sábado, 19 de diciembre de 2015

Por el tiempo (1969). Robert Silverberg

En la siguiente entrada continúo reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Le ha llegado el turno a "Por el tiempo", otra de las novelas que publicó durante su quinquenio dorado, y de las que aborda como eje principal el viaje en el tiempo, uno de los temas característicos del estadounidense. No la considero una novela tan recomendable como alguna de las que ya he reseñado, puesto que en mi opinión el esfuerzo creativo que encierra y su complejidad argumental no se traducen en una satisfacción plena del lector. Aunque su nivel medio sea claramente superior a la mayoría de las novelas del género.

Indudablemente, la mayor virtud del libro es su tratamiento absolutamente meticuloso del viaje temporal. Silverberg intenta no dejar suelto ni un solo fleco, e incluso explica detenidamente las posibles paradojas a lo largo la narración, casi como si fuera un estudioso diseccionando el tema en una tesis. Con lo cual sólo tiene que tirar del hilo para tejar una estructura turístico-económica de gran verosimilitud en torno al viaje temporal, organizada mediante el Servicio Temporal y protagonizada por Jud Elliot. Y es que a pesar de lo complicado del viaje en el tiempo, todo encaja razonablemente bien. Sin embargo, este tratamiento también provoca el mayor defecto de la novela: la falta del elemento sorpresa a lo largo de sus páginas. En otras palabras, la sensación predominante en el lector es que los distintos viajes de Jud meramente "se suceden". Además, Silverberg ya nos ha anticipado el desengaño amoroso que va a sufrir, quizá por dotar a la lectura de un punto de aventura y del que por lo demás carece.

Pero lo que jamás falta en Silverberg es la sencilla naturalidad con la que los acontecimientos se suceden. Una vez explicado el viaje temporal, nos relata el proceso de formación como guía de Jud: un proceso lógico, coherente, bien estructurado. Y luego comienzan los viajes a Bizancio, en realidad un jugoso recorrido por diversos momentos de la época clásica, como el Medievo, las Cruzadas o la Peste Negra. Su conocimiento de la historia bizantina es incuestionable: gran variedad de pequeños episodios jalonan estos capítulos, proporcionándonos un completo mosaico (nunca mejor dicho) de lo que supusieron esos diez fascinantes siglos de predominio de Bizancio. Incluso se atreve a desmontar el carácter mítico de personajes tan relevantes como Justiniano.

Como es habitual en él, Silverberg se sirve de un elenco de personajes fantásticamente caracterizados. Especialmente da una lección a la hora de tratar a los que desempeñan un papel secundario. Aunque también me han cautivado Capistrano y Metaxos, que reflejan estupendamente cómo su profesión de guía temporal forja inevitablemente su personalidad. Por supuesto, la prosa mantiene la calidad habitual del mejor Silverberg, fluida y con frecuentes y jugosas reflexiones, y su habilidad narrativa le permite desarrollar completamente el argumento en poco más de doscientas páginas. Dos momentos particularmente brllantes son en mi opinión la visita al panorama dejado por la Peste Negra (de un dramatismo correctamente administrado), y el anhelado encuentro en el palacio entre Jud y la noble Pulcheria Ducas (dejando de lado el tono tórridamente descriptivo para recurrir a un crudo sarcasmo).

Volviendo al capítulo de los defectos, además de la carencia de un elemento sorpresa que dinamice la novela, no me gustaron demasiado la proliferación de referencias psicodélicas (en pleno apogeo por aquel entonces), la excesiva relevancia e incluso abuso que Silverberg le concede a menudo a la cuestión del sexo, y la ausencia de una verdadera explicación sobre la tecnología que posibilite tanto los viajes temporales como el artefacto en cuestión, el crono (si bien es cierto que, obviando este hecho, el elemento científico está correctamente tratado a lo largo de la novela).

Para terminar esta reseña, mencionar brevemente del final, que es complejo y brillante, puesto que recurre a todas las paradojas que creó a lo largo de la novela para, con habilidad, enredar la madeja de tal forma que consigue un deselance, para mí al menos, inesperado.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Regreso a Belzagor (1969). Robert Silverberg

Tras el paréntesis de la entrada anterior, que dediqué a la nueva versión de la "Guía de lectura" de Miquel Barceló, retomo las reseñas dedicadas a los principales libros publicados en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. En la presente entrada voy a reseñar "Regreso a Belzagor", una de las novelas menos conocidas de su quinquenio dorado. Injustamente, diría yo, puesto que se trata de otra de sus obras recomendables, y una muestra de todo lo que el estadounidense puede obterner a partir de una trama aparentemente sencilla para lo que es habitual en la ciencia-ficción.

El punto de partida es atrayente: en un futuro lejano Silverberg nos presenta Belzagor, un planeta que los humanos colonizaron como parte de su imperio y durante un tiempo intentaron "civilizar", para posteriormente devolverle su "autonomía" (como parte de su programa de retirada de todos aquellos planetas que contaban con población nativa inteligente), dejando así una presencia humana testimonial. Edmund Gundersen, el protagonista de la novela, es un ex-administrador de Belzagor que tras varios años de alejamiento regresa al planeta con el fin un tanto ambiguo de expiar viejas culpas. Es decir, a la obvia perspectiva del viaje exterior por el planeta se añade desde el principio el viaje interior del protagonista, algo característico en las mejores producciones de Silverberg. Aunque no por habitual no debemos dejar de agradecer la rapidez y la naturalidad con la que Silverberg nos pone en situación.

En seguida se manifiesta uno de los principales logros de la novela: el propio Belzagor, el "Planeta de Holman" según el topónimo imperial, un planeta excelentemente caracterizado biológica, geológica, geográfica y orográficamente (los trópicos, la región de las brumas, el Mar de Polvo, la meseta...). Y por supuesto, las culturas que lo habitan; no sólo las ingentes cantidades de formas de vida animal (malidares, fungoides...) sino sobre todo las dos especies inteligentes nativas, los nildores (similares a los elefantes terrestres) y los sulidores (bípidos carnívoros mayores que los humanos), que conviven en armonía.

Otro punto fuerte de la obra lo constituye la enorme habilidad narrativa de Silverberg: un simple viaje iniciático, que podría transcurrir sin pena ni gloria, va creciendo paso a paso, atrapando poco a poco al lector, enfrentándolo con nuevas sensaciones y reflexiones que, por increíble que parezca tratándose de un planeta tan ajeno a nuestra maltratada Tierra, le resultan cercanas. Recurriendo a episodios como los pecados de Kurtz, los enigmas de Cullen o la agonía de Dykstra, Silverberg nos muestra la filosofía, la moral, los ritos, el concepto del alma y el sentido de la trascendencia que jalonan la existencia de estas especies.

Otros aciertos adicionales de la novela son: los sutiles avances tecnológicos y las abundantes explicaciones científicas que enriquecen, cuando son necesarios, la obra (con mención especial para los "técnicos de hélice", antecesores directos de la ingeniería genética en una década de los sesenta en la que apenas había comenzado la manipulación del ADN); los frecuentes recordatorios, especialmente respecto a personajes que ya han aparecido o sucesos que ya han ocurrido, que recurrentemente introduce el autor y que ayudan al lector a seguir la obra; y la concisión habitual del mejor Silverberg, que se basta con doscientas páginas para presentar con una completitud difícil de igualar todo lo relativo a Belzagor y a la vez caracterizar magistralmente a su protagonista.

Dada mi estima por la novela el capítulo de los defectos no puede ser extenso. Quizá el más grave sea que el argumento, cuando se expone en los primeros capítulos, parece un tanto débil: ni más ni menos que el viaje de Gundersen a la región de las brumas para expiar los años pasados en la colonia. Sin más líneas narrativas ni protagonistas adicionales. Por otro lado, en ocasiones hay una cierta previsibilidad en los acontencimientos (por ejemplo, que Gundersen y Seena retomen sus relaciones sexuales, que Gundersen se someta al "renacimiento", que el veneno de las serpientes sea clave en el mimso...). Y tal vez falte algo más de acción, de aventura, de sorpresa, sobre todo para tratarse de un planeta tan distinto a la Tierra.

Para terminar, no quiero dejar de resalatar la abundancia de párrafos de una gran brillantez literaria, que Silverberg consigue jugando con el ritmo, las reiteraciones, los cuestionamientos, creando un poso de opresividad, de pesadez en la atmósfera de Belzafgor que perdura en la memoria del lector pasados los años. Resplandece especialmente el capítulo en el que Gundersen se somete al renacimiento: sin duda, el cénit de toda la novela. Y con unas enigmáticas referencias al cristianismo de nuestro planeta.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Ciencia ficción. Nueva guía de Lectura (2015). Miquel Barceló

Con su permiso, en la siguiente entrada voy a interrumpir momentáneamente mis reseñas de los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg, para reseñar el que sin duda es uno de los principales acontecimientos del año en el mundillo de la ciencia-ficción en español: "Ciencia ficción. Nueva guía de lectura", del editor Miquel Barceló. Que no es ni más ni menos que la largamente esperada actualización de su casi mítica "Ciencia ficción. Guía de lectura", publicada en 1990. Una guía de la que ya he hablado en alguna oportunidad en este mismo blog y que supuso un hito en el género a nivel nacional y un hallazgo que marcó un antes y un después en mi afición al genéro a nivel individual. Porque cuando me hice con ella en el año 1992 ya había leído algunas obras de ciencia-ficción, pero andaba aún bastante perdido en cuanto a la temática, los autores y los títulos que habían marcado el género a lo largo del siglo XX (recuérdese que por aquel entonces internet apenas estaba empezando). Entonces la lectura de la guía de Barceló me abrió definitivamente las puertas del género, y a pesar de los años transcurridos he recurrido una y otra vez a ella para profundizar en autores, títulos y subgéneros.

Por eso, cuando tras varios años en los que se fue anunciando primero y postergando después la publicación de una edición revisada y actualizada, el pasado mes de septiembre llegó finalmente a nuestras librerías (por cierto, de manera nada casual Barceló la ha situado en el número 150 de su colección Nova ciencia-ficción), me apresté a conseguirla como tantos otros aficionados. La impresión al terminarla es que la espera de un cuarto de siglo ha merecido la pena por la visión de este periodo que aporta Barceló, y por las nuevas secciones que acertadamente cubre en esta nueva versión de la guía. Aunque puestos a encontrarle defectos también hay omisiones cuestionables y un exceso de subjetividad y partidismo más evidente que en su predecesora.

