martes, 31 de marzo de 2015

Las máquinas de Dios (1995). Jack McDevitt

Prosigo con las reseñas de las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Empiezo en esta oportunidad las reseñas de una de las sagas más populares en España en estos últimos tiempos: la saga de Priscilla Hutchins, llamada así en honor de su protagonista femenina, y más conocida en español por la saga de las Máquinas de Dios, del escritor estadounidense Jack McDevitt. Una saga que se basa en un concepto no demasiado explotado en el género: la arqueología alienígena, y las aventuras a la que su desempeño da lugar.

Por su cercanía al tiempo presente, empiezo a correr el riesgo de que los títulos que la componen en el momento de la reseña no sean los que finalmente terminen componiéndola, pues McDevitt sigue publicando con regularidad y hace poco más de un año añadió un nuevo título ("StarHawk", aún no traducido al español) a la saga. Que a día de hoy está compuesta en nuestro idioma por las siguientes seis novelas:

Las máquinas de Dios (1995)
Deepsix (2000)
Chindi (2002)
Omega (2003)
Odisea (2006)
Cauldron (2007)

El de McDevitt es un caso singular, pues se trata del autor que, en más de 60 años de historia, más nominaciones al Premio Nébula ha recibido en la categoría de novela (12 hasta la fecha), y que en proporción menos galardones ha recibido (sólo uno). Nominaciones a las que en buena medida ha contribuido la saga que hoy empiezo a reseñar. Aunque curiosamente no fue hasta la tercera entrega de la saga ("Chindi") cuando empezó a recibirlas, si bien desde ella las tres posteriores repitieron nominación. Hecho que habla bien a las claras del alto nivel medio de la saga. Aunque, por razones que explicaré más adelante, sólo voy a recomendar los tres primeros títulos de la misma.

En mi opinión, McDevitt escribe ciencia-ficción contemporánea con la mirada puesta en la ciencia-ficción clásica de los años cincuenta. Y además, es mejor narrador que creador, por lo cual sus novelas son más disfrutables por la habilidad que tiene para crear sus personajes y enredarlos en mil aventuras en parajes extraños, que por sus ideas originales o sus reflexiones de gran calado. Esto se pone de manifiesto a lo largo de toda la saga en general y de "Las máquinas de Dios" en particular: se trata de una novela entretenida, plena de imaginación, sin ideas espectaculares ni artificios innecesarios. Y razonablemente bien estructurada para su gran extensión (casi 600 páginas en la edición de bolsillo).

La novela está dividida en un breve prólogo, cuatro partes de duración variable y ubicadas en una localización diferente (Oz, una luna de Quraqua, el Templo de los Vientos en el propio Quraqua, Beta Pacífica III y el asteroide LCO4418-IID) y un pequeño epílogo. Una estructura que como digo contribuye decisivamente a que la novela no se le vaya de las manos a McDevitt. Lo cual no significa que no sobren determinados pasajes en distintos puntos de la misma, ni que la caracterización de los personajes sea siempre la mejor. Pero que la narración mantenga un propósito, y que unos diálogos sencillos y directos predominen sobre una prosa estándar que no es la mayor fortaleza de McDevitt, facilita que las páginas se pasen a buen ritmo.

Quizá la mayor virtud de la novela sea el permanente sentido de la maravilla que la preside. Y que en realidad es muy superior a la cantidad de revelaciones que se esconden tras sus páginas. Porque el marco en el que la sitúa el escritor está determinado desde el principio: la Tierra de comienzos del s. XXIII agoniza víctima de la sobreexplotación y el cambio climático, pero la tecnología hiperluz ha permitido identificar otros tres lugares donde existió vida inteligente (Pináculo, Quraqua y Nok). Este último continúa habitado, y la terraformación de Quraqua que lidera la corporación Kosmik parece la última esperanza para el género humano. Pero sobre ese marco McDevitt sitúa a un elenco de arqueólogos y a la piloto Priscilla Hutchins, y deja que sus exploraciones arqueológicas sustenten la novela.

