domingo, 18 de diciembre de 2016

La última astronave de la Tierra (1968). John Boyd

Una nueva entrada continúo reseñando en orden cronológico las novelas que he seleccionado como representativas del subgénero de las ucronías. En esta oportunidad le toca a "La última astronave de la Tierra", del escritor estadounidense John Boyd. Boyd fue un escritor que se incorporó al género en su madurez, por lo que su obra no es demasiado extensa y en general resulta poco conocida para el lector en español. La presente novela, de título desconcertante hasta prácticamente el final de su extensión, es su obra más reconocida. A medio camino entre la distopía y la ucronía, se trata de una concisa e inteligente novela que va creciendo conforme se avanza en su lectura hasta llegar a ser francamente sugestiva.

Eso sí, para sacarle el jugo, el libro requiere que el lector se adapte al estilo un tanto arcaico de la Edad de Oro de la ciencia-ficción (a pesar de que fue escrita en 1968, cuando esa época ya había terminado) y que sea condescendiente con la lentitud a la hora de poner al lector en situación, o con los chiclés que rodean el inicio de la relación sentimental entre Harlane IV y Helix. Porque en esos primeros capítulos se adivina ya una sociedad distópica regida por tres estamentos (sociólogos, psicólogos y sacerdotes) en un original equilibrio, y con una separación menos llamativa entre profesionales (con acceso a formación universitaria) y proletarios (menos instruidos, sostienen a la sociedad con su mano de obra). Una sociedad a la que se ha llegado a través de una historia alternativa que no parte de un hecho divergente específico (de hecho se citan decenas de personajes históricos, incluso del siglo XX que en realidad conocimos como Albert Einstein), pero sí un punto de ruptura determinante: la sustitución a finales del siglo XIX del Papa humano por una computadora ideada por el eminente científico Fairweather I.

La ironía con la que Boyd recubre los actos prohibidos de Haldane y Helix hacen que la lectura sea agradable durante el primer tercio a pesar de no tener un motor narrativo claro y de que los devaneos amorosos de ambos puedan llegar a resultar un tanto fatigosos. Pero la muerte de Haldane III en primer lugar y la detención y posterior juicio de Haldane IV llevan finalmente la novela a otra dimensión, mucho más sugestiva respecto a la sociedad ideada por Boyd y al fracaso de los Viajes Espaciales como elemento dinamizador de la misma.

Un acierto de la novela es la elección y caracterización de los personajes de cada uno de los tres estamentos que juzgan a Haldane, y cómo enfocan sus respectivos interrogatorios primero y sus defensas después. También está lograda la figura de Helix, una mujer sorpresivamente enigmática en sus intenciones y motivaciones a lo largo de toda la novela. Así como el planeta llamado (con toda intención) Infierno, un inesperado contrapunto la Tierra propuesta por Boyd y que en una novela contemporánea probablemente habría dado lugar a otras doscientas páginas si consideramos todo lo que encierra.

Además de su estilo arcaico y de las contradicciones que supone referenciar a unos personajes históricos obviamente inaceptables en la sociedad alternativa del siglo XX, otros defectos reseñables de "La última astronave de la Tierra" son el muy poco riguroso elemento científico (encabezado por la propuesta Teoría de la Singularidad, LV2 = -T...) y los rebuscados razonamientos que Boyd propone respecto a cómo enfocar el juicio de Haldane. A cambio, el final es bastante satisfactorio y mejora la impresión global de la novela, pues por una parte logra da sentido a los avatares de Haldane a lo largo de toda su extensión y por otra justifica el surgimiento y control de la historia alternativa planteada, explicándose finalmente el enigmático título en su excelente epílogo.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Pavana (1968). Keith Roberts

Una nueva entrada continúo reseñando las novelas que he seleccionado como representativas del fascinante subgénero de la ucronía. Hoy les voy a hablar de "Pavana", del británico Keith Roberts. Que en sentido estricto no es una novela como tal, sino un fix-up de relatos que comparten hecho divergente y ambientación. Aunque como ya dije al reseñar "Roma Eterna" de Robert Silverberg, un fix-up de relatos es una de las mejores estructuras para explotar al máximo las ucronías, ya que permite detenerse en diversos momentos temporales afectados por el hecho divergente que se haya planteado. Así que a todos los efectos "Pavana" puede leerse como una novela convencional. Y de gran prestigio, por cierto, en especial en Europa. Aunque en mi modesta opinión, y sin atreverme a calificarla de decepcionante, sí que la considero sobrevalorada.

El caso es que el hecho divergente (la victoria de la Armada Invencible española en 1588 sobre la Inglaterra de Isabel I), que Roberts presenta convenientemente en el prólogo, abre un amplio y sugerente abanico de implicaciones. Que un fix-up de cinco relatos más una coda estaría en inmejorables condiciones de explotar. Pero ya desde el primer relato se manifiesta un defecto común a todos ellos: la ausencia de un principio y un final concretos, de una conclusión determinante para el devenir de la novela. Otro defecto, particularmente grave en una novela de ciencia-ficción, es el abuso de elementos fantásticos a lo largo de los diversos relatos: el pueblo del Brezal, los antiguos dioses y su simbología... Ambos inconvenientes, agravados por una prosa que abusa de las frases largas, de las comas, de la descripción de unas sensaciones a menudo demasiado increíbles, lastran en buena medida el disfrute de "Pavana".

Por continuar con los defectos, mencionar el a mi modo de ver excesivo parecido de la Inglaterra del siglo XX ideada por Roberts con la que realmente hubo en la Baja Edad Media, y demasiado alejada de lo que en realidad ha sido la evolución del mundo católico en los últimos cuatro siglos. Llama la atención asimismo la postura enconadamente negativa de Roberts hacia la Iglesia Católica y su influencia en la sociedad. Siempre defenderé que la ciencia-ficción debe hacer cabida a cualquier postura ideológica siempre que se intente racionalizar, y está claro que como institución la Iglesia ha tenido multitud de errores a lo largo de su historia, pero una postura tan fanáticamente en contra como la de Roberts le aleja de la racionalidad que siempre debe presidir el género y en mi opinión le resta credibilidad. Señalar, por último, la irregularidad del libro, puesto que existen relatos que prácticamente no aportan nada ("De damas e hidalgos", y sobre todo "Hermano John", desquiciante y fantasiosa).

Lógicamente, la novela cuenta con algunas virtudes que justifican su fama. Primeramente, que pese a tratarse de un fix-up de relatos, existe una buena cohesión entre los mismos, trasladándose lo acontecido en cada uno de ellos a los siguientes. En segunda lugar, un hallazgo: los señaleros, que gestionan el sistema de semáforos con el que las locomotoras de vapor pueden recorrer los caminos; un grupo social verosímil y de innegable relevancia en la sociedad británica. En tercer lugar, la introducción de pequeños detalles que proporcionan verosimilitud a lo narrado: la multiplicidad de idiomas, los binoculares Zeiss, las marcas de las locomotoras... Todo ello presentado con un vocabulario rico y preciso y, por una vez, bien traducido al español.

Por último, resaltar "Lady Margaret", el primer relato y en mi opinión indiscutiblemente el mejor, sin los vicios de otros y con mucha mayor intensidad. Así como la implicación de Roberts con su obra, ya que en su último relato intenta enlazar su historia alternativa con la historia que conocemos, y para ello nos muestra la evolución desde la sociedad post-feudal que ha creado a nuestra sociedad contemporánea.