martes, 2 de enero de 2018

Los Premios Nébula: origen, ganadores y nominados

Una vez terminada la revisión de las novelas que seleccioné para exponer la alteración de la realidad en la ciencia-ficción, aprovecho el comienzo del año para dar inicio a una serie de entradas dedicadas a un nuevo y apasionante tema: los Premios Nébula. De los que he hablado en alguna ocasión en este mismo blog, pero nunca con el detalle con el que me propongo hacerlo en los próximos meses.

Y es que, además de esta entrada introductoria, donde me voy a detener en el origen de los premios y las razones para su relevancia, en las siguientes entradas voy a proponerles el siguiente enfoque: una revisión de los mismos por décadas, en la cual vamos a revisar no sólo muchas de las novelas ganadoras, sino también unas cuantas finalistas. Con el fin de obtener una panorámica más amplia de las tendencias en el género, y darle la oportunidad a un buen puñado de novelas que quedaron a la sombra de la ganadora, pero que a menudo la han superado con el paso de los años en reputación y prestigio. Eso sí, como he señalado en otras oportunidades, no soy un erudito de la literatura de ciencia-ficción, por lo que no es mi intención realizar un recorrido exhaustivo por todos los ganadores y finalistas de cada año: en ese recorrido pasaré por alto unas cuantas novelas que no he leído, unas pocas que no se han traducido al español, y muchas otras de las que ya he escrito anteriormente en este blog (limitándome en esos casos a añadir el enlace a la entrada oportuna).

Para mí, los premios Nébula son los premios de referencia indiscutibles en la literatura de ciencia-ficción. Creados en el año 1966 por la SFWA (Asociación de Escritores de ciencia-ficción y fantasía de América), nominados y ganadores son elegidos cada año por los miembros de dicha asociación, es decir, por los propios escritores, pero no sólo entre los miembros de dicha asociación. El único requisito para ello es que el libro en cuestión haya sido publicado el año anterior en inglés y en E.E.U.U. (o en cualquier otro país si ha visto la luz en formato electrónico). Son, pues, unos premios seleccionados por los propios profesionales del género, pero además abiertos a lo que se haya publicado en otras partes del mundo. Por estas razones son definidos por eruditos y profesionales como los premios más prestigiosos del género. Y frente a los quizá más conocidos Premios Hugo, donde los votantes son aficionados al género, los Nébula aportan un mayor foco en el mérito artístico y literario, frente a los índices de popularidad de los anteriores. Además, los premios Nébula no conllevan una compensación económica (sólo un trofeo a modo de reconocimiento), lo que previene a los escritores que se mueven mayormente por objetivos crematísticos de copar los galardones. Una última razón para su prestigio es que se crearon en un momento en el que el género ya estaba completamente consolidado tras cuatro décadas de vida, por lo que las emotivas pero a menudo ingenuas novelas de los primeros tiempos del género ya estaban superadas.

Desde su primera edición, los premios se han concedido invariablemente en cuatro categorías: mejor novela (la categoría en la que lógicamente me voy a enfocar en próximas entradas), mejor novela corta (entre 17.500 y 40.000 palabras), mejor relato (entre 7.500 y 17.5000 palabras), y mejor relato corto (menos de 7.500 palabras). A lo largo de los años no ha sido fijo el número de finalistas, y ha habido desde ediciones con sólo tres nominados hasta otras con más de diez, si bien en su formato actual el número de nominados debería ser seis (ampliándose en caso de empate entre varios nominados). Ello posibilita que algunos autores coleccionen nominaciones a dichos premios (a modo de curiosidad y si no estoy equivocado, los que a día de hoy más nominaciones han recibido son el escritor de fantasía Gene Wolfe y el habitual por este blog Jack McDevitt, ambos con dieciséis nominaciones entre todas las categorías).

Como decía, mejor que ir presentando novela tras novela en sentido cronológico, he pensado que sería más interesante y divulgativo proporcionar una lista de novelas por décadas. Que permita no sólo conocer los nombres de referencia en cada época, sino también identificar corrientes y tendencias en el género conforme éste fue evolucionando. Tendencias que a menudo no fueron mayoritarias en sus orígenes (con frecuencia nos sorprenderá que una novela en concreto no ganara ese año, y sí lo hiciera otra que nos resulta menos familiar), pero que los Nébula contribuyeron a reforzar de manera decisiva. Eso sí, siendo como es éste un blog dedicado en exclusiva a la ciencia-ficción (ya saben que para mí la fantasía es como un hermana pequeña de la ciencia-ficción), voy a excluir de mis análisis y reseñas las novelas de fantasía nominadas y premiadas, así que no esperen ver por aquí a George R.R. Martin, Terry Pratchett o el ya mencionado Gene Wolfe, a pesar de haber sido frecuentemente nominados.

