lunes, 29 de agosto de 2016

La faz de las aguas (1991). Robert Silverberg

Poco a poco me voy acercando al final de las entradas dedicadas a reseñar los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. En la presente entrada voy a hablarles de "La faz de las aguas", que sin ser uno de sus clásicos absolutamente recomendables, sí que es en mi opinión una meritoria novela, más si se tiene en cuenta que es una de las últimas que escribió. Estructurada en tres partes, y alejada de la concisición que lo caracterizaba en la producción de su quinquenio dorado (quinientas páginas nada menos), es una obra a medio camino entre el viaje iniciático y la novela de aventuras, que intenta tomar lo mejor de ambas. Una lástima que el desenlace no esté a la altura.

Silverberg sitúa la narración en el planeta Hydros, un mundo esencialmente acuático, con apenas unas decenas de islas artificiales donde la humanidad puede subsistir en condiciones rudimentarias, y sin posibilidad de salir del mismo. En la primera parte, prácticamente intachable, relata la vida de una pequeña comunidad humana en la isla de Sorve en convivencia con una comunidad nativa de gillies, que es la especie que la construyó. Centrada como toda la novela en Valben Lawler, el médico de la isla, nos muestra lo precaria y sin embargo apacible que resulta la vida humana en ese pequeño rincón del planeta Hydros en pleno siglo XXIV. Son unas páginas fascinantes tanto por el marco escénico presentado como por el ingenio aplicado por los humanos para desempeñar la mayoría de las profesiones de cualquier sociedad, a pesar de la enorme escasez de materias primas. Lawler, el alter ego de Silverberg, desempeña su profesión de médico con unos notables conocimientos científicos, y a través de sus pacientes vamos conociendo al resto de la comunidad de Sorve (el líder de la isla Nid Delagard, el inseguro padre Quillan, la errante reparadora de barcos Sundria Thane...). Tanto la isla como los personajes están excelentemente caracterizados y cuando, a raíz de la afrenta de Delagard a los buzos, los gillies obligan a los humanos a abandonar completamente la isla, las especulaciones y los sentimientos de los distintos personajes están a la altura de lo presentado hasta ahora.

La segunda parte, que relata la travesía en la que los seis barcos de la población de Sorve se dirige hacia el Mar Vacío, mantiene el nivel de la anterior: más focalizada en la vertiente de aventuras, cautiva por la cantidad y originalidad de especies que imagina Silverberg (drakkens, peces bruja, peces espolón, bocas...), y algunas de las situaciones límite que plantea y resuelve (desde la falta de agua potable hasta la gran Ola y sus terribles consecuencias sobre la flota, pasando por la revelación de que adonde realmente se están dirigiendo es a la Faz de las Aguas). Silverberg aprovecha hábilmente esta parte para revisitar las vivencias de Lawler, reflexionar sobre ellas, y enfatizar su obsesión por la extinta Tierra, origen de sus antepasados.

Es en la tercera parte en la que se concentran casi todos los defectos. No es que la Faz de las Aguas no funcione como elemento alegórico-expiatorio, pero Silverberg se recrea en exceso hasta que llegan a ella (hay treinta o cuarenta páginas reiterativas), se limita a presentarla como un artificio de luces y colores con poderes parapsicologicos, y finalmente representa sólo un manido concepto muy similar a la Gaia de Isaac Asimov, el cerebro que armoniza a todas las criaturas de Hydros y las orienta hacia los "invasores" (los humanos) para preservar el ecosistema del planeta. Ello unido a otros detalles mejorables como la ausencia de un mapa de Hydros que permitiera situar la lectura, de una referencia cronológica más clara, o incluso una trama algo simple, hacen que la novela no pase a formar parte de lo mejor de la producción del estadounidense. Pero las bondades ya citadas, junto a su brillante prosa, certera estructuración y sentido de la maravilla a lo largo de la misma, sí que la convierten en una lectura recomendable.