Es justo reconocerle al autor su poderosa imaginación, puesto que cada una de sus localizaciones no es sólo radicalmente diferente a la anterior, sino que las peripecias que construye sobre ellas lo son aún más. Así, hay capítulos en varias de ellas de gran calidad (el tsunami sobre el Templo, la congelación del Wink, el ataque alienígena en Beta Pacífica...), junto con otros menos cautivadores (las conclusiones extraídas en Oz, o incluso la nube en Delta durante el desenlace). También debemos agradecerle a McDevitt su respeto por el componente científico en cada campo (lo que se traduce en un número de gadgets inusualmente bajo en el género). Y la inclusión de "teletipos" en diversos momentos, que posibilitan una mejor visualización del panorama global de la raza humana.

Sin embargo, algunos defectos la apartan de la categoría de clásico que a veces parece merecer. Junto a esas aproximadamente 100 páginas de más que contiene, el elenco inicial de personajes es a todas luces excesivo (sólo a partir de la tercera parte consigue acotarlo), pese a lo cual introduce dos personajes más (Ángela y Terry) muy cerca del final, y necesita recurrir a un apresurado epílogo para cerrar un montón de cabos sueltos. Además, apenas hay reflexiones de calado, a pesar de la longitud del libro. Tampoco propuestas novedosas, como lo evidencia que las nubes del final sean ya familiares al lector habitual del género y resultan poco creíbles en su constitución y propósito. Por otra parte, algunos de los cabos que ata Hutchins son demasiado obvios para que hubieran quedado ocultos a ojos del lector avispado. Y en ocasiones a la novela le falta un punto de fuerza, un mejor engranaje. Aunque obviamente la magnitud y riqueza del universo concebido por McDevitt posibilitan sin duda la conversión de esta novela en saga que acometió unos años después de su publicación. Y de cuya primera aportación ("Deepsix") les hablaré en mi próxima entrada.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Marte rojo (1992). Kim Stanley Robinson

Una entrada más continúo reseñando las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Le toca el turno esta vez a "Marte rojo", la primera de las novelas de la conocida como trilogía marciana, del estadounidense Kim Stanley Robison. Una trilogía que está constituida por las siguientes tres novelas, tanto en orden cronológico como de lectura:

Marte rojo (1992)
Marte verde (1993)
Marte azul (1996)

Se trata posiblemente de la saga más premiada en los últimos tiempos en el género. La novela que les presento hoy recibió entre otros el premio Nébula, el más importante a mi modo de ver de los que se conceden a nivel mundial. Y la segunda y tercera entregas el casi tan prestigioso premio Hugo. Sin embargo, a pesar de tan relevantes galardones y de ser principalmente una saga de ciencia-ficción hard, que como he admitido en alguna ocasión es una de mis corrientes favoritas del género, solamente recomiendo leer la primera entrega. La razón es que me pareció una novela tan realista y bien documentada como desestructurada y fallida. Esta impresión y la gran extensión de la misma y de las posteriores entregas me decidieron a no proseguir con la lectura de la saga. De hecho, no la considero una novela particularmente recomendable, pero me parecía injusto dejar pasar la oportunidad de aportar al menos una reseña de esta saga tan unánimemente reconocida.

Ambientada en pleno siglo XXI en los albores de la colonización del planeta rojo, la novela está segmentada nada menos que en ocho partes, cada una de ellas narrada por un personaje diferente. Partes que sin embargo no logran paliar su desestructuración: la multiplicidad de escenarios, personajes y marcos temporales con los que Robinson abruma al lector desde el principio no facilitan la lectura, y el hilo narrativo se va perdiendo poco a poco. Aunque lo que no se le puede negar a la novela es su rigor documental: desde el mapa de Marte que se incluye al comienzo (no tan detallado como sería de desear para facilitarle la ubicación al lector), hasta las reseñas incluidas al principio de cada parte, a veces con interesantes puntualizaciones sobre diferentes aspectos del planeta. Se nota el esfuerzo del autor por considerar todos los detalles (orográficos, climáticos, geológicos) del planeta, hasta dar la impresión de que la colonización y gradual terraformación de Marte es en realidad la auténtica protagonista de la obra.