Dicho lo cual, espero que me acompañen en la revisión del primer lustro de estos prestigiosos premios.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Testigos de las estrellas (2003). Robert C. Wilson

Con esta entrada finalizo las reseñas que he dedicado durante los últimos meses a la alteración de la realidad en la literatura de ciencia-ficción, de la mano de dos grandes maestros como son Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Hoy le ha llegado el turno en orden cronológico a "Testigos de las estrellas", la penúltima obra en esa lista de novelas presididas por la alteración de la realidad de Wilson (dado que a "Spin", publicada al año siguiente, ya le dediqué hace años una entrada como parte mi lista de títulos esenciales para adentrarse en el género). Finalista del Premio Hugo de ese año, "Testigos de las estrellas" es una obra muy brillante sobre las primeras evidencias de vida alienígena, que funciona a múltiples niveles: como novela de suspense, como especulación científica, como ensayo filosófico sobre la humanidad y su rol en el universo, y sobre todo, como novela de personajes.

"Las civilizaciones que dan luz a las estructuras de las estrellas (de mar) nunca siguen siendo las mismas". Esta frase, a cuarenta páginas del final, sirve perfectamente como base para reseñar todo lo bueno que encierra este libro. Que en el fondo es la historia de un contacto aparentemente imposible entre humanos y alienígenas que las estrellas de mar hacen posible, pero alterando drásticamente el devenir de ambos como especies. Para ello Wilson crea con rigor y naturalidad Blind Lake (por cierto el título original de la novela), un apartado centro gubernamental en el que, por medio de los casi mágicos procesadores O/CBE, un grupo de científicos logra observar una especie alienígena localizada a cincuenta años luz. Se trata de un lugar tan bien imaginado que llega a hacerse familiar, con su Paseo del Ojo, su Hubble Plaza, sus hileras de casas impersonales... Donde tanto el personal interno como el de apoyo desempeñan sus funciones con una verosimilitud inapelable.

Wilson sigue acumulando aciertos cuando plantea el bloqueo inexplicado de Blind Lake, que sube la tensión, aumenta el interés por el elemento científico y, sobre todo, lleva a sus personajes a situaciones límite. Porque Wilson nos cautiva una vez más con un elenco de personajes bien escogido, mejor caracterizado y que evoluciona ante nuestros ojos conforme los acontecimientos se van sucediendo. Además, Wilson confirma lo buen narrador que es recurriendo a la dosis justa de descripciones, acentuando la negatividad con las continuas referencias al mal tiempo, estructurando la historia en capítulos de duración contenida y sin apenas relleno, dedicando la atención oportuna al elemento científico y empleando una prosa un pelín impersonal pero efectiva.

Por si fuera poco, abundan los capítulos memorables: desde aquel en el que narra el derribo de la avioneta de Sandoval, pasando por los discursos de Marguerite y Ray en el auditorio, o por supuesto el relato mutuo de sus vidas que se hacen Marguerite y el Sujeto cerca del final. Un Sujeto (el alienígena observado permanentemente) que es además representante de una raza muy bien concebida morfológica y evolutivamente y que se desenvuelve en una sociedad y en un planeta consistentes y cautivadores.

Pocos peros pueden ponérsele a una obra tan redonda. El más obvio son las licencias pseudocientíficas que se permite el escritor con sus condensadores que autoevolucionan, y su poco justificable conexión con la Chica del Espejo. Tampoco me convenció el manido recurso a traumas infantiles para justificar los comportamientos de algunos personajes (Chris, Ray). Ni el uso en mi opinión excesivo de barbarismos. Poca cosa, en todo caso.

