domingo, 30 de diciembre de 2012

Radix (1981). A. A. Attanasio

En mi revisión de novelas decepcionantes estoy alternando clásicos del género o novelas multipremiadas con otros libros menos (re)conocidos por el gran público. Dentro de estos últimos se incluye "Radix", la novela más famosa de Alfred A. Attanasio. Un nombre que a muchos de mis lectores no les dirá nada, pero que al comienzo de la década de los 80 se presentaba como uno de los autores más prometedores del género. De hecho, esta novela fue finalista del Premio Nébula, y a lo largo de los años dio lugar a nada menos que 3 secuelas, hasta conformar una tetralogía que buena parte de los críticos europeos defiende como uno de las mejores sagas de las últimas décadas. Y que el crítico Gerard Klein afrimaba que "Attanasio marcaría los años 80 con Radix tanto como Frank Herbert había marcado los 70 con Dune". Obviamente no comparto su opinión, y creo que los años me han dado la razón, ya que "Radix" es una novela demasiado desmesurada para resultar disfrutable para el gran público.

Y eso que el punto de partida de la novela es relativamente simple: La Tierra entra en La Línea, un rayo de energía radiante procedente del centro de la galaxia que la altera para siempre. Ello provoca que la humanidad se distorsione en diversas formas, y surja una nueva consciencia más amplia, que incluye extraterrestres procedentes de los abismos del tiempo que se encarnan en seres humanos. Attanasio despliega una imaginación desbordante, creando todo un Universo de formas, costumbres, criaturas... Es cierto que se permite algunas licencias de tipo fantástico, pero sin desdeñar la ciencia como respaldo subyacente a sus invenciones.

De hecho, Attanasio nos muestra conceptos muy atrayentes, como la ocupación de los extraterrestres Voor o la forma como la Tierra es alterada, pero desgraciamente lo que los preside es su ambigüedad: tanto recurre a giros y metáforas que muchas veces el lector no sabe discernir cuándo algo que se le está contando es real. Además, la sucesión de acontecimientos no siempre es la idónea, puesto que a muchos personajes se les "pierde la pista" demasiado tiempo y hay algunos retrocesos temporales bastante inoportunos. Aunque puestos a ensalzar algún aspecto, quizá la parte cruel y vengativa de Sumner Kagan, el rebelde protagonista de la novela, sea la más conseguida.

Sin embargo, hasta los mayores aciertos son distorsionados por una prosa tan difícl como incomprensible. Cierto es que, como ya he dicho, el libro es complejo y los conceptos lo son más (existen tres apéndices al final para intentar ayudar al lector), pero Attanasio fatiga al lector con un lenguaje recargado hasta la saciedad, retardando innecesariamente cualquier acontecimiento. Jamás había leído tantas y tan innecesarias referencias a la luna, a las nubes, al sol, a la bruma. Ni tantas comparaciones fuera de lugar, cuando no absurdas. Ni tantos calificativos inadecuados incluso en un sentido meramente metafórico (y no es cuestión de la traducción).

Defectos como los mencionados nunca son soslayables, pero en una novela de 600 páginas son poco menos que inadmisibles. Y son la causa de que la fatiga presidiera la lectura de la tercera parte de la novela, hasta el extremo de que en ocasiones me tuviera que forzar conscientemente a seguir con la lectura. Y que explican que el resto de la tetralogía esté aún inédito en España. Una lástima, pues la novela pudo haber dado mucho más de sí.

martes, 25 de diciembre de 2012

Serpiente del sueño (1978). Vonda N. McIntyre

Mi siguiente título en mi lista de novelas decepcionante es la obra más famosa de Vonda N. McIntyre. Un libro que recibió los mayores galardones del género (Premios Hugo y Nébula), reconocimientos que, para ser sincero, no termino de entender más que por el bajo nivel de las otras novelas finalistas (la cosecha de 1978 no fue particularmente fecunda para el género). Voy a intentar explicar por qué se trata en mi opinión de una lectura prescindible.

Basada en un relato de la misma autora ya galardonado con el Nébula en 1973, "Serpiente del sueño" narra el periplo de una sanadora (que se llama a sí misma Serpiente, pues utiliza animales alterados genéticamente para sus curaciones), por un escenario postapocalíptico desvastado, en el que apenas sobreviven muestras de la antigua ciencia. Un punto de partida interesante y adecuado a la expansión feminista que vivió el género a raíz de los éxitos cosechados por Ursula K. LeGuin en los primero 70, como lo evidencia que la mayoría de las figuras de autoridad que aparecen en las novelas son femeninas.

Por eso, sabedor de que ese enfoque feminista podía poner en riesgo el componente científico de la trama, durante los primeros capítulos esperé ávidamente la aportación de la ciencia a la novela. En vano, no existe: "Serpiente del sueño" es solamente una novela de ficción, con lo que para mí su inclusión en el género es más que cuestionable. Pero es que además a lo largo del libro ni siquiera pude establecer cuestiones tan elementales como el lugar de desarrollo, la época en la que acontecía, ni mucho menos una sinopsis que de manera más o menos satisfactoria explicara cómo se había llegado a la "situación actual". Este tipo de carencias pueden ser admisibles en un relato como el que dio origen a esta novela, pero no en una obra de esta extensión, puesto que así toda la narración se simplifica muchísimo y la profundidad de la trama se resiente. De hecho, al terminar la narración apenas somos conscientes de la existencia de unos alienígenas y de un pretérito cataclismo nuclear.

