domingo, 17 de febrero de 2013

El final de la Tierra (1988). Frederik Pohl y Jack Williamson

El siguiente título en mi lista de novelas decepcionantes es "El final de la Tierra", la colaboración entre dos de los nombres con una trayectoria más larga y reconocida en el mundo de la ciencia-ficción: Frederik Pohl y Jack Williamson. Decepcionante a pesar de que fue escrita durante la "segunda juventud" de Pohl (Williamson ha estado siempre escribiendo, su creatividad constante merecería una entrada independiente). Pero aunque el punto de partida es interesante (un mundo futuro en el que además de las todopoderosas multinacionales existen prósperas colonias submarinas que dinamizan el comercio, hasta que el cometa Sicara desencadena la catástrofa), casi desde el comienzo fui consciente de que los escritores pretendían describir una historia enormemente compleja. Así que no me sorprendió que la novela tuviera muchos puntos flojos.

Y es que ya el principio es desalentador: los escritores tardan muchísimo en ponernos en situación, tanto que da la impresión de que no tienen definida la línea narrativa. Además, el ambiente existente en Ciudad Atlántica (con sus calamares inteligentes) hace que el buen lector de ciencia-ficción sienta cierto rechazo (en general, a lo largo de la novela se dota a determinados animales tales como calamares, delfines o monos de unas capacidades intelectuales excesivas). Y lo que es peor, la retentiva del lector se ve comprometida con un sinnúmero de personajes, que a menudo Pohl y Williamson ni siquiera se molestan en describir pero que reciben su nombre y apellido, desafiando las más elementales normas narrativas. Y los personajes que sí optan por caracterizar reciben unos rasgos innecesariamente exagerados (Quagger, Marcus...) o demasiado convencionales. Circusntancias que afectan enormemente a la verosimilitud de la novela.

Otros aspectos mejorables son las enigmáticas referencias al Eterno (un ente alienígena que invade la Tierra justo cuando la situación es más caótica), cierto desconocimiento del Español (aunque sea un defecto habitual en Williamson, el uso de nombres como Pepito no ayuda a mejorar la impresión) y, por encima de todo, falta de profundidad, más capacidad de atracción e incluso, si se me permite, más literatura.

No obstante lo anterior, estamos hablando de dos escritores muy experimentados, con lo cual hay suficientes elementos positivos para al menos no abandonar la lectura: la acertada coherencia científica de la novela (salvo por los animales inteligentes) que se hace palpable desde el complejo de las ciudades submarinas hasta la caracterización del temible "Verano Ozónico"; el loable esfuerzo por intentar relatar unos acontecimientos de ámbito planetario; la sensación de soledad y de "vuelta a empezar" que preside cuanto sucede en los antiguos EEUU; el interés por la humanidad que muestra Ron Tregarth (uno de los habitantes de Ciudad Atlántica); y en especial la reflexión final, en la cual se apuesta claramente por una vida finita frente a la opción de una eternidad impersonal.

Concluyendo, la suma de dos escritores reconocidos no siempre da lugar a una obra mejor que la que escribirían cada uno de ellos por separado, y eso es lo que sucede con "El final de la Tierra". Quizá Pohl (controvertido, siempre actual) y Williamson (clásico, con un toque adolescente) no sean dos escritores lo suficientemente afines como para escribir juntos. O quizá no se complementaron adecuadamente. Lo que sí está claro es que tampoco ellos debieron quedar completamente satisfechos, pues nunca más volvieron a colaborar.

domingo, 3 de febrero de 2013

Neuromante (1984). William Gibson

Mi siguiente novela en mi lista de títulos decepcionantes es la multipremiada "Neuromante", primera novela de William Gibson e iniciadora del denominado cyber-punk, uno de los subgéneros de la ciencia-ficción más cultivados en las últimas décadas. Es uno de esos libros que marcó en su momento la ciencia-ficción, por lo cual para muchos críticos es de lectura imprescindible. Hay que entender que en 1983 conceptos como ciberespacio, realidad virtual, implantes o chips eran aún minoritarios, y esta novela fue la primera en incorporarlos a la ciencia-ficción. Eso y la certera visión de muchos de los graves problemas que esperaban a la humanidad en las próximas décadas le granjearon una fama enorme. Sin embargo, si nos abstraemos de lo que representó en su momento y nos enfrentamos con ella por primera vez en este 2013, saldremos defraudados.

Es una novela tan complicada de seguir que para sintetizar mínimamente su argumento he tenido que recurrir a la ayuda de varias publicaciones especializadas: Henry Dorret Case es un "vaquero de consola" (una especie de pirata informático capaz de conectarse al ciberespacio para robar información), a quien se le ha mutilado su habilidad. Hasta que surge el inclasificable Armitage, que se encarga de curarlo a cambio de su colaboración en unos turbios asuntos, y su guardaespaldas-samurai, una mujer llamada Molly. A partir de ahí sus aventuras los llevan por varias ciudades de una Tierra sucia decadente y contaminada, y de ahí a una extraña ciudad espacial dominada por un clan cuyos fantasmales miembros prefieren clonarse o congelarse durante años.

La ambientación creada por Gibson es quizá, junto a su carácter de precursora, lo mejor de "Neuromante". De hecho, recuerda a veces a la de Philip K. Dick (opresiva, negativa, urbana y con un trasfondo oriental). Eso sí, literariamente no raya a la misma altura: con frecuencia las conversaciones son entrecortadas, y la prosa es florida y tan abundante en términos desconocidos que dificultan la lectura. Y además, la trama es prolija en ramificaciones y saltos de realidad, lo que causa que aproximadamente hacia la mitad de la novela el lector desista de comprender lo que se le está narrando y se limite sin más a seguir la lectura. Sin por ejemplo cuestionarse por qué Molly y Case prosiguen con su parte de la misión encargada por Armitage, si éste ya no está para dirigirlos y obligarles.

Otros defectos de la novela derivan de ese carácter precursor que Gibson quiso que impregnara a toda costa su novela. Por ejemplo, su obsesión porque todos sus personajes se droguen no es en absoluto relevante para la narración. O el cuestionable papel que concede al elemento científico tal cual se espera en una novela de ciencia-ficción (así, respecto a los miembros del clan que se congelan dice "Aquí no se trata de perforar o inyectar, sino de entrar en interfase con el hielo, tan lentamente que el hielo no se da cuenta"...). O un deselance decepcionante, más alegórico que clarificador, tanto que da la impresión que Gibson intenta aclarar en la Coda con la que cierra finalmente la novela.

En suma, demasiados inconvenientes como para recomendar su lectura. De hecho, Gibson extendió el universo de la novela original en otras dos novelas (Conde Cero y Mona Lisa Acelerada), conformando así la llamada Trilogía del Sprawl, pero como pueden deducir de esta reseña, no me he animado a leerlas. Y es que en mi opinión la máxima aspiración de cualquier obra de arte debe ser que sea capaz de sobrevivir a la época en que se escribió para poder ser apreciada en otras épocas. Cosa que, pienso yo, con "Neuromante" no sucede.