Estos defectos quedan prácticamente ocultos cuando, en el último cuarto de la novela, Wilson exprime todos los elementos de los que dispone y el lector no encuentra la forma de interrumpir la lectura. Con los méritos adicionales de incluir abundantes reflexiones y de dotar de un desenlace específico a cada personaje. Lo que evidencia tanto el talento de Wilson como la habilidad literaria que fue desarrollando conforme avanzaba su carrera. Casi casi un clásico del género.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Los cronolitos (2001). Robert C. Wilson

Continúo con la presente entrada reseñando las novelas que he seleccionado como representativas de la alteración de la realidad en la ciencia-ficción, de la mano de Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Voy a hablarles en la presente entrada de "Los cronolitos", del estadounidense afincado en Canadá Robert C. Wilson. Que sin ser la mejor de sus novelas traducidas al español, recibió en su momento una nominación (otra más) al Premio Hugo. Y es que su ambientación del futuro cercano, su excelente caracterización de los protagonistas y, sobre todo, la gran "coherencia" de su final la convierten en una lectura recomendable.

Quizá lo que más descoloque de "Los cronolitos" sea que Wilson no revela de manera gradual su alteración de la realidad característica y sobrecogedora, sino que en su mayor parte la desvela ya durante los primeros capítulos. Y aunque al final de la primera parte parece que va a enfocar las dos partes en las investigaciones científicas y las consecuencias militares, finalmente renuncia de manera consciente a ello y ota por mostrar las alteraciones sociales en general, y el impacto de los cronolitos en el círculo de allegados de Scotty Walden en particular. Es decir, justo lo contrario de lo que cabría esperar. Tal vez la novela habría resultado más disfrutable si el escritor hubiera optado por un enfoque más convencional, pero probablemente lo habría hecho a costa de perder parte de su originalidad.

A pesar de todo, el elemento "científico" es esencial en esta novela, y Wilson sale airoso de un concepto tan difícil de defender como los indestructibles monumentos del futuro cercano, que poco a poco van surgiendo en distintos lugares de la Tierra para mayor gloria y retroalimentación del enigmático Kevin. Cada pocos capítulos va revelando detalles sobre su naturaleza, la física que supuestamente los sustenta (hadrones, células de convección, anomalía tau negativa), los mecanismos de predicción que se desarrollan, los instrumentos que se van creando para intentar neutralizarlos... Todo ello converge en la muy poco previsible y muy elaborada resolución final, en la que las piezas encajan con una naturalidad digna de elogio.

Además, el escritor logra crear una novela de extensión suficiente con una única línea narrativa en primera persona (Scott), y con sólo un puñado de personajes (Ashlee, Adam, Kait, Hitch, Sue). Todos excelentemente caracterizados, con sus motivaciones e inquietudes, y con evoluciones en sus personalidades que los dotan de credibilidad a los ojos del lector al tiempo que aumenta el dramatismo de sus en apariencia pequeñas vidas. Porque Wilson renuncia a la obviedad de mostrarnos la reacción de los centros del poder del planeta a la alteración de la realidad que suponen los cronolitos. Y tampoco abusa de acontecimientos con los que apabullar al lector (básicamente se centra en cuatro apariciones de cronolitos: el de Chumphon al comienzo, y los de Jerusalén, Portillo y Wyoming para cerrar cada una de las tres partes de la novela).

Otros aciertos reseñables son el estilo directo de su prosa, su concisión narrativa, la gradual degradación de la sociedad estadounidense en los casi veinte años que abarca la historia (sin desdeñar las pinceladas sobre lo que está sucediendo en otras partes del planeta), y esa sensación de pesimismo al que se enfrenta la voluntad de resistencia de sus personajes, que resulta tan cercana a los lectores del siglo XXI.

No obstante, esa menor dosis de intriga en comparación con otras novelas de Wilson, ese enfoque argumental poco convencional, los lógicos altibajos en la tensión de la narración derivados de la atención tan extrema a unos cuantos personajes, y el recurso casi excesivo a las recurrentes apariciones de Hitch y Sue, penalizan en cierta medida el resultado. Aunque el clímax de su desenlace y la coherencia de su conclusión inclinan definitivamente la balanza hacia el lado positivo.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Mysterium (1994). Robert C. Wilson

Con la presente entrada prosigo reseñando las novelas que he seleccionado como representativas de la alteración de la realidad en la literatura de ciencia-ficción de la mano de dos de sus escritores de referencia: Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Es el turno de "Mysterium", del estadounidense afincado en Canadá Robert C. Wilson. Que sin ser tampoco la mejor novela de su producción, sí que es superior a "Nómadas", la novela que reseñé hace unos días y que le precede cronológicamente en cuanto a su bibliografía editada en español. "Mysterium" parte de un punto de partida similar al que años más tarde explotaría en la más conocida "Darwinia" (que ya reseñé en este mismo blog): el traslado de una franja de territorio a una realidad diferente, creando así una realidad alternativa. Y lo explota de manera amena, inquietante, bien estructurada y que deja con ganas de más.

