domingo, 22 de mayo de 2016

Lo mejor de Silverberg (1976). Robert Silverberg

Una entrada más continúo reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Voy a hablarles en esta oportunidad de "Lo mejor de Silverberg", que como es fácil deducir no se trata de una novela del estadounidense sino de una antología de relatos. Con la particularidad de que fueron seleccionados por el propio Silverberg como lo más representativo de su producción durante sus primeros veinte años de carrera. Ello hace que la antología se inicie con una interesante introducción escrita por el propio Silverberg en la que hace un paralelismo entre la evolución del género en esos años y la suya propia como escritor, y que cada relato esté precedido por una no menos interesante presentación en la que suele desvelar en qué circunstancias se le ocurrió la idea o qué pretendía sugerir con la historia. Con lo que como su título indica se trata en mi humilde opinión de su más lograda antología, aunque como ya he expresado en ocasiones anteriores en este mismo blog creo que Silverberg se desenvuelve mejor en las novelas, y por ejemplo recomendaría antes "Sadrac en el horno", la novela que reseñé hace unos días, que la presente antología.

Los diez relatos están presentados cronológicamente, y abre boca "Hacia el anochecer" (1954), un relato sobre el canibalismo que Silverberg escribió con apenas dieciocho años. De resultado cuestionable, puesto que a la buena ambientación y a la sorprendente técnica en un escritor tan joven les afea el hecho de que resulte bastante irreal y previsible. Más flojo es si cabe "Hombre cálido" (1957), del que sólo salvaría la justificación final. "Para ver al hombre invisible" (1962) es un relato correcto, previsible a partir de su título, pero al menos profundo y con mensaje. Así que el primer relato que recomiendo de esta antología es "El sexto palacio" (1964), que trata de manera ingeniosa un argumento por otra parte simple y bastante habitual en la ciencia-ficción. De "Moscas" (1965) ya hablé al reseñar la antología de relatos "Visiones peligrosas", donde se incluyó originalmente: Silverberg en estado puro, pero de una crueldad innecesaria.

"La estación de Hawksbill" (1966) es la auténtica joya de la antología. Más que de un relato podemos hablar de una novela corta, sesenta páginas, que posteriormente el propio Silverberg alargó hasta convertirla en una novela completa. Que nunca he leído, ya que en la introducción el propio Silverberg reconoce que prefiere la novela corta. Una obra que plantea un escenario original, de desenlace también previsible, pero cautivadora, brillante y repleta de las reflexiones habituales en las grandes obras del estadounidense. "Pasajeros" (1967) es otro de los grandes momentos de la antología: premio Nébula, resulta opresivo pero a la vez cercano, y curiosamente constituye la primera ocasión en la que Silverberg utilizó su conocido recurso de escritura en tiempo presente. De "Alas nocturnas" (1968) ya les hablé con detalle hace unos meses; baste decir aquí que se trata de la primera de las tres novelas cortas que finalmente dieron lugar a la novela, y que destaca por su excelente ambientación y caracterización, pero le sobran ciertas licencia fantásticas y alguna debilidad argumental.

"Danza al sol" (1968), penúltimo relato de la antología, es sin duda otro de los momentos recomendables. Según palabras de Silverberg, su cuento favorito de todos los que había escrito (hasta el momento de publicar la antología), principalmente porque lo consideraba un acertado ejercicio de virtuosismo. Además de valorar su brillantez técnica, a mí me pareció por encima de todo una buena historia. Y la antología se cierra con "Buenas noticias del Vaticano" (1971), también premio Nébula e iniciadora del tono satírico habitual en buena parte de la producción posterior de Silverberg: original y socarrón, pero también bastante absurdo.

