domingo, 20 de marzo de 2016

Muero por dentro (1972). Robert Silverberg

Una entrada más prosigo reseñando los principales libros traducidos al español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Le toca en esta oportunidad a "Muero por dentro", una de sus novelas más famosas y con la que concluiré las reseñas de sus novelas publicadas entre 1967 y 1972 (lo que yo llamo su quinquenio dorado). Un lustro de una creatividad y una calidad impresionantes, como lo prueban las nada menos que catorce novelas que he reseñado del mismo (y he dejado unas pocas que no están traducidas al español). "Muero por dentro" es posiblemente el lógico colofón a esa época de tanto fecundidad creativa, ya que consolida muchas de las virtudes que se asentaron en la narrativa de Silverberg durante ese periodo. Y sin ser en mi opinión su mejor novela, sí que se trata de un cautivador recorrido por la singularísima vida de un telépata consciente de su irreparable deterioro.

Quizá la mayor virtud de esta novela en los límites de lo que podría considerarse ciencia-ficción sea la gran habilidad literaria de la que una vez más hace gala Silverberg. Sobre todo porque la obra es un continuo ir y venir por momentos de la vida de David Selig, sin un patrón claramente definido pero sorprendentemente sin que la lectura se resienta. Desde su traumática niñez, pasando por sus experiencias adolescentes en el campo, sin descuidar sus días de máximo esplendor, capturando las fases del declive, y todo ello manteniendo el interés. Y además, realzado por las habituales reflexiones magistrales de Silverberg sobre los seres humanos y la vida en general, potenciadas en este caso gracias a las capacidades telepáticas de Selig.

Como cabía esperar, la profundidad de los personajes que crea Silverberg da lugar a pasajes excelentes. Recuerdo especialmente la difícil relación de Selig con su hermana, condicionada por las capacidades de cada uno (como cuando él descubre que ella acaba de tener su primera experiencia sexual), y que revela comportamientos más frecuentes en los seres humanos de lo que pensamos. También subyuga su intensa relación con Toni, traumáticamente interrumpida con el viaje de ácido. Y cómo no, Kitty, el eje de la vida adulta de Selig: más que su amor, el espejo en el que Selig se descubre a sí mismo como ser capaz de enamorarse. Todo lo relacionado con Kitty está narrado con una técnica exquisita, incluso aunque al final aguarde un desengaño terrible.

Otros aciertos que apuntalan la obra son: las frecuentes y oportunas referencias a pensadores y filósofos contemporáneos (Huxley, Kafka, Kierkegaard, Lévi-Strauss...) y a la reciente historia norteamericana; la coherencia a la hora de imaginar las formas que emplean Selig y otros telépatas para intentar ganarse la vida; la amarga denuncia, patente en todo momento, de que una cultura y una preparación de alto nivel no garantizan el éxito en la vida; y algunos párrafos que literalmente rozan la perfección literaria, especialmente aquellos en los que Silverberg refleja los pensamientos de sus personajes.

Curiosamente es el propio autor quien desde el principio no oculta el mayor defecto de la novela: el deteriorio gradual de Selig se anticipa desde el principio, con lo que no hay ningún elemento de intriga que dinamice la trama. Al contrario, Silverberg abusa de los episodios de autocomplacencia de su protagonista, y ésa es la razón por la que no considero "Muero por dentro" su mejor novela. Tampoco me convence la dosis excesiva de sexo que en mi opinión acarrea la novela: a veces Selig tiene demasiado éxito con las mujeres, y poco menos que da la impresión de que lo "acosan". Asimismo es cuestionable la introducción de extensos ensayos literarios, como el de las novelas de Kafka o el de la entropía, cerca del final. Y hay un pequeño detalle que nunca he terminado de entender: normalmente Selig narra en primera persona, pero en ocasiones toma la palabra un narrador cuya relación con Selig no queda nada clara.