Wilson nos presenta el traslado del pequeño pueblo de Two Rivers, en Michigan, a una realidad alternativa. Y si se ha leído "Darwinia" con anterioridad, la primera parte de la novela nos producirá sensaciones de dejà vu (algo así como si Wilson fuera el Robin Cook de la ciencia-ficción) dado que ambas exploran conceptos y situaciones similares. Pero si obviamos esa sensación, ya en esa primera parte podremos apreciar muchas de las virtudes de la novela: su ritmo trepidante (con ciertas influencias de los talleres de escritura de best-sellers); su amplio elenco de personajes, que permite contemplar una amplia panorámica de la vida en el pueblo, a la vez que tratar todos los temas que le interesan al autor; y el desasosiego propio del misterio planteado, que es evidentemente muy atrayente.

En la reseña del Publishers Weekly que figura en la contraportada encontramos una excelente síntesis de los elementos que mezcla acertadamente Wilson: la ciencia, pues en todo momento intenta encontrar una explicación plausible a lo ocurrido (se habla de física cuántica, de agujeros de gusano...) y recurre una y otra vez a la figura del físico y premio Nobel Alan Stern; la religión, contraponiendo nuestra reconocible sociedad de débil y fragmentada presencia religiosa (católicos, bautistas, evangelistas, judíos) al fanatismo de los Estados Unidos alternativos que plantea, sostenido por un cristianismo gnóstico; la filosofía, quizás el elemento más endeble a pesar de la reconocible búsqueda de Dios en el origen de todo; y la historia alternativa, con muchas reminiscencias de la actual pero menos avanzada científicamente y quizá por ello más férrea en lo moral.

Una de las razones por las que la novela es tan disfrutable es que conforme avanzan los capítulos Wilson logra no sólo mantener la atención en sus personajes sino hacer que se comporten de un modo natural, llevándolos a interrelaciones y dependencias razonables. Su caracterización es siempre correcta, con mención especial para Dex Graham (el inquieto profesor de instituto) y Howard Poole (sobrino de Stern y descubridor del "misterio"). Por la misma razón el desenlace no desentona: el escritor se acuerda de mostrarnos a muchos de esos personajes, elimina a los moralmente más reprobables, abre una puerta a la esperanza para otros y da una explicación coherente y abierta a sus protagonistas.

En cuanto a los defectos, aparte de una idea de partida común a otras novelas del autor y por tanto ya explorada, y de que el esfuerzo por abarcar tantos personajes dificulta que el lector se llegue a identificar con alguno de ellos, señalar cierta falta de acción en la primera de la novela, unas instituciones religiosas de los E.E.U.U. no completamente explicadas y excesivamente malévolas, y unas especulaciones filosófico-religiosas (Protennoia, Sofía) un tanto aburridas (aunque afortunadamente breves). Defectos en todo caso relativamente menores dentro de esta meritoria novela.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Nómadas (1989). Robert C. Wilson

Prosigo reseñando las novelas que he escogido como representativas de la alteración de la realidad en la literatura de ciencia-ficción. En mi anterior entrada completé las reseñas de Philip K. Dick que seleccioné para visualizar esta corriente, por lo que en esta entrada voy a iniciar las reseñas de su contrapunto especulativo, el estadounidense afincado en Canadá Robert C. Wilson. Como expuse hace unas entradas cuando me propuse contrastar la alteración de la realidad planteada por estos dos escritores de referencia en el género, aclaré que ambos no llegaron jamás a publicar simultáneamente, lo que me permite puntualizar que Wilson no es uno de los imitadores de Dick que tanto han prosperado en los últimos tiempos, sino un escritor con una gran personalidad por sí mismo, y cuyo acercamiento a la realidad alterada difiere claramente del de Dick. Voy a presentarles en esta primera reseña "Nómadas", la novela de Wilson (de las traducidas al español) más cercana cronológicamente a su debut como escritor en 1986. Se trata pues, de una novela de juventud en la que el escritor aún estaba desarrollando su personalidad literaria. Y pese a ello, una obra en la que ya empieza a mostrarnos sus habilidades, tanto a la hora de crear sus habituales realidades "alteradas", como a la hora de caracterizar sus personajes. Eso sí, le falta un punto de madurez.

