sábado, 19 de diciembre de 2015

Por el tiempo (1969). Robert Silverberg

En la siguiente entrada continúo reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Le ha llegado el turno a "Por el tiempo", otra de las novelas que publicó durante su quinquenio dorado, y de las que aborda como eje principal el viaje en el tiempo, uno de los temas característicos del estadounidense. No la considero una novela tan recomendable como alguna de las que ya he reseñado, puesto que en mi opinión el esfuerzo creativo que encierra y su complejidad argumental no se traducen en una satisfacción plena del lector. Aunque su nivel medio sea claramente superior a la mayoría de las novelas del género.

Indudablemente, la mayor virtud del libro es su tratamiento absolutamente meticuloso del viaje temporal. Silverberg intenta no dejar suelto ni un solo fleco, e incluso explica detenidamente las posibles paradojas a lo largo la narración, casi como si fuera un estudioso diseccionando el tema en una tesis. Con lo cual sólo tiene que tirar del hilo para tejar una estructura turístico-económica de gran verosimilitud en torno al viaje temporal, organizada mediante el Servicio Temporal y protagonizada por Jud Elliot. Y es que a pesar de lo complicado del viaje en el tiempo, todo encaja razonablemente bien. Sin embargo, este tratamiento también provoca el mayor defecto de la novela: la falta del elemento sorpresa a lo largo de sus páginas. En otras palabras, la sensación predominante en el lector es que los distintos viajes de Jud meramente "se suceden". Además, Silverberg ya nos ha anticipado el desengaño amoroso que va a sufrir, quizá por dotar a la lectura de un punto de aventura y del que por lo demás carece.

Pero lo que jamás falta en Silverberg es la sencilla naturalidad con la que los acontecimientos se suceden. Una vez explicado el viaje temporal, nos relata el proceso de formación como guía de Jud: un proceso lógico, coherente, bien estructurado. Y luego comienzan los viajes a Bizancio, en realidad un jugoso recorrido por diversos momentos de la época clásica, como el Medievo, las Cruzadas o la Peste Negra. Su conocimiento de la historia bizantina es incuestionable: gran variedad de pequeños episodios jalonan estos capítulos, proporcionándonos un completo mosaico (nunca mejor dicho) de lo que supusieron esos diez fascinantes siglos de predominio de Bizancio. Incluso se atreve a desmontar el carácter mítico de personajes tan relevantes como Justiniano.

Como es habitual en él, Silverberg se sirve de un elenco de personajes fantásticamente caracterizados. Especialmente da una lección a la hora de tratar a los que desempeñan un papel secundario. Aunque también me han cautivado Capistrano y Metaxos, que reflejan estupendamente cómo su profesión de guía temporal forja inevitablemente su personalidad. Por supuesto, la prosa mantiene la calidad habitual del mejor Silverberg, fluida y con frecuentes y jugosas reflexiones, y su habilidad narrativa le permite desarrollar completamente el argumento en poco más de doscientas páginas. Dos momentos particularmente brllantes son en mi opinión la visita al panorama dejado por la Peste Negra (de un dramatismo correctamente administrado), y el anhelado encuentro en el palacio entre Jud y la noble Pulcheria Ducas (dejando de lado el tono tórridamente descriptivo para recurrir a un crudo sarcasmo).

Volviendo al capítulo de los defectos, además de la carencia de un elemento sorpresa que dinamice la novela, no me gustaron demasiado la proliferación de referencias psicodélicas (en pleno apogeo por aquel entonces), la excesiva relevancia e incluso abuso que Silverberg le concede a menudo a la cuestión del sexo, y la ausencia de una verdadera explicación sobre la tecnología que posibilite tanto los viajes temporales como el artefacto en cuestión, el crono (si bien es cierto que, obviando este hecho, el elemento científico está correctamente tratado a lo largo de la novela).

Para terminar esta reseña, mencionar brevemente del final, que es complejo y brillante, puesto que recurre a todas las paradojas que creó a lo largo de la novela para, con habilidad, enredar la madeja de tal forma que consigue un deselance, para mí al menos, inesperado.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Regreso a Belzagor (1969). Robert Silverberg

Tras el paréntesis de la entrada anterior, que dediqué a la nueva versión de la "Guía de lectura" de Miquel Barceló, retomo las reseñas dedicadas a los principales libros publicados en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. En la presente entrada voy a reseñar "Regreso a Belzagor", una de las novelas menos conocidas de su quinquenio dorado. Injustamente, diría yo, puesto que se trata de otra de sus obras recomendables, y una muestra de todo lo que el estadounidense puede obterner a partir de una trama aparentemente sencilla para lo que es habitual en la ciencia-ficción.