Como era de esperar en una novela pretendidamente hard, el componente científico está a la altura de las expectativas: desde las estructuras ingenieriles presentadas, pasando por la nave rotacional con diferentes secciones, el ascensor de Sheffield (sí, el ingenio creado por el escritor Charles Sheffield en "La telaraña de los mundos"), los cálculos matemáticos en la granja de Hiroko Ai, los primeros hábitats, el calendario marciano... En ocasiones todo este bagaje origina ciudades realmente fascinantes (Senzeni Na, Burroughs) aunque otras veces los escenarios de la novela resultan inesperadamente anodinos.

Y es qe la narrativa de Robinson peca de frialdad y falta de fuerza (podríamos imaginar qué habría hecho por ejemplo el maestro Heinlein con semejantes mimbres). A veces, incluso, el lector se topa con frases inconexas, o situaciones de los personajes no bien descritas (más de una vez, por ejemplo, se ponen en pie sin haberse sentado previamente). En otas ocasiones, lo que incomoda es la meticulosidad irrelevante, que alarga más de lo deseable una novela ya de por sí muy larga (pongo por caso los detalles sobre las herramientas recogidas por Nadia Chernyshevski). Incluso sorprende la falta de atención a las fechas y las referencias cronológicas en general. Si a ello le añadimos que hacia la mitad la novela empieza a flaquear argumentalmente, no es de extrañar que hasta la fecha no me hayan quedado ganas de proseguir con la trilogía.

¿Y los personajes? Pues tampoco redondos. La división de los Primeros 100 que propone Robinson en dos bloques principales (norteamericanos y rusos) con aportaciones adicionales de otras naciones, me parece un buen punto de partida. Y de hecho, sus reflexiones sociales, psicológicas y políticas, así como sus expectativas respecto a la vida en Marte, son con frecuencia interesantes. Pero el recurrente triángulo amoroso entre John Boone, Frank Chalmers y Maya Toitovna no sólo no logra dotar de mayor profundidad a la novela, sino que acaba por fatigar al lector. Además, otros personajes resultan fallidos (caso de Michel Duval) o tienen aportaciones discutibles (caso de Sax y sus experimentos). Probablemente el personaje más conseguido sea Nadia, por su mayor equilibrio emocional y los actos que del mismo se derivan (el episodio de acción con el dirigible es de lo mejor de la novela). Sin olvidar la frecuente aparición de grupos árabes, una inclusión inesperada que se acaba revelando como un acierto del escritor.

Un último aspecto cuestionable es que no haya un final definido, sino una arbitraria e insatisfactoria interrupción de la narración. Lo que confirma que estamos ante una trilogía más relevante por lo que propone que por lo que relata, y eso le resta muchos puntos. Es más, por mucho que Arthur C. Clarke la considere la mejor novela sobre la colonización de Marte jamás escrita, me atrevo a decir que, salvando las lagunas derivadas de la época en que fue escrita, la propia aportación de Clarke a la colonización de Marte ("Las arenas de Marte" (1951), que algún día reseñaré en este mismo blog), me parece una aportación más comedida, amena y, por tanto, recomendable.

viernes, 6 de marzo de 2015

La cabalgata de los mendigos (1996). Nancy Kress

Una entrada más continúo con las reseñas de las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Voy a tratar en esta oportunidad de "La cabalgata de los mendigos", tercera novela en orden cronológico y de lectura de la estadounidense Nancy Kress, con la que se cierra la saga de los mendigos. Se trata de una novela de un nivel medio muy similar a sus predecesoras, y constituye un estimable colofón a una trilogía bien concebida, mejor cohesionada, con un componente científico cuidado y de incuestionable calado especulativo y emocional.