Por último, y para terminar de justificar mi aprecio por esta novela, así como su recomendación incluso para lectores ajenos al género, destacar que aunque el desenlace sea el esperado, las paginas finales son tan duras como sensatas.

domingo, 6 de marzo de 2016

El libro de los cráneos (1972). Robert Silverberg

En esta nueva entrada continúo reseñando los principales libros de ciencia-ficción disponibles en español de Robert Silverberg, mi escritor de ciencia-ficción favorito. Voy a hablarles en esta oportunidad de "El libro de los cráneos", quizá la novela más fantástica que he reseñado hasta ahora en este humilde blog. Porque aunque está claro que no se trata de una novela de "espada y brujería" de las que tanto reniego, nunca he estado convencido de que este libro encaje en el género de la ciencia-ficción, puesto que el componente científico es inexistente, y la componente de ficción limitada. Lo que sí que tengo claro es que, siendo una novela recomendable y fechada en su quinquenio dorado, queda lejos de lo mejor de su producción, puesto que sus a estas alturas conocidas y hábilmente explotadas obsesiones quedan embarradas en una trama no del todo conseguida. Aunque los cuatro personajes protagonistas estén estupendamente caracterizados y casi basten para sostener por sí solos todo el entramado.

Y eso que la idea de partida es brillante: el "libro de los Cráneos", un manuscrito de origen medieval, perfectamente creíble con su estructuración en misterios y su catalán latinizado, sugiere la existencia de una secta oculta en pleno desierto de Arizona que ofrece la inmortalidad de dos miembros de cada grupo de cuatro acólitos, a cambio de la muerte de los otros dos. De esta forma, Silverberg consigue ya su elenco de personajes en los que profundizar en este viaje iniciático, y garantiza el interés del lector hasta el final. Pero ello da lugar a uno de los dos defectos principales de la novela: la desaparación del elemento sorpresa. Porque la secta existe, por supuesto, y como no podía ser de otra forma ofrece realmente la inmortalidad. De hecho, esta ausencia del elemento sorpresa provoca que el tramo de la novela que transcurre hasta que los cuatro universitarios llegan al Monasterio resulte excesivamente largo.

La estructura de la novela refrenda una vez más la calidad literaria de Silverberg: capítulos narrados siempre en primera persona por cada uno de los cuatro protagonistas (Eli, el investigador judío y alter ego del autor; Ned, el bufón homosexual; Timothy, el apuesto vividor; y Oliver, el vigoroso campesino). Personajes que mediante ese complejo recurso literario quedan caracterizados a la perfección, y que se comportan en todo momento en consecuencia con sus rasgos principales. Personajes que permiten a Silverberg introducir sus habituales reflexiones sobre los sentimientos y comportamientos de los seres humanos, centradas en esta ocasión en los éxitos y fracasos amorosos con la religión como trasfondo.

Paradójicamente este tratado sobre cuatro jóvenes en el cénit de su época sexual provoca en mi opinión el otro defecto importante de la novela: la mayor parte de los pasajes de acción son encuentros sexuales presentes o pretéritos, no siempre relevantes para el desarrollo de la misma. Hasta el punto de que en ocasiones pueden resultar redundantes. Si a ello le añadimos las típicas páginas "alucinatorias" de prácticamente toda novela de Silverberg de aquella época (estábamos en plena New Wave), y un estilo en ocasiones inesperadamente subido de tono, desabrido, irreverente, se comprenderá porque no incluyo esta novela entre lo mejor de la producción del estadounidense.

A cambio, no puedo dejar de resaltar el atrayente marco escénico principal: por una parte, los parajes de Arizona, solitarios, impersonales, nada turísticos, ideales para la trama ideada por Silverberg. Y por otra, el propio Monasterio de los Cráneos: sus cráneos de jade, sus enigmáticos y musculosos monjes en vaqueros (Antony, Javier, Miklos...), la solidez de sus rutinas diarias, la disciplina... Una atmósfera que atrapa por igual a los protagonistas y al lector, y que culmina con los episodios de las confesiones de uno a otro. Un marco escénico más meritorio si tenemos en cuenta la extensión del libro, tan conciso como Silverberg nos tenía acostumbrados por aquel entonces.

Para terminar, destacar que el desenlace está a mi modo de ver a la altura de lo esperado: hay quien se marcha, quien asesina, quien se suicida... Y todo de manera sorprendente para el lector, que probablemente esperaba ese tipo de acontecimientos pero en otros personajes: un mensaje nítido e intencionado del escritor sobre la fragilidad, las ambiciones y el sentimiento de culpa, que perdura una vez terminada la lectura.