La guía rezuma un profundo aprecio por el género en toda su extensión y unos conocimientos apabullantes. Y está escrita con una prosa directa, accesible y bien estructurada, fácil de digerir para cualquier lector. Cualidades fáciles de apreciar en una primera parte destinada a exponer qué es la ciencia-ficción, con secciones francamente interesantes como las dedicadas a examinar los pilares que caracterizan al género (esencialmente el sentido de la maravilla y la capacidad especulativa), las definiciones creadas por diversos autores y expertos o los distintos premios que se otorgan. Aunque con otras menos atrayentes y excesivamente largas, como las dedicadas al fándom o a los juegos de tablero.

Con la segunda parte comienzan las novedades respecto a su predecesora. Dedicar esta parte a las principales sagas del género es, además de una coincidencia con lo que ya hice años atrás en este humilde blog, una decisión plenamente justificada por la importancia de esta manifestación en el género. Aunque con algún criterio cuestionable (Barceló aclara que para hablar de "serie" necesita que la constituyan más de dos novelas, pero luego reseña con naturalidad "Ilyón/Olympio", de Dan Simmons), una preeminencia absoluta de las sagas editadas por él (con las creadas por el rey de las páginas de relleno, Neil Stephenson, a la cabeza), algún menoscabo evidente (dentro de la escasa pasión con la que reseña la saga de "La vieja guardia" de John Scalzi obvia mencionar que su admirado fanzine Locus escogió la primera novela de la saga la mejor novela de ciencia-ficción en lo que llevamos de siglo XXI), excesivo foco en sagas que tienen mucho más de fantasía que de ciencia-ficción (la del "Exilio en el plioceno" de Julian May o la del "Libro del sol nuevo" de Gene Wolfe) y omisiones imperdonables como la de la saga de "Las máquinas de Dios", de Jack McDevitt, que colecciona más nominaciones a los prestigiosos premios Nébula que cualquiera de las sagas reseñadas por Barceló.

En una decisión arriesgada y que no comparto en absoluto, Barceló suprime la parte dedicada a los autores (una de las mejores, si no la mejor, de su predecesora, ya que permitía explorar los universos creativos de los nombres más importantes del género y emparentarlos a nivel creativo con otros escritores punteros del género), y nos sumerge directamente en los títulos que selecciona (sagas al margen). Algo más de cien novelas, de selección bastante canónica durante las primeras décadas del género, pero que se vuelve subjetiva en exceso en su tramo final, insistiendo una y otra vez en novelas de sus autores favoritos y que más extensivamente ha editado (Orson Scott Card, David Brin, Gregory Benford, Connie Willis), incluso aunque esas novelas no recogieran galardones que sí cosecharon otras novelas que sin embargo Barceló no reseña. En la selección de los títulos se echan de menos más novelas de nombres capitales como Robert Silverberg, Larry Niven, Philip K. Dick, Robert C. Wilson y otros. Y en la reseña de los títulos sucede, al igual que en muchas de las sagas de la segunda parte, que la atención se centra en exceso en explicar la trama, con lo que resultan un tanto escasas las líneas dedicadas a su valoración o al porqué de su recomendación. Aun así, ambas partes son una referencia excelente para que el lector en español pueda convertirse en un experto del género simplemente leyendo los más de doscientos títulos recomendados.

La cuarta parte, destinada a las narraciones breves, mejora a su predecesora de hace un cuarto de siglo, ya que va más "al grano" y, en vez de marear al lector con centenares de relatos recomendables, le sugiere unos pocos autores y recopiladores de referencia, así como las antologías más representativas existentes para el lector en español. Y la quinta parte es una deliciosa guinda que cubre dos aspectos no tratados por su predecesora: unas pinceladas (y una jugosa bibliografía) sobre cómo escribir ciencia-ficción, y varias referencias y ejemplos sobre cómo utilizar la ciencia-ficción para facilitar la divulgación de la ciencia y la tecnología a personas con escasos conocimientos en la materia.

En suma, una guía amplia y recomendable tantos para quienes se empiecen a adentrar en este maravilloso género de la ciencia-ficción, como para quienes ya lo conozcan pero piensen que aún no le han sacado todo el jugo posible. Así que no lo duden, háganse con ella antes de que se agote.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Alas nocturnas (1968). Robert Silverberg

Con la novela que les presento hoy (novela corta en realidad) iniciamos la reseña de aquellas novelas de Silverberg que en mi humilde opinión deben incluirse en la categoría de más que recomendables. Premio Hugo de novela corta de 1969, "Alas nocturnas" comenzó siendo en realidad un relato publicado en 1968 en la revista Galaxy, que por cierto forma parte de la antología "Lo mejor de Silverberg", que reseñaré en su momento. El éxito de la misma y lo rico del marco escénico seleccionado motivaron que, a lo largo de ese mismo año, Silverberg añadiera dos secuelas al mismo ("Entre los memorizadores" y "Camino a Jorslen"), hasta completar las tres partes que definitivamente compusieron la novela. Una obra que destaca por su excelente ambientación y la formidable caracterización de sus personajes principales.

Más que por una trama bien construida pero no especialmente original (una Tierra futura decadente, con reminiscencias medievales, surcada por razas puras y mestizas y con la amenaza de una posible invasión extraterrestre), la novela supone un hito por su maestría a la hora de explorar los universos interiores de su trío protagonista: Wuellig, el Vigía (encargado de examinar todas las noches los cielos para avisar de la llegada de los anunciados invasores), Avluela, la Voladora (una chica perteneciente a un clan creado por ingeniería genética, con unas alas tan frágiles que sólo le permiten volar de noche, de ahí el título) y Gorm, el Mutante sin "hermandad". De sus intensas relaciones y de cómo su periplo por esa Tierra futura les va cambiando interiormente es de lo que esencialmente nos habla Silverberg.

Además de esa exploración por el mundo interior de los personajes, otras virtudes claramente perceptibles son: la habilidad narrativa de Silverberg, sin una sola página de relleno, con un estilo evocador, casi poético pero sin acercarse siquiera a la cursilería; la selección de los lugares que recorren sus protagonistas, versiones decadentes pero aún poderosas de las principales ciudades de la Tierra, claramente identificables a pesar de sus nombres deformados (Jorslem, Pris, Rom...); las profundas reflexiones que jalonan toda la novela (la soberbia como causa de la decadencia terrestre, el sentido de la vida tras la invasión extraterrestre, la búsqueda de la esperanza humana, la reevaluación de las prioridades vitales...); la sugerente caracterización de las "hermandades", compuestas por profesiones al estilo de los gremios pero adaptadas a esa sociedad futura; la separación y estratificación social entre los trabajadores manuales y los intelectuales...

En cuanto a los defectos, para mi modo de ver el más grave es que la novela por momentos se arrima demasiado a la fantasía, lo que potencia su carácter evocador pero le resta peso dentro del género de la ciencia-ficción. También creo que a la trama le falta un motor que dinamice un poco más la lectura, un componente científico algo más visible, y una mayor justificación de la pasividad con la que la humanidad reacciona a la invasión extraterrestre (en general se pueden percibir algunas debilidades argumentales, que no afectan a lo esencial de la novela).

El desenlace esta conseguido y resulta razonablemente convincente. Pero deja un tanto la sensación de que Silverberg se dejó la puerta abierta para añadir más relatos a la mini-saga, cosa que al final no llegó a suceder. Un pero a todas luces menor frente a una novela que deja un poso en el lector indeleble al paso del tiempo. Prueben a leerla y verán.

domingo, 25 de octubre de 2015

Espinas (1967). Robert Silverberg

En la presente entrada continúo revisando todos libros que he leído de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Les voy a hablar hoy de "Espinas", la novela que según muchos estudiosos del género marcó un punto de inflexión en su carrera, iniciando el salto definitivo a la madurez. Un análisis que como ya he dicho en este mismo blog no comparto del todo, puesto que la novela que reseñé hace un par de semanas, "Las puertas del cielo", cronológicamente anterior, ya refleja en mi opinión esa entrada en el periodo de madurez del autor. De hecho, se trata de una novela tan ensalzada que cuando la leí me resultó inferior a lo que me esperaba. Es cierto que el tratamiento psicológico del trío protagonista (Duncan Chalk, magnate del entretenimiento galáctico, Minner Burris, navegante estelar alterado y Lona Kelvin, joven virgen protagonista de un experimento de fertilidad) es formidable, pero quizá eso y la habilidad narrativa de Silverberg no sean suficientes para sostener la novela.

Dentro de la concisión habitual de las novelas de Silverberg en esta época, el comienzo es alentador: una fantástica ambientación de un futuro no tan lejano, y unos personajes minuciosamente caracterizados. Aunque dada la complejidad del marco escénico planteado, los hechos se relatan con cierta lentitud. Silverberg exhibe en este tramo sus notables conocimientos biológicos y médicos, refrendando que estamos ante una auténtica novela de ciencia-ficción. Y se apunta otro tanto con los títulos de los capítulos, muchos de ellos dignos de una reflexión por sí mismos (a modo de ejemplo resaltar el del número 16: "Pese a sus plumas, el búho tenía frío"). Pero en estos primeros capítulos también hay defectos: el innecesario desbordamiento de personalidad de Burris y el papel excesivamente superficial del personaje de Elise.

Una vez puestos en situación, Silverberg mantiene vivo el interés recurriendo a su imaginación para crear las más inverosímiles ambientaciones: la Arcada, prolija en diversiones; el "simbólico" hospital al borde del desierto; la Antártida... Pero la relación entre Minner y Lona sigue sin desviarse los cauces previstos: la amistad basada en sus anomalías al principio de conocerse, la desigual forma de entender el amor después, las primeras discrepancias, las tormentas... Aunque muy logrado narrativamente, nada que sorprenda al lector, y con el agravante de que al centrarse tanto en esa relación desatiende otros temas interesantes que había planteado al principio.

Además, Silverberg no cumple su promesa de mostrar el efecto morbosamente lúdico que tiene en la sociedad que plantea una pareja tal. De hecho, sólo unas pinceladas proyectan una difusa idea de esa sociedad. No obstante, hay episodios de categoría, como el del Salón Galáctico (tanto por lo que acontece como por dónde tiene lugar), o el del Tivoli de la Luna (parece imposible que un escenario así no exista en la realidad).