El punto de partida es atrayente: en un futuro lejano Silverberg nos presenta Belzagor, un planeta que los humanos colonizaron como parte de su imperio y durante un tiempo intentaron "civilizar", para posteriormente devolverle su "autonomía" (como parte de su programa de retirada de todos aquellos planetas que contaban con población nativa inteligente), dejando así una presencia humana testimonial. Edmund Gundersen, el protagonista de la novela, es un ex-administrador de Belzagor que tras varios años de alejamiento regresa al planeta con el fin un tanto ambiguo de expiar viejas culpas. Es decir, a la obvia perspectiva del viaje exterior por el planeta se añade desde el principio el viaje interior del protagonista, algo característico en las mejores producciones de Silverberg. Aunque no por habitual no debemos dejar de agradecer la rapidez y la naturalidad con la que Silverberg nos pone en situación.

En seguida se manifiesta uno de los principales logros de la novela: el propio Belzagor, el "Planeta de Holman" según el topónimo imperial, un planeta excelentemente caracterizado biológica, geológica, geográfica y orográficamente (los trópicos, la región de las brumas, el Mar de Polvo, la meseta...). Y por supuesto, las culturas que lo habitan; no sólo las ingentes cantidades de formas de vida animal (malidares, fungoides...) sino sobre todo las dos especies inteligentes nativas, los nildores (similares a los elefantes terrestres) y los sulidores (bípidos carnívoros mayores que los humanos), que conviven en armonía.

Otro punto fuerte de la obra lo constituye la enorme habilidad narrativa de Silverberg: un simple viaje iniciático, que podría transcurrir sin pena ni gloria, va creciendo paso a paso, atrapando poco a poco al lector, enfrentándolo con nuevas sensaciones y reflexiones que, por increíble que parezca tratándose de un planeta tan ajeno a nuestra maltratada Tierra, le resultan cercanas. Recurriendo a episodios como los pecados de Kurtz, los enigmas de Cullen o la agonía de Dykstra, Silverberg nos muestra la filosofía, la moral, los ritos, el concepto del alma y el sentido de la trascendencia que jalonan la existencia de estas especies.

Otros aciertos adicionales de la novela son: los sutiles avances tecnológicos y las abundantes explicaciones científicas que enriquecen, cuando son necesarios, la obra (con mención especial para los "técnicos de hélice", antecesores directos de la ingeniería genética en una década de los sesenta en la que apenas había comenzado la manipulación del ADN); los frecuentes recordatorios, especialmente respecto a personajes que ya han aparecido o sucesos que ya han ocurrido, que recurrentemente introduce el autor y que ayudan al lector a seguir la obra; y la concisión habitual del mejor Silverberg, que se basta con doscientas páginas para presentar con una completitud difícil de igualar todo lo relativo a Belzagor y a la vez caracterizar magistralmente a su protagonista.

Dada mi estima por la novela el capítulo de los defectos no puede ser extenso. Quizá el más grave sea que el argumento, cuando se expone en los primeros capítulos, parece un tanto débil: ni más ni menos que el viaje de Gundersen a la región de las brumas para expiar los años pasados en la colonia. Sin más líneas narrativas ni protagonistas adicionales. Por otro lado, en ocasiones hay una cierta previsibilidad en los acontencimientos (por ejemplo, que Gundersen y Seena retomen sus relaciones sexuales, que Gundersen se someta al "renacimiento", que el veneno de las serpientes sea clave en el mimso...). Y tal vez falte algo más de acción, de aventura, de sorpresa, sobre todo para tratarse de un planeta tan distinto a la Tierra.

Para terminar, no quiero dejar de resalatar la abundancia de párrafos de una gran brillantez literaria, que Silverberg consigue jugando con el ritmo, las reiteraciones, los cuestionamientos, creando un poso de opresividad, de pesadez en la atmósfera de Belzafgor que perdura en la memoria del lector pasados los años. Resplandece especialmente el capítulo en el que Gundersen se somete al renacimiento: sin duda, el cénit de toda la novela. Y con unas enigmáticas referencias al cristianismo de nuestro planeta.