Así pues, conforme avanzaban los capítulos sin satisfacer estas cuestiones, me resigné a leer una novela de aventuras más o menos bien llevada. Pero ni eso. La trama es deslavazada, como lo prueba la existencia de abundantes personajes irrelevantes para la acción y de cabos sueltos (a modo de ejemplo: ¿cuál es la razón de ser de Gabriel o Jesse?). Además, en ningún momento se aprecia un objetivo claro en las peripecias de serpiente; las páginas se pasan por pura inercia, y ello conlleva que el desenlace deje indiferente.

Por otra parte, el estilo literario es un tanto irregular, a veces académico en exceso y otras innecesariamente vulgar. Y para terminar de rematar la situación, cuando termina la lectura el lector no encuentra una moraleja, una conclusión, ni tan siquiera una idea que le haya permitido reflexionar. Con lo cual estamos ante una novela que a duras penas cumple con su cometido de entretener, muy alejada por tanto de la literatura de ideas a la que supuestamente pertenece.

jueves, 6 de diciembre de 2012

El hijo del hombre (1971). Robert Silverberg

Robert Silverberg es uno de mis escritores de ciencia-ficción favoritos. Y "El hijo del hombre" es uno de sus libros predilectos. Con estas premisas tenía grandes expectativas puestas en esta novela. Expectativas que cuando por fin me hice con ella se vieron completamente defraudadas. Más fantasía que ciencia-ficción, se trata de una novela menor dentro de su periodo de mayor fecundidad literaria, con sólo algunos momentos de brillantez.

No es la primera vez que admito en este blog mi escasa estima por la fantasía, que novelas como ésta refuerzan. El "todo vale" que a menudo preside esta obra provoca un continuo de situaciones que cristalizan y se desvanecen sin razón aparente, con un nocivo aire de banalidad, cuando no de absoluta imposibilidad. Los personajes son mayoritariamente insustanciales (en particular el grupo de deslizadores: Hanmer, Ninameen, Brill...) y casi nunca proporcionan al lector respuestas satisfactorias. De hecho, los diálogos transitan entre lo pretendidamente enigmático y lo incuestionablemente absurdo. Y si a este mediocre argamasa no le añadimos al menos un poco de acción, queda clara mi impresión final.

Y eso que el viaje iniciático-psicodélico que emprende Clay por diversos parajes de alto contenido metafórico debería constituir un pilar más que sólido para crear una novela de calidad. Pero aparte de la ya conocida habilidad narrativa de Silverberg, hay pocos aciertos. Posiblemente los dos dignos de mención sean las propuestas sobre la evolución humana a lo largo de los milenios (Respiradores, Devoradores, Esperadores, Destructores e Intercesores, hasta llegar a los todopoderosos Deslizadores), interesantes aunque sin apenas base científica, y el recorrido expiatorio del Hijo del Hombre por los lugares abstractos Hielo (con sus inagotables Destructores), Fuego, Pesado, Lento, Vacío y Oscuro, unas tribulaciones que consiguen espabilar durante unas páginas al apático lector.

En ocasiones tuve la impresión de la novela es poco menos que caótica a propósito. Porque si la analizamos objetivamente, veremos que hay nada menos que cinco ritos insertados a intervalos regulares (Abertura de la Tierra, Alzamiento del Mar, Afirmamiento de la Oscuridad, Relleno de los Valles y Moldeado del Cielo) lo que evidencia un armazón que podría pasar desapercibido. Y leyendo entre líneas podemos encontrar los probables objetivos de Silverberg al escribir esta obra: por una parte, el cuestionamiento y la relativización de los iconos y mitos culturales que veneramos en nuestro tiempo; y por otra, las reflexiones sobre el sentido de la vida y la muerte para los dos sexos: su transitoriedad, la relevancia de los sueños, la perdurabilidad de los objetos... En algunos momentos, parece que estemos ante un ensayo.

Desgraciademente, los abundantes defectos de la obra prevalecen a la hora de valorarla. Y es que además de los ya expuestos, incomodan las incontables e innecesarias referencias eróticas (erecciones, eyaculaciones, episodios y comentarios subidos de tono...), fatigan algunos capítulos (especialmente el 13, que desborda la capacidad de asimilación del lector, y el 25, metafórico hasta el absurdo), y decepciona el desenlace, pues Silverberg desaprovecha la visita de Clay al Pozo de las Primeras Cosas, asumiendo de manera un tanto fallida el dolor y la muerte de toda la humanidad, como el Hijo del Hombre de Galilea.

En suma, Silverberg tiene un montón de obras recomendables, pero ésta es sin duda una lectura prescindible.