En el tramo final existe la incertidumbre de si las aguas volveran a su cauce entre Minner y Lona, lo que mantiene el interés hasta el desenlace. Pero el final que Silverberg crea para Chalk resulta poco convincente. Y la cantidad total de reflexiones presentadas es sensiblemente inferior a la habitual en la obra del estadounidense.

En suma, más que una gran novela estamos ante un ensayo general de una nueva vía literaria por la cual Silverberg sí alcanzaría el prestigio que ahora se le reconoce. Ahí radica su mayor valía.

sábado, 10 de octubre de 2015

Las puertas del cielo (1967). Robert Silverberg

Con "Las puertas del cielo" inauguro las entradas dedicadas a los libros de Robert Silverberg, mi escritor favorito. Y lo hago con la que en mi opinión es, en orden cronológico, la primera de sus novelas de madurez, periodo que, como ya dije en mi anterior entrada, es el que siempre me ha interesado en el escritor estadounidense. Y es que a pesar de su condición de fix-up de relatos concebidos para poder ser publicados individualmente por Frederik Pohl en su revista Galaxy, y de la frialdad de su comienzo, "Las puertas del cielo" logra que conceptos aparentemente lejanos cuando Silverberg los presenta la primera vez vayan convergiendo hasta conformar un desenlace sólido y coherente.

Es obvio que para abarcar nada menos que cien años de los siglos XXI y XXII situar cada una de las cinco novelas cortas en un periodo diferente es una buena alternativa. Pero esta estructuración es desconocida para el lector cuando se enfrenta a una primera parte meramente introductora de una Tierra superpoblada, ansiosa por abrazar nuevos cultos que además de la inmortalidad prometan también la salida física de la Tierra (los denominados vosters), y que se entretiene con nuevos artilugios (las Cámaras de la Nada) y habilidades parapsicológicas (los espers). Y después de que concluya sin que haya sucedido nada realmente relevante la preocupación por la calidad de la novela empeora cuando la segunda parte gira en torno a un nuevo personaje (Mondschein) sin aparente relación con la primera parte. Afortunadamente, la visita al revelador centro experimental voster en Santa Fe permite la interacción con el protagonista de esa primera parte (Ron Kirby) y las piezas de la novela comienzan lentamente a encajar.

Porque a partir de ahí el libro va desplegando un panorama interesante, con la superpoblada Tierra dominada por los vosters, la hostil Venus controlada por los herejes armonistas, y la terraformada Marte como terreno neutral en el que aparece por sorpresa Lázaro, el mártir armonista. Es posible que la atención de Silverberg en torno la búsqueda de la espiritualidad en el ser humano dé lugar a una influencia sobredimensionada del elemento religioso en el futuro próximo que nos plantea, pero si se acepta el panorama expuesto, podremos comprender sin dificultad las motivaciones de cada culto, el uso que hacen los voster de los osciladores esper y los impulsores venusianos, la complementariedad de ambas facciones, la manera como sus líderes van modelando las resistencias internas y, sobre todo, un tardío en aparecer pero impactante personaje, Noel Vorst, auténtico cerebro en la sombra durante toda la novela, como lo demuestra en el estupendo capítulo en el que revela todo lo realizado durante casi un siglo a Kirby.

Eso sí, la novela adolece de varios defectos que impiden incluirla entre lo mejor de su bibliografía. El más obvio es el planeta Venus, con una vegetación abundante y fauna inteligente y maligna. Tampoco Marte está muy bien caracterizado (incluso para los conocimientos disponibles en 1967), y el elemento científico en general está bastante cuestionado por tanto poder extrasensorial como nos propone Silverberg en diferentes momentos. Además, a la novela le falta acción y, como cabría esperar por su condición de relatos independientes interrelacionados, adolece de una cierta falta de profundidad y de mayores y más abundantes reflexiones, en especial si se tiene en cuenta el fuerte componente religioso de la novela. Un último defecto considerable es, como he dejado entrever antes, el tiempo que tarda en captar la atención del lector.

A cambio, Silverberg exhibe una loable concisión en absoluto reñida con la comprensión de lo planteado, sin rellenos innecesarios y con una imaginería religiosa original y razonablemente verosímil. Y es consecuente hasta el final con lo narrado, presentando un desenlace claro, que lleva las premisas de partida hasta sus últimas consecuencias.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Mi escritor de ciencia-ficción favorito: Robert Silverberg

En mi anterior entrada, dedicada a "Horizontes lejanos", la antología de novelas cortas originales auspiciadas por Robert Silverberg, ya mencionaba que el estadounidense era mi escritor de ciencia-ficción favorito, al tiempo que anticipaba que me iba a dedicar a partir de ahora a reseñar lo más representativo de su obra en español. Así que en la presente entrada voy a adelantar esa lista de libros, los cuales revisaré uno por uno durante los próximos meses.

Como de costumbre, no presumo de ser ningún estudioso del género, por lo que debo adelantar no he leído toda su obra de ciencia-ficción. Pero sí la mayor parte de la traducida al español. Aunque a propósito he rehusado leer cualquier novela suya anterior a 1967. La razón es que Silverberg empezó como un prometedor escritor de ciencia-ficción a finales de los 50, pero durante aproximadamente una década se limitó a seguir las pautas dominantes por aquel entonces en el género, más centradas en las aventuras que en la especulación. La irrupción de la new wave en la segunda mitad de los sesenta, que coincidió en el tiempo con una crisis personal que le llevó a mudarse de costa a costa de Estados Unidos, marcó un cambio definitivo en el enfoque y el alcance de su obra, que desde ese momento alcanzó una madurez y un prestigio que lo han mantenido hasta el día de hoy como uno de los más premiados y relevantes escritores del género.

Dicen los entendidos que en realidad el periodo de gloria de Silverberg duró tan sólo cinco años, de 1967 a 1972, y que se inició con "Espinas", una de las novelas que reseñaré en próximas entradas. Es un análisis que no comparto del todo. Porque aunque es evidente que fueron sus años más fecundos (voy a reseñar nada menos que 14 novelas de ese periodo), en mi opinión no todo lo que escribió en esa época posee el mismo nivel, ni todo lo que escribió después es de inferior calidad. Ni siquiera estoy de acuerdo con que el cambio se produjera con "Espinas"; para mí, "Las puertas del cielo", publicada unos pocos meses antes, ya refleja esa transición a su estilo de madurez.

La razón principal por la que sigue siendo mi escritor favorito no es por su prosa finísima, cautivadora y reconocible en apenas unas cuantas frases. Ni por las abundantes y acertadas reflexiones que introduce en sus novelas a colación de los hechos presentados. Me encanta Silverberg por algo en mi opinión mucho más difícil de conseguir: que cada novela suya sea sustancialmente diferente a la anterior, y sin embargo sea capaz de mantener la personalidad del escritor y un nivel medio muy alto. Porque en un ámbito tan complejo como la ciencia-ficción, crear un "entorno original" (el marco escénico y temporal, la sociedad que lo habita, la problemática presentada...) es una tarea ardua, por lo que una gran mayoría de los escritores del género se aferran a los dos o tres "entornos" que mejor conocen y dominan y se limitan a explorar nuevas posibilidades en ellos (piénsese en el Ekumen de LeGuin, el Espacio Reconocido de Niven, el Imperio Galáctico y la Fundación de Asimov, etc.). Lo cual no considero que sea un hecho criticable, pero sí provoca que más o menos intuyamos qué nos vamos a encontrar cuando nos acerquemos a una nueva novela suya. No es el caso de Silverberg: ni una de sus novelas es una continuación, una secuela, ni siquiera un spin-off de otras novela suya: todas partes de hipótesis diferentes, con marcos escénicos muy alejados entre sí y diferentes propósitos y metas.

Lo anterior no significa que Silverberg no tenga sus "obsesiones" favoritas. Que a mi modo de ver son cuatro: el viaje iniciático, el viaje en el tiempo, la psicología y la espiritualidad. Al viaje iniciático recurre Silverberg para que, al tiempo que se enfrentan a parajes fascinantes y a menudo hostiles, sus protagonistas evolucionen y sus personalidades se vean moldeadas por lo vivido. A menudo el viaje en el tiempo tiene la misma función que el iniciático, pero en otras es una manera de revisitar periodos históricos de especial fascinación para el autor, o simplemente de parodiar la sociedad contemporánea. Casi siempre sus novelas se centran en la psicología de sus protagonistas, pero a diferencia de por ejemplo J.G. Ballard, lo hacen sin descuidar lo narrado. Y con frecuencia sus personajes se hallan en busca de una espiritualidad que le dé un propósito a sus vidas, o una explicación para lo que les sucede. Es decir, un contenido de un calado similar al que podríamos encontrar en cualquier gran escritor de literatura mainstream. En la que dicho sea de paso Silverberg podría encajar perfectamente

Pero ello no significa que sus novelas renuncien a otros subgéneros esenciales en la ciencia-ficción. Así, entre las novelas que voy a empezar a reseñar reconocerán la ciencia-ficción hard, la utópica, la ucrónica, la humorística, la prehistórica... Prueba de ello es que no ha existido en España una editorial "especializada" en Silverberg, sino que sus obras han ido viendo la luz en las más diversas colecciones. Y casi siempre con una gran resultado, ameno y especulativo al mismo tiempo. Porque de los nada menos que veintisiete libros que voy a reseñar, más de veinte son claramente recomendables y sólo tres o cuatro más o menos decepcionantes. Es más: considero que al menos una decena de ellos son de lectura poco menos que imprescindible para el aficionado al género.

Entre esos veintesiete libros se encuentran los cuatro que ya he reseñado en este humilde blog: "Tiempo de cambios", para mí indiscutiblemente su mejor novela, y que incluí en mi lista de novelas esenciales para entender el género; dos novelas que figuran dentro de mi lista de novelas personalísimamente favoritas: "Las máscaras del tiempo" e "Hijo del tiempo", esta última una novelización de un relato corto de Isaac Asimov; y la que incluí en mi selección de novelas decepcionantes, "El hijo del hombre".