Como pueden observar, a esta antología le sucede lo mismo que a la mayoría de las que se publican: los altibajos le hacen quedar por debajo de muchas de las novelas de su creador. Pero dentro de ella se encuentran varios relatos recomendables, así que si les gusta el estadounidense les animo a intentar hacerse con ella.

sábado, 7 de mayo de 2016

Sadrac en el horno (1976). Robert Silverberg

Una nueva entrada continúo reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Tras una entrada dedicada a una recopilación de relatos suyos ("La fiesta de Baco"), retomo la reseña de sus novelas con la última novela de ciencia-ficción que escribió en la década de los setenta, "Sadrac en el horno". Que es una novela agradable, por momentos brillante, pero en conjunto demasiado irregulara para figurar entre lo mejor de la producción de Silverberg. Aunque por ejemplo es claramente superior a "El hombre estocástico", la novela que la precedió cronológicamente.

Silverberg plantea un siglo XXI notablemente diferente del que conocemos: un muy deteriorado planeta Tierra que es gobernado por el tirano mogol Genghis II Mao IV Khan, cuya vida mantiene artificialmente Sadrac Mordecai, el protagonista de la novela, un cirujano que va procediendo al oportuno reemplazo de loss deteriorados órganos del dictador. Se trata de un planteamiento que puede dar juego, pero que durante el comienzo de la novela no parece que vaya a dar mucho de sí: son capítulos demasiado lentos, en los que Silverberg recorre con minuciosidad la Gran Torre, enumerando hasta el último preparativo para la operación del Khan. No obstante, en estas páginas el escritor exhibe su rigurosa documentación en el campo de la medicina, sin desdeñar el componente científico que siempre debe estar presente. Además, es de agradecer su esfuerzo por justificar lo radical de su planteamiento para comienzos del siglo XXI. Concretamente, se apunta un tanto al recurrir al rito del transtemporalismo para mostrar la erupción del Cotopaxi en 1991, la cual presenta como el principal detonante del brusco deterioro del planeta.

Con la muerte de Mangú, el joven mogol designado sucesor del Khan, la novela mejora sustancialmente. El lector comienza a intuir el destino de Sadrac, y asiste interesado al pulso entre las personalidades de Sadrac y Genghis Mao, dos personajes que exceden los arquetipos de "el bueno" y "el malo" de una historia convencional. Además, Silverberg saca un mayor partido a la trama con los vaivenes de Sadrac entre la ardorosa Nikki y la directa Katya, unas relaciones que le permiten enriquecer la novela a nivel humano con aspectos como la pasión, la entrega y los intereses personales, aunque en mi opinión también con una excesiva atención al sexo.

A pesar de lo interesante de la trama, en la novela abundan las características reflexiones de Silverberg, en esta oportunidad centradas en el pensamiento único, el totalitarismo y la fusión entre dictador y dictadura que ocurre cuando ésta se prolonga en el tiempo. También ocupan un amplio espacio las conversaciones, pero por contra falta algo de dinamismo y de momentos sobrecogedores. Y los escasos que hay resultan en general fallidos, como sucede con el episodio de la muerte onírica. Sin ser una novela larga, también hay demasiadas páginas dedicadas a mostrar la indecisión de Sadrac ante la intenciones de Gengis Mao. Y otra idea que tampoco me convence es la utilización de la carpintería como rito institucionalizado para alcanzar la meditación. Defectos que en parte contrarresta la habitual calidad literaria de Silverberg, que en esta oportunidad opta por narrar la novela en presente para trasladar la impresión al lector de que los acontecimientos suceden según los va contando.

En el tramo final de la novela es donde se pone más de relieve una de las habituales virtudes de Silverberg: el cuidado que dedica a los personajes secundarios, los cuales cobran vida propia ante los ojos del lector. También debe reconocerse lo acertado del recorrido elegido por Silverberg para que Sadrac tome una determinación, que abarca desde Nairobi hasta Pekín. Pero el desenlace se ve lastrado, aparte de por una resolución demasiado breve, por el supuesto "diario" de Gengis Mao: aunque la unión entre Sadrac y Gengis Mao es especialísima, me parece una usurpación de personalidad exagerada, y creo que aporta muy poco a la novela. Aunque ustedes lo podrán valorar mejor que yo.