo ello en menos de cuatrocientas páginas, sin apenas espacio para el relleno, con capítulos cortos y un ritmo narrativo alto. Otros detalles dignos de mención son el mapa de Britania para situar en todo momento la acción, la lista de topónimos, la cronología que presenta al comienzo... Un trabajo muy serio.

Otros puntos fuertes de la novela son: la manera cómo Baxter capta el ambiente tanto de la época como de las distintas situaciones; las frecuentes explicaciones sobre cómo los romanos se fueron expandiendo, fundando determinadas poblaciones, determinando la composición del muro...; la habilidad a la hora de enlazar las tres partes, recurriendo siempre a un "as en la manga" que le permite mantener el interés a pesar de los siempre peligrosos saltos temporales; el respeto por la historia, por ejemplo al comienzo de la tercera parte, cuando resume con concisión y naturalidad doscientos años de la historia romana en Britania; la forma en la que resalta el choque en las civilizaciones nativa e invasora; y algunos episodios muy entretenidos en cada una de las tres partes.

En cuanto a los defectos, quizá el más relevante sea que los personajes de Baxter se suelen ceñir a los estereotipos ya conocidos, sin que ninguno de ellos realmente perviva en nuestra mente tras finalizar la novela. También puede decepcionar que a pesar de las maniobras políticas y el choque de culturas que nos relata, no abunden las reflexiones sobre la visión del mundo o los valores que se enfrentan. Otra circunstancia mejorables es la cierta bajada del nivel que se aprecia en la segunda parte, más filosófica y con menos fuerza. Y también el recurso a situaciones un tanto irreales, como en el tramo final de la primera parte, donde cuesta aceptar la falta de seguridad en torno a Claudio de la que Baxter se sirve, o en la tercera parte, cuando Constantino se aviene a escuchar una profecía sólo a partir de las iniciales grabadas en la espalda de un esclavo.

Al final de la novela, y sin que haya que ponerle reparos al final que nos relata, queda claro que el mundo alternativo ideado por Baxter ha seguido en lo esencial la historia tal cual la conocimos, pero también hay indicaciones de que la profecía seguirá configurando un mundo que cada vez divergirá más respecto al nuestro. De hecho, tras "Emperador" Baxter escribió otras tres novelas explorando su ucronía a lo largo de los siglos posteriores, hasta conformar una tetralogía de historia alternativa que llega hasta nuestros días: el Tapiz del Tiempo. Desafortunadamente, y aunque el balance final de "Emperador" sea favorable, su escasa repercusión comercial provocó que Minotauro desestimara la publicación de estas tres novelas, que permanecen inéditas para el lector en España hasta nuestros días. Así que si quieren seguir buceando en el Tapiz del Tiempo, ya saben lo que les toca...

sábado, 3 de junio de 2017

Las edades de la luz (2003). Ian R. MacLeod

Poco a poco me voy acercando al final de mi lista de novelas representativas del subgénero de las ucronías, uno de los más sugestivos dentro de la literatura de ciencia-ficción. Hoy le ha llegado el turno a "Las edades de la luz", del británico Ian R. MacLeod. Que quizá sea una de las ucronías menos conocidas de esta selección. Publicada por La factoría de Ideas en 2005, se trata de una ucronía singular, con el descubrimiento del históricamente mitificado éter como hecho divergente, la Inglaterra gremial de un siglo XIX paralelo al verdadero como principal aliciente, y una lentitud exasperante y un innecesario abuso de elementos fantásticos como lastre.

Como saben quienes siguen este blog, nunca he apreciado el género de la fantasía (entendida en sentido amplio, no sólo las novelas de espada y brujería). Esencialmente por la falta de rigor y las licencias literarias fáciles que proporcionan la Edad Media, la pócima mágica o el conjuro milenario de turno. Pero cuando esas licencias se toman en novelas que, como la presente, probablemente no las necesitarían, me entristece pensar en la obra que pudo haber sido y no fue. Porque "Las edades de la luz" es una novela siendo generosos muy discreta, pero que podía haber sido más que notable. En ella MacLeod nos plantea un escenario en el que la historia como la conocemos se altera en el siglo XVI tras el descubrimiento de un elemento fantástico, sí, el éter, cuyas propiedades mejoran no se sabe muy bien cómo los instrumentos y las técnicas de la época. Pero las sucesivas tres Edades de la Industria (cada una de un siglo de duración), la organización productiva de la sociedad en gremios que integran los distintos niveles de trabajadores cualificados, su estratificación y los grupos sociales que quedan al margen (los eternamente pobres mercas y los cambiantes, estos últimos una suerte de mutantes resultado de las manipulaciones acarreadas por las reacciones químicas incontroladas del éter) componen un panorama sólido y verosímil, que no debería haber quedado vanalizado por un buen número de elementos fantásticos tan tangenciales al desarrollo de la novela como inadmisibles. Y es que, en especial a partir de la tercera parte, desfilarán ante los ojos del lector dragones, unicornios, peces de los deseos, perlas numéricas, joyas susurro, magioscuridad, hechizos...

Pero por si esta edulcoración de lo que por lo demás podría ser una ucronía consistente no fuera bastante, MacLeod dificulta aún más la tarea al lector con una lentitud narrativa exasperante. Porque tras una primera parte que es en realidad un prólogo y una segunda (centrada en la infancia y adolescencia del protagonista Robert Borrows en la localidad minera de Bracebridge) muy minuciosa pero aún aceptablemente dinámica, el grueso de la novela (las partes tercera y cuarta, ubicadas mayormente en Londres) fatiga al lector con una ausencia de ritmo total y una escasísima lista de acontecimientos. Una y otra vez MacLeod nos describe los aromas, el tiempo atmosférico, los detalles visuales más nimios, y se olvida de que el principal propósito de una novela es contar una historia. Con mención especial para la fiesta de verano en Walcote House, que agota hasta parecer que no va a acabar nunca.

Estos dos graves defectos y otros detalles menores como las casualidades por las que una y otra vez los personajes principales se reencuentran en las circunstancias más inverosímiles, el arrinconamiento que sufren los diálogos ante las eternas descripciones, y el minúsculo tipo de letra, no deberían ocultar algunos aciertos de la novela. El más obvio es la ambientación, sobre todo de Bracebridge y las pequeñas vidas de sus habitantes (para mí casi todo lo bueno de la novela sucede en esa localidad). Pero también de un Londres inspirado en Dickens pero con personalidad propia en sus muchos lugares alternativos (con Hallam Tower a la cabeza). Incluso Walcote House es un marco escénico convincente.

Además, Borrows está bien caracterizado, y algunos de los personajes que se cruzan en su camino (el gran maestro Harrat, Saúl, incluso la maestra Summerton) también rayan a buen nivel (aunque otros como la en realidad poco enigmática Annalise o la insustancial Sadie Paddington dejan que desear). No sólo eso: MacLeod imagina un trasfondo lógico para el misterio que, en un injusto segundo plano, encierran las páginas de la novela (el agotamiento del éter, el experimento con la calcedonia y sus consecuencias en los distintos personajes). Y lo enriquece con una revolución social un tanto atropellada pero sensata, que remata con el surgimiento de una nueva Edad sustentada en el hielo de motor. Todo lo cual evidencia que la ucronía está muy bien trabajada en el fondo, pero que desgraciadamente queda sepultada entre conjuros y trolls. Una pena.