Sin más dilación, aquí tienen la lista:

"Las puertas del cielo" (1967)
"Espinas" (1967)
"Alas nocturnas" (1968)
"Las máscaras del tiempo" (1968)
"Regreso a Belzagor" (1969)
"Por el tiempo" (1969)
"A través de un billón de años" (1969)
"El hombre en el laberinto" (1969)
"La torre de cristal" (1970)
"El hijo del hombre" (1971)
"Tiempo de cambios" (1971)
"El mundo interior" (1971)
"El libro de los cráneos" (1972)
"Muero por dentro" (1972)
"El hombre estocástico" (1975)
"La fiesta de baco y otros relatos" (1975)
"Sadrac en el horno" (1976)
"Lo mejor de Silverberg" (1976)
"Rumbo a Bizancio" (1985)
"Tom O'Bedlam" (1985)
"La estrella de los gitanos" (1986)
"Al final del invierno" (1988)
"Anochecer" (1990) (junto a Isaac Asimov)
"La faz de las aguas" (1991)
"Hijo del tiempo" (1992) (junto a Isaac Asimov)
"El robot humano" (1992) (junto a Isaac Asimov)
"Roma eterna" (2003)

Silverberg es un escritor aún vivo pero ya prácticamente retirado, por lo que es poco probable que la lista se amplíe en un futuro. Así que a partir de mi próxima entrada revisaré en orden cronológico todos estos libros. Espero que el recorrido les resulte tan apasionante como a mí.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Horizontes lejanos (1999). Robert Silverberg

En la presente entrada les propongo una especie de propina con la que definitivamente rematar todas las entradas que durante más de dos años he dedicado a las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Una entrada que, además, me permite enlazar con el que será el tema al que me dedique durante aproximadamente el próximo año: Robert Silverberg, mi escritor de ciencia-ficción favorito. Que en "Horizontes lejanos" nos propone una de las antologías más originales del género: relatos y novelas cortas escritos a finales del siglo XX por buena parte de los autores de ciencia-ficción (norteamericana) más relevantes, que revisitan para la ocasión su saga más representativa. Con libertad casi absoluta para por ejemplo añadir un episodio paralelo, el punto de vista de otro personaje, la explicación de un acontecimiento esencial en la saga y la única y obvia restricción de que el escritor estuviera aún en activo en aquel momento. Es decir, una "guinda" con la que saciar el apetito de nuevas entregas de muchos de sus seguidores.

Por su extensión, la mayoría de las obras aquí recopiladas se adhieren a la categoría de novelas cortas. Todas ellas originales, es decir, escritas a propósito para esta antología (una muestra del peso que tenía Silverberg allá por 1999 en el género). Entre ellas podremos encontrar muchas de las sagas de las que ya he recomendado al menos una novela en este mismo blog. A saber: Los Cantos de Hyperion, de Dan Simmons; la saga de los Insomnes, de Nancy Kress; la saga de los Heechee, de Frederik Pohl; y la saga del Ciclo del Centro Galáctico, de Gregory Benford. Y algunas otras que no he llegado a recomendar pero que sí que mencioné en mi entrada anterior sobre otras sagas: la saga de La Guerra Interminable, de Joe Haldeman; la saga de Ender, de Orson Scott Card; la saga de la Elevación de los Pupilos, de David Brin; y la Trilogía de Thistledown, de Greg Bear. Completada con otra saga apenas conocida para el lector de ciencia-ficción en español (Saga de la Nave que Cantó, de Anne McCaffrey), y dos curiosidades (para mí no sagas): una novela corta ambientada en el Ekumen, la historia del futuro imaginada por Ursula K. LeGuin, que engloba sus novelas más famosas; y otra ambientada en "Roma Eterna", la ucronía de Robert Silverberg escrita a partir de varias novelas cortas interrelacionadas, y que reseñaré en este mismo blog en próximos meses.

Además, cada novela viene prologada por el propio autor, que suele ofrecer un pequeño resumen sobre el marco argumental de la saga que permita afrontar la lectura, y el motivo por el que la ha decidido completar con esta nueva entrega. Así como un listado de las novelas que (a fecha de publicación de la antología) conformaban cada saga. Es decir, un libro muy cuidado realizado por lo más granado de la ciencia-ficción de las tres últimas décadas del siglo XX.

Ahora bien, el resultado, como sucede en prácticamente toda antología, es irregular. Pero el nivel medio es más que satisfactorio, lo que confirma la categoría de los escritores y el hecho de que estén escribiendo en torno a sus sagas más reconocidas. De las once historias mi indiscutible favorita es "Perros durmientes", la aportación de Nancy Kress a su brillante y un tanto minusvalorada saga de los Durmientes: magníficamente estructurada, cautivadora, directa, cientifica, proporciona un nuevo final a la trilogía al situarse tras "La cabalgata de los mendigos". Un escalón por debajo solamente se sitúa "Huérfanos de la hélice", de Dan Simmons: pese a alguna que otra exageración, se trata de un relato brillante, cautivador y bien integrado en la saga.

Entre las novelas que mantienen el tipo se sitúan, en mi opinión: "Una guerra separada", de Joe Haldeman, que recrea el ambiente de su saga de la Guerra Interminable y dota de credibilidad a los viajes relativistas y sus implicaciones para los humanos, aunque con un final inverosímil; "Consejera de inversiones", de Orson Scott Card, que aunque también resulte inverosímil en lo relativo a la informática propuesta, es un relato razonablemente ameno y coherente; "Conocer al dragón", de Robert Silverberg, que a pesar del hándicap de una historia alternativa en parte previsible y en parte reconocible, propone un relato profundo, humano y de indudable calidad; "El muchacho que viviría para siempre", de Frederik Pohl, bien integrado en la saga de los Heeche, ameno y desenfadado, pero también falto de dramatismo y con una estructuración mejorable; y "La nave que regresó", de Anne McCaffrey, que aunque se sitúa peligrosamente en los límites de la fantasía, constituye una novela agradable y con un toque femenino incuestionable.

Y entre aquellas manifiestamente mejorables situaría: "Vieja música y las mujeres esclavas", de Ursula K. LeGuin, una historia con el ambiente y la temática habitual en la autora, pero confusa y sin mucho tirón; "La vía de todos los fantasmas", de Greg Bear, un relato incomprensible y farragoso sólo apuntalado por una creatividad delirante y cierto sentido de la maravilla; la muy floja "Tentación", de David Brin, larga, fantasiosa, con personajes que desaparecen, sin acción, y con el esfuerzo por hacer verosímiles a los protodelfines como único aliciente; y la peor de todas con diferencia, "Hambre de infinito", de Gregory Benford, incomprensible, pretenciosa hasta el aburrimiento, desestructurada...

A pesar de estos deslices, ya saben, si les gustó alguna de las sagas mencionadas y desconocían la existencia de "Horizontes lejanos", háganse con este y disfruten del placer de descubrir una historia que tal vez nunca esperaron leer en torno a su saga favorita.

lunes, 31 de agosto de 2015

Otras sagas de ciencia-ficción en español

Durante los últimos 24 meses he estado reseñando en este humilde blog las más de cincuenta novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Ha sido un recorrido apasionante que terminó a principios de mes cuando reseñé "La historia de Zoe", la "última" de las novelas de la saga de La Vieja Guardia, de John Scalzi. ¿Terminó? Bueno, no realmente, aunque sí en mi caso. Me explico.

Desde que inicié este blog siempre he resaltado mi condición de simple aficionado al género. No soy un estudioso del mismo, ni pertenezco a ninguna editorial u asociación relacionada con el género. Simplemente me limito a compartir mis experiencias e impresiones en relación con el maravilloso mundo de la literatura de ciencia-ficción, a la que dedico parte de mis ratos libres. Esto significa que, en el caso de las sagas seleccionadas, no he realizado un recorrido exhaustivo por todas las sagas que se han publicado en español desde hace setenta años. Simplemente he seleccionado la mayoría de aquellas que sí he leído y disfrutado.

Esto por fuerza implica que el término "principal" con el que aludía a mi selección sea forzosamente subjetivo. Y que por tanto la elección que realicé sea discutible. Honestamente no creo que sea una mala selección, pues no podría haber reseña de sagas de este maravilloso género sin hablar de la Fundación, de Dune, de Mundo Anillo, de los Heeche o de las Máquinas del Tiempo. Pero obviamente por el camino me he dejado un buen puñado de sagas sin reseñar. Sin pretender realizar una lista pormenorizada, voy a hablarles mínimamente de algunas de ellas.

La que más me ha dolido dejar de reseñar ha sido la de Viaje Alucinante, de mi admirado Isaac Asimov. El motivo es que desafortunadamente no guardo notas de la lectura de "Viaje alucinante II"; recuerdo que me gustó menos que la excepcional primera entrega, y que me pareció un tanto larga y reiterativa por momentos. Pero eso no es suficiente para una reseña en condiciones. Así que si alguna vez la vuelvo a leer, dejaré constancia de la misma en este blog.

Otra saga que no he mencionado es la saga de Ender, de Orson Scott Card. Por la misma razón: cuando leí "El juego de Ender" me dejó tan indiferente, y me pareció tan obvia la "sorpresa" que encierra, que no escribí nota alguna. Lógicamente con este precedente nunca me he animado a leer el resto de los títulos de la saga, ni de su paralela, la saga de la Sombra. Algo similar me sucede con la saga del Autoestopista Galáctico, de Douglas Adams. Leí la "Guía del autoestopista galáctico", y me pareció que capturaba con acierto varios de los clichés del género. Pero supuestamente es una novela humorística, y debo confesar que apenas despertó alguna sonrisa, por lo que no escribí nota alguna al terminar, ni por supuesto me he animado con el resto de las novelas de la saga. Siguiendo con sagas de las que he leido alguna novela pero no he reseñado, debo citar la saga de la Odisea Espacial, de Arthur C. Clarke. Leí en su momento "2001, una odisea en el espacio", que me pareció una novela interesante pero inferior a las mejores del maestro británico. Por eso nunca he terminado de decidirme a darle una oportunidad a las otras tres novelas de la saga, aunque es posible que lo haga algún día. También de Clarke es la saga de Rama, cuya primera novela "Cita con Rama" sí que incluiría entre lo mejor de su producción. Pero aquí el caso es diferente al de la Odisea Espacial, puesto que su conversión en saga ha venido de la mano de Gentry Lee, un escritor por lo demás desconocido que parece haber obtenido de Clarke el permiso para alargar el original bajo su supervisión; un panorama nada atrayente. O incluso el de la saga Akasa-Puspa, de los españoles Juan Miguel Aguilera y Javier Redal, cuya primera entrega ("Mundos en el Abismo") resultaba muy atrayente en su ambientación aunque de trama y desenlace un tanto fallidos. Por no hablar de William Gibson y la trilogía inaugurada con la decepcionante "Neuromante".

