domingo, 24 de abril de 2016

La fiesta de baco (1975). Robert Silverberg

Con la presente entrada continúo reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Le toca en esta oportunidad a "La fiesta de baco", que por primera vez desde que empecé estas reseñas no es una novela, sino una colección de cuatro relatos presidida por el que da título a la recopilación. Y es que en la segunda mitad de la década de los setenta el prestigio que había adquirido Silverberg a partir de lo que yo llamo su quinquenio dorado era tal que, incluso en un país tan marginal para el género como España, no tardaba en publicarse cualquier creación suya, aunque fuera algo tan poco al uso y difícil de vender como cuatro "relatos largos".

Los relatos que conforman este libro son el ya mencionado "La fiesta de baco", que ganó el premio Júpiter en 1974, "Viajes" (1974), "La Casa de las Mentes Dobles" (1974) y "He Aquí el Camino" (1973). Todos ellos se alejan de la longitud habitual de los relatos que habitualmente se publican en España, y el primero y el último son tan largos que casi se pueden considerar novelas cortas. Lo que en principio debería favorecer el interés de los mismos, ya que esa longitud tendría que haberle proporcionado a Silverberg espacio para exhibir sus virtudes creando situaciones, caracterizando personajes e introduciendo reflexiones. Sin embargo, el resultado global es bastante desigual y mediocre en su conjunto. Y es que en mi opinión el punto fuerte del estadounidense no son los relatos.

Al menos la selección de "La fiesta de baco" como título para denominar la recopilación es acertada. Porque sin figurar entre lo mejor de su producción, sí que es un buen relato y en mi opinión superior, por ejemplo, a "El hombre estocástico", que reseñé en mi anterior entrada. Más fantástico que científico, es un relato centrado en el viaje iniciático-expiatorio de su protagonista, algo por otra parte habitual en Silverberg (de hecho recuerda a otro relato suyo, "Danza al sol", que reseñaré en una entrada posterior). La gran habilidad narrativa del escritor le permite entremezclar sin referencia espacial o temporal alguna distintos episodios de la vida de Oxenshuer sin por ello confundir al lector. Además, las reflexiones religiosas son excelentes, y los pasajes en Marte de gran verosimilitud. Pero La Ciudad de la Palabra de Dios es puro artificio "new wave", hay muchas preguntas sin respuesta, y el desenlace no sólo no aclara lo acaecido sino que se acomoda a un término medio entre ficción y realidad, asumible en Philip K. Dick pero difícil de aceptar en Silverberg.

Los otros tres relatos son bastante más flojos. "Viajes" es tan sólo de aprobado raspado, ya que únicamente se salvan sus pinceladas de ucronía y algún pasaje suelto, pero no tiene apenas base racional ni tampoco una conclusión clara. "En la casa de las mentes dobles" es el más corto de los cuatro, y el segundo realmente digno de su escritor: a partir de un argumento ingenioso (la separación de las dos mitades cerebrales y las potencialidades que de tal acto pueden extraerse en La Escuela de las Mentes Dobles), Silverberg escribe un relato didáctico, bien ambientado y mejor caracterizado, pero al que le falta un desenlace; en vez de ello, simplemente se interrumpe. De hecho, da la impresión de que estaba intentando escribir una novela corta, y la abandonó al no conseguir aprovechar completamente la idea.