martes, 9 de agosto de 2016

Anochecer (1990). Isaac Asimov y Robert Silverberg

Una nueva entrada continúo reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. En esta oportunidad me toca reseñar la primera de las tres novelas que publicó al principio de los noventa junto con el insigne Isaac Asimov. Una pareja de escritores del más alto nivel dentro del género, por lo que las expectativas de su colaboración fueron desde el principio muy altas. Expectativas justificadas además por el proyecto en sí: la novelización a cargo de Robert Silverberg de tres de los cuentos más laureados de Isaac Asimov. En otras palabras, partiendo de tres relatos escogidos por el propio Asimov, Silverberg se encargó de actualizarlos, pulirlos y enriquecerlos hasta convertirlos en novelas bajo la supervisión del Buen Doctor. En el caso de "Anochecer", se trata de un relato corto que Asimov publicó en 1941, y que fue premiado en los Nébula de 1968 como el mejor escrito en el género antes de 1965. Por lo que cuando abordé la lectura de la misma me la esperaba mejor de lo que me pareció, aunque no me llegó a decepcionar. Pero tengo claro que no la incluiría en la lista de las novelas absolutamente recomendables de Silverberg.

Asimov y Silverberg nos muestran la vida de los seres humanos en el planeta Lagash, que al encontrarse en un sistema con seis soles está iluminado de manera continua. Hasta que un equipo de astrónomos y una arqueóloga concluyen que la luz perpetua no es en realidad tal, ya que cada 2049 años se produce un ciclo de oscuridad. Esto da pie a las tres partes en que está dividida la novela: "Atardecer", "Anochecer" y "Amanacer", siendo la segunda la que directamente hereda del relato corto de Asimov, y las otras dos adiciones de Silverberg para convertir el relato en novela. Se trata de una novela relativamente larga para lo habitual en el Silverberg del quinquenio dorado, pero de extensión razonable para la magnitud de los acontecimientos narrados.

Empezando en esta oportunidad por los puntos débiles, hay uno que condiciona especialmente toda la obra: el excesivo parecido de Kalgash a la Tierra. Independientemente de la nota que añadiron los escritores al principio para justificar este parecido y por qué habían renunciado a nombres específicos para designar conceptos conocidos de nuestro planeta, el mimetismo que se percibe refleja en mi opinión una cierta falta de creatividad: los habitantes, la naturaleza, los colores, las instituciones... hasta el modus vivendi de cada personaje es el que presidía la civilización occidental en el siglo XX. Y Kalgash queda así reducido a una "Tierra con seis soles". Por otro lado, y en su afán por abarcar las experiencias de diferentes personajes, la narración se vuelve excesivamente lenta (tanto en las primeras páginas como en muchos tramos de la segunda parte). El último defecto reseñable, a mi modo de ver, es el final: endeble, conformista, y parcial (puesto que sólo tres de los muchos protagonistas de la novela aparecen en sus últimas páginas).

Afortunadamente, a cambio tenemos una buena dosis de lo mejor de estos dos maestros: la fascinante idea del mundo de seis soles, y las consecuencias de la luz perpetua en la civilización, aderezadas con una base científica sólida esperable en Asimov; y el variopinto y entretejido mosaico de personas de "carne y hueso" con sus sentimientos, sus inquietudes, sus interrelaciones... esa introspección que sabe captar como nadie Silverberg. Es curioso, además, que un personaje con una profesión "menospreciada" por ambos autores (Theramon) se convierta, paradójicamente, en el eje de la novela. Y ello sin desdeñar las habituales reflexiones que Silverberg introduce a partir de lo narrado.

Además, como era de esperar, hay pasajes realmente magistrales: cómo terminan encajando todas las piezas que predicen el eclipse, las fatídicas consecuencias de las estrellas para la población civil y, especialmente, la lucha por la supervivencia en el bosque tras la catástrofe, digna de los mejores momentos de un clásico como "El señor de las Moscas", de William Golding. Y todo ello con una prosa de calidad, fluida y a la vez profunda, y unos protagonistas que me atrevo a calificar de "entreñables". Porque a ingenio no se le gana fácilmente a Asimov, y a oficio no se le gana fácilmente a Silverberg.