En otros casos no he podido reseñar la saga porque sólo está traducido al español el primer título de la misma. Es lo que sucede, por ejemplo, con "Los árboles integrales", una meritoria novela de Larry Niven cuya continuación ("The smoke ring") no está publicada en español. O con "Al final del invierno", una disfrutable novela de Robert Silverberg cuya continuación ("The Queen of Springtime") tampoco está traducida. O con "Spin", la formidable novela de Robert C. Wilson, inicio de una trilogía cuyas entregas segunda y tercera ("Axis" y "Vortex") no han visto la luz en nuestro idioma.

Por último, hay otra muchas sagas de las que ni siquiera he leído la primera entrega. Entre ellas: "Ilión", de Dan Simmons, pues como expliqué en su momento tampoco he sido capaz de completar la lectura de los para mí excesivamente recargados Cantos de Hyperion; el "Criptonomicón", pues lo que he leído de Neil Stephenson me ha resultado pretencioso y de una morosidad verbal injustificada; o la saga de Chanur, de C.J. Cherryh, una escritura que tampoco me ha terminado de cautivar nunca; o la saga de la Cultura, de Iain M. Banks; o los Señores de la Instrumentalidad, de Cordwainer Smith; o la saga de la Elevación de los Pupilos, de David Brin; o el Paralaje Neanderthal, de Robert J. Sawyer; o la saga de La Rata de Acero Inoxidable, de Harry Harrison; o la trilogía de Thistledown, de Greg Bear; o la Historia del Futuro, de Jerry Pournelle; o el ciclo de los Dorsai, de Gordon R. Dickson...

Como pueden ver, son muchas las sagas que me esperan en las estanterías. Algunas probablemente no las lea nunca(caso por ejemplo de los Fantasmas de Gaunt, de Dan Abnett, nada menos que 14 novelas de ciencia ficción puramente militar). Otras en cambio están en lista de espera (las siguientes, la saga de Misión de Gravedad, de Hal Clement, y la saga del Arca, de Stephen Baxter). Por lo cual no es descartable que dentro de unos años retome la iniciativa de sugerir una nueva lista de novelas recomendables de las que entonces serán las "nuevas principales" sagas disponibles... Quién sabe.

Por ahora, permítanme que cierre la entrada con una apreciación que viene al caso: la saga de La guerra interminable de Joe Haldeman la constituyen "La guerra interminable" y "La libertad interminable", pero no la multipremiada "Paz interminable", a pesar de lo que el título y muchos supuestos conocedores del género pueden sugerir. Así que, ya saben, prosigan buceando en las sagas del género, pero no se dejen confundir.

sábado, 1 de agosto de 2015

La historia de Zöe (2008). John Scalzi

Con la presente entrada voy a dar por concluida mi reseña de las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. La novela que les presento hoy es "La historia de Zöe", cuarta entrada en orden cronológico y de lectura de la saga de "La vieja guardia", del estadounidense John Scalzi. Como dije al reseñar la primera entrega de la saga, ésta no es la última novela de la misma, pero sí la última ya traducida al español. Es, además, una novela muy singular, puesto que no narra nuevas peripecias de sus principales protagonistas (John Perry y Jane Sagan), sino que revisita los acontecimientos de "La colonia perdida" desde el punto de vista de Zöe Perry-Boutin, la hija adoptiva de John y Jane. En mi opinión sin aportar los elementos suficientes para justificar su existencia más allá de "La colonia perdida", aunque resulte agradable de leer y clarifique o dé solidez a algunos de los puntos oscuros o débiles de aquella.

No estoy acostumbrado a leer novelas como ésta, que revisiten acontecimientos de entregas anteriores sin aportar grandes novedades. Sé que Scalzi no ha sido pionero en este enfoque (me viene a la memoria Orson Scott Card sin ir más lejos), pero tampoco es un enfoque frecuente en las sagas de ciencia-ficción. Por lo que es inevitable preguntarse los motivos. A este respecto Scalzi es muy transparente, puesto que lo que el lector deduce a lo largo de las trescientas páginas de la novela él se encarga de confirmarlo en la sección de agradecimientos situada al final: por un lado "La historia de Zöe" existe para proporcionar una nueva entrega a una saga de éxito sin necesidad de enredar mucho más la madeja argumental. Y por otro y más importante, corregir varios de los defectos de su inmediata antecesora.

A este respecto Scalzi admite dos: la repentina desaparición de los nativos asesinos (que justifica aquí gracias a la labor pacificadora de Zöe cuando sus amigos Enzo y Magdy son capturados), y el regalo del "campo extractor" que recibe Zöe durante su entrevista con el líder del Cónclave, el general Gau (que en esta novela da lugar a una no del todo bien resuelta sucesión de acontecimientos al más alto nivel político con el obin Dock, Gau y el combate entre consus y obins como justificación). Pero me atrevo a añadir varios más a la lista: el esfuerzo por mostrar la reticencia inicial de la familia Perry-Sagan a abandonar Huckelberry, una mejor perspectiva de los acontecimientos de política galáctica ya narrados en su predecesora y, sobre todo, el lavado de cara del personaje de Zöe, menos repelente y sabelotodo (como muestra baste decir que desaparece la terrible expresión "papá nonagenario" con la que Zöe se dirigía a John en "La colonia perdida").

Porque en cuanto a acontecimientos nuevos, están presentes con cuentagotas, y ninguno durante practicamente durante la primera mitad de la novela: la expedición nocturna que la pandilla de Zöe realiza al bosque y cómo Hickory y Dickory intervienen para salvarlos, el ya citado episodio de Zöe con los nativos, el caprichoso y forzado combate entre consus y obins... y poco más. El resto es sólo la perspectiva supuestamente adolescente (a veces, por los razonamientos y el vocabulario, más bien adulta) de hechos ya conocidos.

A pesar de todo lo anterior me he animado a recomendar la novela porque, además del enfoque poco habitual ya citado, posee varias de las virtudes habituales de la saga: una prosa sencilla y coloquial, el predominio de los diálogos sobre largas descripciones, una buena estructuración (mejor que su predecesora), un ritmo narrativo dinámico (aunque los acontecimientos de política galáctica del tramo final se siguen narrando sin la suficiente pausa), y el reencuentro con un universo rico y unos personajes conocidos. Todo ello favorece la lectura. Pero la cosa no da para más; tal vez si "La colonia perdida" nunca hubiera visto la luz y Scalzi se hubiera atrevido a dar un giro de 180º a la saga con "La historia de Zöe" tras el marcado carácter bélico de las dos primeras entregas la valoración habría sido diferente. Pero esa es una historia que, a diferencia de la de Zöe, nunca llegó a ocurrir.

jueves, 23 de julio de 2015

La colonia perdida (2007). John Scalzi

Una entrada más prosigo con la reseña de las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Le toca en esta oportunidad a "La colonia perdida", tercera entrega en orden cronológico y de lectura de la saga de la vieja guardia, del estadounidense John Scalzi. Una novela que comparte protagonistas con las dos entregas anteriores, pero que nos presenta una historia mucho menos violenta que aquellas, con las continuas intrigas y especulaciones en torno a la colonia perdida de Roanoke como baza principal y con la falta de episodios realmente cautivadores como lastre a la hora de evaluar el resultado final. Por lo que el balance no es tan favorable como el de "Las brigadas fantasma", para mí la mejor novela de la saga.

En mi opinión "La colonia perdida" es una novela más dispersa que las anteriores. La principal razón para ello es que, a diferencia de aquéllas, Scalzi no tiene una estructura predefinida en la que encajar personajes y acontecimientos: el proceso de formación y desempeño de un soldado de las Fuerzas de Defensa Coloniales o de las Fuerzas Especiales es algo mucho más concreto y estructurable que el establecimiento de una nueva colonia, y da la impresión de que Scalzi consigue completar la novela a tirones, redefiniendo sobre la marcha su objetivo principal. Sólo así se explica el prematuro abandono de las restricciones tecnológicas en Roanoke (que podría haber dado lugar a una trama en torno a la supervivencia en condiciones adversas), la fugaz aparición de unos nativos asesinos (una línea argumental que desaparece sin más explicación), y la gradual conversión de la obra en una novela de política galáctica a gran escala.

Conversión por otra parte meritoria, porque en "La colonia perdida" Scalzi deja de jugar (barbarismos aparte) a ser Robert A. Heinlein y rinde homenaje a otro gigante del género (Isaac Asimov) presentando cómo en cada momento la Unión Colonial, el Cónclave, los obin e incluso los dirigentes de la colonia (los ya conocidos John Perry y Jane Sagan) intentan condicionar los acontecimientos en Roanoke y confían en desenlaces contrapuestos que favorezcan sus intereses. Scalzi es muy detallista en este sentido (nos presenta las expectativas del general Gau, los militares Szilard y Rybicki, el consejo de Roanoke, el arrisiano Nerbros Eser...). Traslando la impresión, además, de una coherencia razonable en todo lo expuesto, aunque a veces cuesta un poco seguirle el juego a los personajes y la novela se vuelve más especulativa que dinámica, lo que afecta un tanto a la impresión global.

Por terminar con los puntos flojos, debo resaltar lo poco elaborados que están los motivos por los que Perry y Sagan abandonan Huckelberry para formar la nueva colonia, lo torpe que resulta la fallida invasión final de los arrisianos, la facilidad con la que Zöe parece haber conseguido el campo extractor que permite a la colonia salir victoriosa, y lo endeble de la caracterización de la propia Zöe, a medio camino entre repelente y sabelotodo (lo de llamar a su padre adoptivo "papá nonagenario" habla por sí mismo).