El libro se cierra con "He Aquí el Camino", el más largo y más flojo de los cuatro relatos. Bien estructurado y con alguna reflexión interesante, peca de una ambientación demasiado fantástica, demasiados recursos inadmisibles (formas humanas de rasgos inaceptablemente animales, fantasmas), demasiados clichés medievales, y una trama simple, con toques oníricos, que nunca llega a enganchar al lector. Porque lo que realmente pone de manifiesto este libro es que el periodo dorado de Silverberg ya había pasado, y la habilidad narrativa que había adquirido y con la que intentaba sostener estos relatos no lo es todo. Así que sólo recomiendo la lectura de este libro a sus fans más incondicionales. La habilidad narrativa no lo es todo.

domingo, 3 de abril de 2016

El hombre estocástico (1975). Robert Silverberg

Una nueva entrada continúo reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. En esta oportunidad le toca a "El hombre estocástico". Que es una novela con muchas particularidades. La más importante de ellas es que, hasta ahora, todas las novelas que he reseñado durante estos últimos meses pertenecían a lo que yo denomino su quinquenio dorado, un periodo extraordinariamente fecundo en el cual se fraguó su personalidad como escritor y cuyas novelas, aun explorando diversos subgéneros, siempre estaban presididas por dos parámetros: una meritoria concisión y una gran cantidad de reflexiones sobre la vida y el ser humano a partir de lo narrado.

"El hombre estocástico" es la primera novela que no pertenece a ese periodo, y supuso su retorno al género tras prácticamente tres años de inactividad, lo que comparado con su fecundidad previa fue un parón en toda regla. No sólo eso: con esta novela Silverberg abandonó esa concisión tan característica, y moderó la carga reflexiva de muchas de sus obras. Por ello "El hombre estocástico", a pesar de ser una novela con muchos aspectos positivos, adolece de varios de los defectos que caracterizan la mayor parte de la obra de Silverberg posterior a su quinquenio dorado. Y sin llegar a "Hijo del hombre", que para mí es su peor novela, no es desde luego una novela recomendable, salvo que, como yo, se sea uno de sus seguidores incondicionales.

El primer defecto y probablemente más subjetivo es el motor argumental: porque el camino hacia el puesto de Presidente de los E.E.U.U. es un tema muy manido, un tanto cuestionable en una novela de ciencia-ficción, y personalmente muy poco atrayente. Si a ello le sumamos una morosidad verbal inexistente en su producción previa (piénsese por ejemplo en lo poco que aportan a la novela las dos fiestas a las que asisten Lew Nichols y Sundara), una premisa para adentrarse en la novela que resulta difícil de aceptar (el determinismo absoluto y universal, sin espacio para la capacidad de elección), y un título engañoso (en rigor la novela debería titularse el hombre "post-estocástico", ya que Silverberg defiende abandonar la manipulación de las probabilidades para abrazar la certidumbre de la visión futura), entenderán mi valoración final.

Aunque situada en un discreto segundo plano, de lo más acertado de la novela es su visión distópica de la ciudad de Nueva York en el futuro inmediato (hoy ya pasado), con tintes apocalípticos que alcanzan su cénit en la Nochevieja previa al año 2000: una visión perturbadora por su cercanía a la realidad contemporánea de muchas mega-urbes de nuestro planeta. También resulta estimulante la evolución de las costumbres (respecto al sexo, las drogas...) que plantea Silverberg (el episodio de sexo a cuatro bandas es más que elocuente). Así como la peculiar Religión del Tránsito que el autor contrapone a ese determinismo absoluto que Nichols va gradualmente aceptando.

Al carecer de un motor que dinamice la novela, el grueso de la misma va transcurriendo entre capítulos alegóricos muy propios de Silverberg (en especial aquellos que muestran cómo Nichols va adquiriendo gradualmente su capacidad de visualizar el futuro) y otros más sugerentes, como aquellos en los que Nichols interacciona con Carvajal (quizá el auténtico protagonista de la novela), y sobre todo aquellos en los que se ponen de manifiesto las consecuencias de llevar el determinismo hasta sus últimas consecuencias. Así avanza la lectura hasta desembocar en un desenlace esperable, pero que propone la que en mi opinión es la mejor reflexión de la novela, en la que Silverberg vincula el acercamiento a la deidad con la progresiva aceptación de la ausencia completa del libre albedrío. Una manera brillante de cerrar una novela dispersa, irregular y no del todo disfrutable.