Kress sitúa la narración sólo cinco años después de donde la dejó con "Mendigos y opulentos", y nuevamente la condensa en un solo año (excepción hecha del pequeño epílogo con el que la concluye). También la estructura de manera similar a sus dos predecesoras, con tres partes diferenciadas que vertebran la obra (aderezadas por varios interludios dedicados fundamentalmente a mensajes intercambios por los personajes). Aunque en este caso vuelve al narrador omniscente de la primera entrega y descarta enfocar cada una de las partes en un único personaje por encima de los demás. Que quizá era uno de los mayores aciertos de "Mendigos y opulentos", y que sobre todo en la primera parte se echa de menos. La vuelta de tuerca que propone la autora para rematar la trilogía la constituyen las jeringas del cambio, ofrecidas por los Superinsomnes a la sociedad y que posibilitan la inmunidad frente a las enfermedades. Una idea que, dicho de paso, se postula de forma no del todo creíble, aunque lo relevante de su existencia es que, lejos de mejorar la estratificación social entre vividores, auxiliares y superinsomnes ya conocida de novelas anteriores, esta medida ahonda las diferencias y actúa como el catalizador que desencadena los acontecimientos.

Aunque los personajes principales no son los mismos de entregas anteriores, por las páginas de "La cabalgata de los mendigos" sí que desfilan viejos conocidos, como Jennifer y Miranda Sharifi, y sobre todo Lizzy Franzy, la joven vividora que ya habíamos conocido en "Mendigos y opulentos" y que desde la primera parte se erige en protagonista absoluta en su intento por llevar a los vividores al poder y cambiar el orden establecido. Una primera parte que comienza con una puesta en escena un poco fría y que durante toda su extensión (casi la mitad de la novela) traslada la sensación de que, aunque bien caracterizada en las dos líneas narrativas presentadas, es poco más que una puesta en situación, adoleciendo de un motor claro y con el agravante de la extraña relación entre el doctor Jackson Aranow y su ex-mujer Cazie Saunders.

Al comienzo de la segunda parte las dos líneas narrativas convergen y ello provoca que la tensión y la intensidad aumenten. El suministro de jeringuillas del cambio se interrumpe con la supuesta intención de liberar a los vividores de la dominación auxiliar, pero lo que sucede en realidad es que los vividores regresan a una situación de dependencia aún mayor, y el panorama se vuelve desesperado para ellos, lo que dinamiza la acción y beneficia la lectura. Además, la caracterización de los personajes presentados por Kress alcanza a lo largo de estos capítulos su mayor nivel. Si bien es cierto que a esta parte se le puede poner el pero de que la cronología de acontencimientos es, en ocasiones, un poco confusa.

La tercera parte, la más corta en extensión y la de ritmo más trepidante, recuerda por la tremenda estratificación social que muestra y la ambientación distópica, a la magistral "Las torres del olvido", de George R.R. Turner. Es además la que concede una mayor relevancia al componente científico, que Kress retuerce hasta el extremo cuando plantea la metamorfosis de Theresa Aranow. Pero también reserva muchas sorpresas. Por ejemplo, expone abiertamente que la auténtica motivación de Jennifer Sharifi es convertir Sanctuary en un lugar verdaderamente seguro para los Insomnes, aunque lo que suceda realmente diste mucho de esa intención. Otra sorpresa que se reserva Kress es el desenlace de la gran mayoría de los Insomnes, tan inesperado como impactante. Y un final que no aclara demasiadas cosas (ni siquiera si fue Jennifer Sharifi quien cabó con Miranda Sharifi), tan sólo hace públicos hechos que permanecían ocultos. Lo que evidencia que más allá de la conclusión, lo que más le ha intereado a Kress de la novela son las reflexiones que la jalonan. Reflexiones extensivas al resto de la saga, y que en mi opinión contribuyen el mayor acierto de esta recomendable saga.