A cambio Scalzi mantiene varias de las virtudes que han hecho famosa a esta saga: un componente científico bien presente y convenientemente actualizado al tiempo presente, prevalencia de unos diálogos amenos y con un toque sarcástico sobre largas descripciones, certera inclusión de párrafos que permitan situarse al lector incluso sin haber leído las novelas anteriores, una galaxia repleta de inagotables especies alienígenas de lo más variopintas, pasajes de acción francamente amenos, un estilo literario sin complicaciones ni reflexiones rebuscadas y una concisión realmente poco habitual en estos tiempos. Razones suficientes para leer la novela, y para seguir enganchado a la saga, que Scalzi (a pesar de lo que escribió en los acontecimientos) continúa ampliando.

domingo, 12 de julio de 2015

Las brigadas fantasma (2006). John Scalzi

Una nueva entrada continúo con las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción. Les recuerdo que estoy reseñando la última de las sagas que recomiendo: la saga de La vieja guardia, del estadounidense John Scalzi. En concreto hoy voy a reseñar "Las brigadas fantasma", segundo volumen en orden cronólogico y de lectura de la saga. Una continuación que funciona al margen de la primera novela, y que lejos de limitarse a explotar los hallazgos de aquella como habría sido de esperar, los amplía sabiamente para conseguir un resultado más satisfactorio. Tanto que para mí se trata indiscutiblemente de la mejor novela de la saga.

Y es que el libro no sigue lo que podríamos denominar a estas alturas las "líneas maestras" de una secuela (mismo entorno, explotación de situaciones que no habían sido consideradas en el original, reúso de la estructura...), sino que introduce dos nuevos elementos muy acertados: por un lado, la transferencia de conciencias (una idea muy válida aunque copiada de Nick Sagan); y por otro, una trama completa durante toda la extensión de la novela. Así, mientras que en "La vieja guardia" John Perry intervenía en una serie de batallas más o menos inconexas, en "Las brigadas fantasma" la transferencia de conciencias da lugar a una única línea argumental, sobre la base de una conspiración de tres razas alienígenas (eneshanos, raey y consu) contra la Unión Colonial, y con el fallido experimento de Jared Dirac como elemento determinante, a la vez que protagonista absoluto.

Ahora bien, que la novela esté dotada de una trama completa no significa que Scalzi renuncie a mostrarnos el proceso de instrucción de un soldado de las secretas Fuerzas Especiales (como hizo en la primera novela con las Fuerzas de Defensa Coloniales), ni que recurra a un par de episodios bélicos aislados para lograr la caracterización completa de Dirac y al mismo tiempo erosionar la alianza alienígena. Pero lo hace con mesura, sin perder de vista a dónde quiere llevar la novela, y presentando detalles que le permitirán en último término crear un desenlace más completo.

A pesar del proceso de formación y la posterior fractura de la alianza alienígena narrado en la primera mitad de la novela, es la segunda parte la que verdaderamente merece la pena: con la situación ya convenientemente planteada, los hechos y las motivaciones de cada parte se van revelando gradualmente, con un ritmo muy alto y una intensidad constante, hasta que todo converge en el desenlace en la Luna Arist. A su habitual estilo directo y socarrón, heredero directo del maestro Robert A. Heinlein, Scalzi añade esta vez la yuxtaposición de conversaciones que caracterizaba al mejor Isaac Asimov (especialmente entre Dirac y el científico creador de las conciencias de los obin, Charles Boutin). Todo ello para asegurar el disfrute del lector de ciencia-ficción clásica, sin retorcimientos, vanaglorias ni episodios adyacentes que únicamente alarguen la extensión del libro sin aportarle nada a cambio.

Ahora bien, no todo es perfecto en "Las brigadas fantasma". Por ejemplo, Scalzi sigue desaprovechando oportunidades de su universo al presentarnos las distintas especies y su historia y conflictos justo en el momento en el que van a intervenir las Fuerzas Especiales, lo que impide dimensionar y comprender mejor conceptos como el del Cónclave y el Contracónclave. Además, presenta a unos series humanos (los gamoranos) excesivamente inverosímiles. Tampoco consigue en esta entrega dotar a la novela de la profundidad suficiente, lo que la acerca por momentos al mero entretenimiento. Y, como ya sucediera en "La vieja guardia", abusa de barbarismos innecesarios y se regodea en ocasiones en la violencia extrema (Daniel Harvey es el mejor ejemplo).

No puedo terminar esta reseña sin mencionar el excelente final. Aunque el elemento científico está muy cuidado en toda la novela, la contraposición de virus y troyanos como armas definitivas en el desenlace es genial. Eso y la inteligencia de Scalzi le permiten concluir la historia sin dejar ni un cabo suelto, lo que contribuye a mejorar la ya de por sí favorable impresión global.

domingo, 28 de junio de 2015

La vieja guardia (2005). John Scalzi

Una entrada más prosigo con la reseña de las novelas que recomiendo leer de las principales sagas de ciencia-ficción disponibles para el lector en español. En esta oportunidad le toca el turno a "La vieja guardia", del estadounidense John Scalzi, la primera de las novelas de la saga del mismo nombre. Que es también la última saga que voy a reseñar en este humilde blog, pues siendo la más reciente de todas cuantas he reseñado está aún siendo expandida por su autor. De hecho, el lector en español sólo tiene a su alcance estas cuatro novelas:

La vieja guardia (2005)
Las brigadas fantasma (2006)
La colonia perdida (2007)
La historia de Zoë (2008)

Pero en 2013 Scalzi amplió la saga con "The human division", aún no traducida hasta donde yo sé al español. Y mientras escribo esta entrada está viendo la luz en entregas serializadas la sexta entrega de la saga, "The end of all things". Además, Scalzi ha firmado recientemente un contrato con su editorial que entre otros compromisos incluye al menos una séptima novela para la saga, lo que deja bien a las claras el éxito de la misma. Con lo que es de esperar que en próximos años todas ellas vayan viendo la luz en nuestro idioma. Aunque de momento me conformaré con reseñar las cuatro novelas disponibles en español. En realidad, las realmente meritorias son las tres primeras; la cuarta es recomendable más que nada por un hecho muy infrecuente en el género y que desvelaré llegado el momento.

Como trasfondo de la saga, Scalzi plantea una humanidad en continuo conflicto con otras muchas especies extraterrestres por los últimos mundos habitables de la Galaxia. Con lo que el componente bélico/militar es uno de los más acusados a lo largo de la novela. Algo muy del gusto del público estadounidense desde los tiempos del maestro Robert A. Heilein hace más de medio siglo. Y si bien en mi caso particular he de reconocer que aunque las novelas de esta temática no son mis predilectas, la novela que les presento hoy es una aportación original, bien estructurada y por momentos disfrutable, a esta vertiente del género. Y con un aroma "clásico" muy de agradecer en el una novela del siglo XXI, un periodo en el que tanto abundan las obras excesivamente barrocas y de extensión injustificada.

Original porque dar la posibilidad a los ancianos terrestres que cumplan setenta y cinco años de dejar atrás su pasado en la Tierra y una muerte cercana para emprender un viaje de no retorno al servicio de las Fuerzas de Defensa Coloniales se aleja de los estereotipos planteados hasta ahora en las novelas de esta temática. Bien estructurada porque desde el proceso de reclutamiento hasta la finalización de las prácticas a mitad de la novela, pasando por el proceso de rejuvenecimiento y gradual mejora de sus capacidades, todo fluye con naturalidad, sin apenas páginas de relleno y de manera aprehensible para el lector. Y disfrutable en aquellos pasajes que lo permiten, desde el primer contacto con el Cerebroamigo hasta la formación a cargo del histrónico Sargento Ruiz.

Scalzi, probablemente consciente de que el escenario en el que se sitúa la novela es complejo, simplifica todo lo accesorio: designa un protagonista absoluto (John Perry), crea una narración en primera persona, propone una única línea narrativa, rehúye de los saltos temporales... Me parece un planteamiento acertado, aunque como bien se encarga de agradecer al final de la novela, recuerda claramente a su admirado Heinlein. Sin embargo, no por ello sacrifica el elemento científico, riguroso en todo momento, con varias páginas dedicadas por ejemplo a la impulsión de salto, y tecnología tan compleja como la empleada en la transferencia de cerebros a nuevos cuerpos o en la todopoderosa arma multiuso de las FDC, la MP-35.

La segunda parte de la novela, que comienza aproximadamente con la graduación de Perry, baja un escalón respecto a la primera por cómo la concibe Scalzi: en lugar de presentarnos a las diferentes especies alienígenas en conflicto con la humanidad, actualizarnos respecto a la situación actual y luego plantear las batallas en toda su complejidad, opta por sumergirnos directamente en episodios de combate aislados con variopintos alienígenas que no resultan fáciles de interiorizar. Probablemente sería esa la visión real de un soldado individual como Perry, y la que mejor explicaría su ascensión gradual en la jerarquía de las FDC, pero en realidad sólo dos especies extraterrestres (los consu y los raey) cobran cierta identidad en la novela, y sólo a raíz de los capítulos finales en torno a la batalla en Coral.

En el capítulo de los defectos debo incluir, además, el cuestionable recurso (no introducido hasta el tramo final de la novela) a unas Fuerzas Especiales ignoradas oficialmente por las FDCs. Y que justo una de las mayores exponentes de las mismas (Jane Sagan) tenga el mismo cuerpo de la difunta esposa de John (Katherine), lo que aporta un sentimentalismo un tanto artificial. También sobran barbarismos, violencia gratuita en algunas oportunidades y sobre todo falta algo más de profundidad y de carácter especulativo. Aunque a cambio Scalzi proponga un estilo desenfadado, fácil de leer, me atrevería a calificarlo de juvenil, con capítulos de duración contenida y bien estructurados. Es de agradecer, además, que Scalzi se esfuerce por cerrar lo narrado en esta novela, puesto que aunque probablemente tuviera ya en mente una continuación, nos propone un desenlace coherente, satisfactorio, y no deudor de esas futuras entregas que pocos años después describiría. Todo lo cual contribuye a despertar en el lector el interés por la siguiente entrega, que reseñaré dentro de unos días.

domingo, 21 de junio de 2015

El triunfo de la Fundación (1999). David Brin

Una entrada más continúo reseñando las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Les presento hoy "El triunfo de la Fundación", la novela del estadounidense David Brin con la que se cierra la denominada segunda trilogía de la Fundación, escrita por "las 3-Bs" de la ciencia-ficción estadounidense años después de la muerte de Isaac Asimov, con el respaldo de sus herederos. La obra literaria de Brin tiene en mi opinión como principal característica sus muchos altibajos, y aunque en su aportación al universo asimoviano no estuvo en una particular baja forma, su resultado es inferior al de la entrega de Greg Bear ("Fundación y caos") que reseñé en mi entrada anterior, y por tanto al de cualquiera de las novelas de la saga original del Buen Doctor. Pero se sostiene por las abundantes y coherentes reflexiones sobre la saga que aporta, y resulta incuestionablemente superior a la del pretencioso Gregory Benford ("El temor de la Fundación").

Brin sitúa su novela en los últimos años de vida de un anciano Hari Seldon, quien aunque ya tiene sus dos Fundaciones en marcha, mantiene hasta el final su titánico esfuerzo por descubrir los últimos factores que sean necesarios incorporar a sus ya famosas ecuaciones psicohistóricas. Para ello, recrea los principales protagonistas de la saga originial (Hari, Daneel, Dors, Wanda) y alguno de los creados en las novelas anteriores de esta seguna trilogía (el robot Lodovik Trema, los simulacros Voltaire y Juana de Arco...), y los complementa con un buen puñado de personajes de creación propia (especialmente Horis Antic, que acompaña a Hari en su periplo final, el robot Kers Kantun, y el noble Biron Maserd). Aunque a pesar de todos estos ingredientes el lector pronto descubre que más que como una auténtica novela, "El triunfo de la Fundación" podría definirse como un ensayo novelado. Porque lo que guía a la pluma de Brin es el afán por plantear reflexiones y respuestas que hasta ahora no se habían presentado tan claramente en la saga de la Fundación, ni por extensión en las de los Robots y el Imperio Galáctico.

Así, por las casi 500 páginas de la novela se plantean cuestiones como: ¿por qué durante 20.000 años en ninguna parte de la Galaxia el ser humano ha sido capaz de repetir un éxito del calibre de la invención de los robots? ¿cómo es posible que los humanos sean la única especie inteligente de la Galaxia? ¿cómo puede ser que su civilización galáctica se mantenga estable social, tecnológica y económicamente durante todo ese tiempo? ¿es el caos la causa de la imperfección de la humanidad, y la razón por la que una y otra vez se le niega la grandeza que parece capaz de conseguir? ¿por qué esa insondable amnesia de la humanidad respecto a su origen y expansión por la Galaxia? ¿sería válida la psicohistoria en una galaxia plagada de mentálicos? Y aunque en ocasiones se transformen en divagaciones un tanto superfluas, estos interrogantes permiten a Brin proporcionar respuestas tan brillantes como consecuentes: la fiebre cerebral, los archivos históricos especiales, las máquinas terraformadoras, los persuasores mentálicos orbitales, o la enorme influencia de la burocracia en la sociedad.

Es de recibo resaltar también el loable esfuerzo y los si cabe mayores conocimientos que exhibe Brin sobre las tres sagas del Buen Doctor. Así, aprovecha desde la extraña desaparición de Joseph Schwartz en Chicago relatada en "Un guijarro en el cielo", hasta el plan de Daneel para crear Gaia, la superunidad planetaria planteada por Asimov en "Fundación y Tierra", sin olvidarse de incluir las aportaciones de sus compañeros de viaje Benford y Bear. Así como el respeto por las señas de identidad de la saga original, claramente apreciable en una estructura en seis partes que transcurren en diversos escenarios, precedidas por sus correspondientes citas de la Enciclopedia Galáctica, constituidas por capítulos numerados de corta extensión y con continuos saltos de situación... Todo tal cual lo hubiera hecho el propio Asimov. Aunque desafortunadamente ese respeto por el estilo del Buen Doctor no da como resultado una novela de tan alto nivel.

La lástima es que abundan los defectos, sobre todo en lo concerniente al concepto de "novela". Particularmente la trama, que por una parte resulta confusa (con demasiados personajes de intereses encontrados y particulares que resultan difíciles de distinguir), y por otra escasa (ya que con tanta especulación y esfuerzo por cohesionar las sagas, el número y sobre todo la magnitud de los acontencimientos se resiente, escaseando la acción). Lo que es más: a la novela le falta la intriga típica de Asimov, y un objetivo claro que dinamice la acción. De hecho, Brin ni siquiera termina de aprovechar que el desenlace ocurra precisamente en la Tierra. Y admite a modo de postfacio que eliminó dos páginas más del desenlace para dejar simplemente pistas a hipotéticos continuadores futuros de la saga.

Otros defectos que penalizan la impresión global son la expansión explícita y reiterada del caos que tanto obsesiona a Brin y la insistencia en distinguir la adscripción a cada una de las cinco castas. Tampoco son particularmente interesantes los nuevos personajes que acompañan a Hari en su periplo (Antic y Maserd). Ni aporta lo suficiente a la obra la forzada "malignización" de Dors tras calibrar el plan trazado por Daneel a lo largo de los milenios. Si bien a cambio la novela se cierra con un más que interesante anexo, que nos presenta una cronología temporal de los principales acontecimientos relatados por el propio Asimov y por sus sucesores en las tres sagas interrelacionadas que conforman su historia del futuro. Un detalle muy de agradecer que dará cohesión a todo lo leido y puede servir como perfecto punto de cierre para las nada menos que 17 novelas que he reseñado sobre todas estas históricas sagas en este humilde blog.

jueves, 4 de junio de 2015

Fundación y Caos (1998). Greg Bear

Una entrada más continúo reseñando las novelas que recomiendo leer de las principales sagas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Llega el momento de reseñar "Fundación y Caos", del estadounidense Greg Bear, segunda novela en orden cronológico y de lectura de la segunda trilogía de la Fundación, la extensión de la saga acometida años después de la muerte de Isaac Asimov tras la pertinente autorización de sus herederos. Como ya dije al reseñar la primera de las novelas de esta segunda trilogía ("El temor de la Fundación", de Gregory Benford), el resultado de la misma no me parece equiparable en calidad ni en disfrute a la saga original. Pero sin llegar a las cotas de excelencia de las mejores novelas de aquélla, "Fundación y Caos" me parece un acercamiento a su universo sólido y creíble, en el que el a veces falto de chispa Greg Bear se muestra en notable buena forma, y resulta capaz de aportar a la serie una novela incuestionablemente superior a la de Benford.

Tres son las razones principales por la que la aportación de Bear es claramente superior. En primer lugar, porque recrea con más habilidad, respetando mejor su personalidad, varios de los personajes esenciales en la última etapa del Imperio Galáctico (el ya anciano Hari Seldon, su nieta Wanda, Daneel...) y los rodea de un elenco de personajes de patrones netamente asimovianos (Klia Asgar, R. Lodovik Trema, R. Plussix...), lo cual le permite construir en diversas líneas narrativas todo un espectro de intrigas y poderes encontrados plenamente alineado con los del Buen Doctor. En segundo lugar, porque los simulacros Voltaire y Juana de Arco, que tan farragosamente incorporó Benford a la saga para aumentar el peso de las inteligencias artificiales en la misma, quedan aquí postergados a un merecido segundo plano. Y en tercer lugar, por la propia habilidad literaria de Bear: menos pirotécnico y más modesto que Benford, da más protagonismo a las conversaciones a la vez que respeta la estructura en capítulos cortos tan característica de la saga.

Aparte de las mejoras comparativas respecto a su predecesora, la obra posee sus propias virtudes intrínsecas. Bear sitúa con naturalidad la novela en el periodo en que el Imperio Galáctico está a punto de desintegrarse bajo el mando del emperador títere Klayus I y su ministro Linge Chen, muy cercano en el tiempo al primer relato de la novela "Fundación" (llamado "Los psicohistoriadores"), y la encaja hábilmente con los acontecimientos narrados en "Preludio a la Fundación" y "Hacia la Fundación", prestando especial atención a la "vertiente robótica" de la saga. Así, el enfrentamiento entre los robots giskardianos y los calvinianos a causa de la controvertida Ley Cero de la Robótica que nos relata, estaba ya latente en la saga original, pero nunca se había expuesto con tan elocuente claridad. Y con el añadido de una visión enriquecida de sus facetas robóticas (chequeos de programación, acciones de diagnóstico y reparación...). Además de lo anterior, y sin apabullar al lector, Bear respeta el elemento científico y tecnológico, acordándose de introducir varios gadgets cien por cien asimovianos.

Otros aciertos son su habilidad a la hora de revisitar varios de los distritos emblemáticos de la ciudad-mundo de Trántor, e incorporar con mayor inspiración que Benford otros nunca desvelados hasta ahora. También dos personajes excelentemente caracterizados: el ambiguo, poderoso y sagaz Linge Chen, un personaje presentado por Asimov en "Fundación" pero que hasta ahora no había sido desarrollado en la saga; y la inquieta mentálica Klia Asgar. Asimismo debe resaltarse la habilidad de Bear para que la novela resulte amena a pesar de su notable extensión. Y algunos episodios que perviven en la memoria del lector tiempo después de haber terminado la lectura, especialmente el episodio en el cual todas las fuerzas presentadas confluyen en la Sala de Dispensas, excelente en su concepción y muy cuidado en su presentación.

En el capítulo de los defectos, citar fundamentalmente dos. El primero, que el punto de partida que da lugar a la novela es demasiado débil, ya que se trata de un juicio muy similar a los que ya sufrió Hari Seldon en "Hacia la Fundación". Y el segundo, que durante toda la novela existe ua cierta confusión con respecto al conflicto de poderes que la sustenta. En mi opinión Bear no tiene el mismo talento que Asimov para presentarnos nítidamente todos los rasgos y motivaciones de cara bando, ni para extraer unas conclusiones definitivas tras el desenlace (es probable que al lector no entienda bien qué puertas ha dejado abiertas tras el mismo). Otros defectos menores son la existencia de episodios ya narrados por Asimov en "Hacia la Fundación" (por ejemplo, se vuelven a relatar las grabaciones realizadas por Seldon), la manera como finiquita a algunos personajes que a lo largo de la novela han tenido mucho peso (Farad Sinter, R. Plussix), y la ausencia del elemento sorpresa en el desenlace, tan esencial en casi cualquier novela de Isaac Asimov. Defectos que en todo caso no me impiden considerarla como la mejor de las tres novelas de la segunda trilogía, como tendré ocasión de argumentar dentro de unos días cuando reseñe "El triunfo de la Fundación".

miércoles, 27 de mayo de 2015

El temor de la Fundación (1997). Gregory Benford

Ya he manifestado anteriormente en este mismo blog que para mí la saga de la Fundación es, con todo merecimiento, la saga más reconocida en la historia de la ciencia-ficción. Así que, cuando unos años después de la muerte de Isaac Asimov, sus herederos autorizaron la elaboración de una trilogía sobre la misma que arrojara luz sobre algunas de las principales incógnitas de la saga, y que sobre todo me permitiera reencontrarme con sus principales personajes y escenarios, mi expectación fue máxima. Aunque al conocer los escritores involucrados en la redacción de la misma (Gregory Benford, Greg Bear y David Brin) mi ilusión bajó un tanto. No es que se trate ni mucho menos de escritores de segunda fila (cosa que sí sucede con la saga "Robot city", lejanamente emparentada con la saga de los robots de Asimov y que nunca me he animado a leer), y todos han sido reconocidos con los premios más importantes del género. Pero Brin me parece un escritor relativamente irregular, a Bear creo que le falta un poco de chispa y sobre todo Benford no se encuentra entre mis predilectos por su pretenciosidad y sus reiterativas obsesiones y tics. Así que aunque voy a recomendar leer las tres novelas de la saga (siendo cada una de ellas de un escritor diferente no veo sensata otra recomendación), sí que advierto que la impresión final de esta segunda trilogía probablemente sea muy inferior a la de la saga original, aunque no me atrevería a calificarla de decepcionante.

La saga está compuesta por las siguientes tres novelas, en orden cronológico y de lectura:
"El temor de la Fundación" (1997). Gregory Benford
"Fundación y caos" (1998). Greg Bear
"El triunfo de la Fundación" (1999). David Brin

Centrándonos en "El temor de la Fundación", la aportación de Benford a la saga, empezaré diciendo que para mí es sin duda la peor de las tres novelas, e inferior a cualquiera de las de la saga original. La razón básica es que creo que Benford carece del talento de Asimov para mantener el nivel de la saga, con su inagotable riqueza a diferentes niveles. Aunque no debemos ignorar sus esfuerzos por ajustarse al universo asimoviano.

El comienzo, sin ir más lejos, es alentador: Benford respeta la estructura en varias partes de las novelas de la saga escritas en los ochenta, con una cita de la Enciclopedia Galáctica al comienzo de cada una, y una sucesión de capítulos cortos dentro de las mismas, tal y como había hecho el Buen Doctor. Además, recurre al uso intensivo de los diálogos y sitúa la acción justo antes de la elección de Hari Seldon como Primer Ministro del Imperio Galáctico, lo que le permite al lector ponerse rápidamente en situación y le posibilita la satisfacción de reencontrarse con viejos conocodios: Cleon I, Dors, Daneel, Yugo... Sin embargo, la recreación de los mismos no está del todo conseguida, pues se echan en falta personajes (Raych), algunos como Yugo, que se ha convertido en un apasionado nacionalista dahlita, están demasiado alterados, y en la relación de Hari con Dors hay episodios de pasión impropios de Asimov.

Con la segunda de las ocho partes de que consta la novela aparece el principal problema: los Simulacros, unos programas de inteligencia artificial que son resucitados por Seldon como mecanismo para comprobar sus teorías psicohistóricas. En total, nada menos que un tercio de la novela focalizado casi en exclusiva en dos personajes demasiado ligados a la historia de la Tierra (Juana de Arco y Voltaire), que se enzarzan en especulaciones inverosímiles, cargadas de términos de significados confusos y faltas de acción. Incluso el debate entre fe y razón que plantean permanentemente, además de ya de sobra conocido, queda lejos de las reflexiones de la saga. Tanto, que muchas veces el lector debe resistirse a la tentación de saltarse estos capítulos. Y ni siquiera es una aportación consistente, ya que por ejemplo Marq y Sybyl, protagonistas de la segunda parte, desaparecen sin más hasta el final.

Siguiendo con el capítulo de los defectos, otro defecto grave es que aunque el eje central de la novela parece en principio la conspiración de Lamark contra Seldon, pero durante muchas fases de la novela no hay ninguna alusión a esta situación, lo que confunde al lector. Tampoco se muestra inspirado Benford a la hora de aprovechar la fascinante diversidad del Trántor que nos descubrió Asimov: incluso las otras partes de la ciudad-planeta que crea para la ocasión (Junin, Analytica) carecen de fuerza, como si él mismo no creyera demasiado en ellas. Otros defectos menores son la continua inserción de citas, los excesos imaginativos de Benford (a modo de ejemplo puedo citar los gatos que hablan y desfilan), la aparición puntual de personajes de la Tierra que nada aportan a la obra (desde Torquemada a Jesucristo), y una cierta brusquedad y confusión a la hora de narrar la mayoría de los episodios de acción.

Afortunadamente, algunos aciertos permiten completar la lectura de la obra. En especial la quinta parte, dedicada a Panucopia (la interacción con los pans, su utilización para la teoría de la psicohistoria y la conspiración de Vaddo contra Dors y Hari). También las recepciones y fiestas palaciegas, que si bien no logran recrear el ambiente de intriga característico de Asimov, sí saben reflejar la inmensidad y el refinamiento del Imperio. Asimismo, la atención al componente científico (incluso cuando como en el caso de los agujeros de gusano contravenga el salto hiperespacial que Asimov había usado en sus novelas de los cincuenta), las referencias a otros elementos del universo Asimoviano (el planeta Sark de la saga del Imperio, el robot Giskaard de la saga de los robots...), y el hecho, desvelado al final, de que los fatigosos Simulacros y el Retículo tenían como fin plantear una solución (bastante convincente, por cierto) a la ausencia total de alienígenas en la Galaxia.

Resaltar por último la excelente traducción (algo no siempre habitual en el género) a cargo de Carlos Gardini.

sábado, 9 de mayo de 2015

Chindi (2002). Jack McDevitt

Una nueva entrada continúo reseñando las novelas que recomiendo leer de las principales novelas disponibles para el lector de ciencia-ficción en español. Voy a hablarles en esta oportunidad de "Chindi", tercera novela en orden cronológico y de lectura de la saga de Priscilla Hutchins, también conocida en España como la saga de las máquinas de Dios, de Jack McDevitt. Es la última novela que recomiendo leer de la saga, a pesar de que ésta aún está compuesta por cuatro novelas más (tres de las cuales están disponibles en nuestro idioma), y de que fue la primera de las novelas de la saga nominada al prestigio Premio Nébula (reconocimiento que compartieron las tres novelas siguientes de la saga). Y es que la tercera entrega de la saga intenta, respetando la arqueología alienígena como su elemento característico, potenciar la exploración especial como elemento diferenciador de sus predecesoras. Y a pesar de que ese hecho probablemente influyó en su nominación, para mí afecta negativamente al resultado, inferior incuestionablemente al de sus predecesoras.

Porque la sensación predominante hasta que tiene lugar el descubrimiento del Chindi (lo cual no sucede hasta el último tercio de la novela) es que los reiterativos hallazgos de las tripletas de satélites que se localizan orbitando diversas estrellas de nuestra galaxia, son más una excusa para que la novela se diferencie de las anteriores (y, admitámoslo, para equiparar su abultada extensión a la de aquellas), que un eje argumental en el que McDevitt realmente crea. Es cierto que a lo largo de todas las travesías de Hutch y sus compañeros de aventura (seis, nada menos) se nos muestran escenarios aceptablemente interesantes (Retiro, Paraíso y, sobre todo, Refugio). Pero falta el para McDevitt esencial ingrediente de la restricción temporal, y sobra la sensación de un viaje que los miembros de la Sociedad del Contacto prolongan de manera un tanto ingenua y artificial. Y claro, así la lectura se resiente.

Además, McDevitt juega claramente al despiste con "Chindi", tanto a nivel individual (basta observar que Hutch empieza más que interesada en el Predicador, pero en unas pocas semanas acaba rendida en los brazos de Tor) como colectivo (la original idea de dos expediciones paralelas pero coordinadas en sus misiones a dos puntos diferentes de la galaxia se desvanece pronto, con la repentina desaparición del Cóndor). Por otra parte, las reflexiones tan oportunamente introducidas al comienzo de cada capítulo de "Deepsix" dejan paso aquí a unas citas (a veces reales, otras inventadas para la ocasión) que simplemente orientan al lector sobre el contenido del capítulo en cuestión, pero no le dan qué pensar. Y vuelven a sobrar varias decenas de páginas (desde el irrelevante para la narración episodio del rescate de la Renaissance hasta detalles sobre las simulaciones a bordo del Menphis).

No obstante, a pesar de ese menor interés respecto a sus predecesoras, la novela se deja leer y es capaz de entretener al lector. A ello contribuyen decisivamente la ya conocida parafernalia de la saga (naves superlumínicas, Academia, e-trajes, campos Flickinger), el protagonismo absoluto de Hutch (con sus imperfecciones, pero también su eficacia en situaciones extremas), una prosa correcta, con predominio de diálogos amenos y directos sobre largas y farragosas descripciones, y especialmente el sentido de la maravilla inherenete al fastuoso universo ideado por McDevitt, cuya grandeza se percibe en toda su extensión en "Chindi".

Hasta el hallazgo del Chindi la novela ofrece en mi opinión menos pasajes cautivadores que sus predecesoras (quizá sólo el inteligente y agónico rescate de Tor a bordo del Wendy). Pero una vez la acción se traslada al original e inmenso artilugio alienígena la narración vuelve por fin a los parámetros más conocidos de la saga (exploración, elaboración de teorías sobre lo encontrado, un grupo reducido y gestionable, una catástrofe que dinamiza la narración, la restricción temporal...) y ese retorno a la "fórmula" aumenta la efectividad de la novela. El rescate fallido de George y Tor entre la estremecedora tormenta de hielo es brillante, y el tramo final, con su sucesión de ideas ingenieriles y arriesgadas para superar los continuos reveses, mejora mucho la impresión final de la novela (aunque en último extremo la red que construye Tor para que Hutch pueda rescatarlo, recuerda conceptualmente a la empleada en el desenlace de "Deepsix", como el propio McDevitt admite). Además, el epílogo rescata lo más salvable de los dos primeros tercios de expedición y lo dotan de una coherencia y un sentido global que realzan su valía. Una buena forma de cerrar una novela correcta pero que sigue sugiriendo más que confirmando, tarda demasiado en "despegar", y sólo lo hace cuando transita aguas ya conocidas de la saga. Razones por las que nunca me he animado a proseguir con la lectura de las novelas restantes. Aunque no descarto que en algún momento me anime a proseguir con su lectura, pues la saga contiene argumentos para ello. Sólo necesito que haya transcurrido el tiempo suficiente para eliminar esa sensación de deja vu tan incómoda.