Quizá porque, a diferencia de otras novelas suyas posteriores en el tiempo, la realidad alterada no es tanto el factor sorpresa como el vehículo para que sus protagonistas encuentran el sentido a su vida, y por tanto crear la trama en torno a ellos. Así, tras presentarnos a Karen White (una mujer recién divorciada y con la esperable sensación de fracaso), y su adolescente hijo Michael, Wilson nos muestra las anomalías en sus vidas, que antes de que termine la primera de las tres partes de esta relativamente corta novela desembocan en la capacidad para trasladarse a otras Norteaméricas paralelas. Con lo cual ya puede ir intercalando varios interludios del original e inquietante Novus Ordo, unos E.E.U.U. alternativos más fríos y con un un componente religioso (otra de las obsesiones de Wilson) más acentuado.

Una vez planteada la problemática y el mundo alternativo sobre el que se desarrolla, Wilson dedica las otras dos partes de la novela a hacer converger ambos elementos. Y para ello recurre al concepto del viaje iniciático: primero de Laura, Karen y Michael al hogar familiar y luego al Novus Ordo. Wilson aprovecha este viaje para caracterizar de manera magistral a sus personajes, que van atando cabos, superando traumas infantiles y encontrándose a sí mismos a partes iguales. Y es que es debe valorarse la habilidad de Wilson para construir una trama rica e interesante con muy pocos personajes, e incluso darle un barniz de thriller gracias a las recurrentes apariciones del Hombre Gris/Walker.

Ahora bien, aparte de una inesperada falta de misterio si tenemos en cuenta el escenario sobre el que se desarrolla, la novela adolece de otras deficiencias que impiden incluirla entre lo mejor de su producción. En primer lugar, un componente científico cuestionable (pues con la realidad convencional conviven puertas, aristas y otros elementos llamados literalmente mágicos...). En segundo, algunas situaciones difíciles de justificar, como la naturalidad con la Michael deja de ir a la escuela por tiempo indefinido. Y en tercero, el cuestionable papel del hermano pequeño Tim, con su no del todo comprensible rol de "gancho" del Novus Ordo para sus hermanas.

Estos defectos hacen que el tramo final del libro sea correcto pero no apasionante, pues tanto el cautiverio de sus protagonistas en el Instituto del Novus Ordo como su liberación posteror son percibidos como episodios relativamente esperables en un escenario en el que "todo cabe". Eso sí, Wilson intenta cerrar el círculo de la situación en la que quedan todos sus personajes de manera encomiable, y nos presenta un final abierto, quizá sin aprovechar todas las posibilidades de su idea original, pero correcto. Y es que al fin y al cabo una de las mayores virtudes de Wilson es su capacidad para hacer que personajes inverosímiles en su realidad alterada aparezcan como creíbles a los ojos del lector. Lo cual en un género tan netamente especulativo como la ciencia-ficción es en mi opinión una gran virtud.

domingo, 29 de octubre de 2017

Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (1974). Philip K. Dick

Prosigo una entrada más con las reseñas de las novelas que he seleccionado como representativas de la alteración de la realidad en la literatura de ciencia-ficción, de la mano de dos reputados expertos en esa corriente como son Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Le ha llegado el turno en esta oportunidad a Fluyan mis lágrimas, dijo el policía", la última novela que voy a reseñar de Dick dentro de esta revisión de la alteración de la realidad. Se trata de una de las pocas novelas premiadas del estadounidense (se alzó con el premio John W. Campbell), y también de una de las más recomendables (aunque ya he comentado en alguna oportunidad que para mí sus dos mejores novelas son "Los tres estigmas de Palmer Eldritch" y "Ubik"). La presente es una novela atrayente, cautivadora, que conjuga la arrolladora personalidad como escritor de Dick con una historia trepidente y menos delirante de lo que cabría esperar.

Digo cabría esperar porque la producción de Dick durante la década de los setenta arrastra la fama de estar más centradas en sus delirios autobiográficos que en las propias narraciones. Así que debo reconocer que en su momento afronté la lectura un tanto a la defensiva. Precaución que se reveló innecesaria: obviamente están presentes muchos de los rasgos habituales en su producción (un estado de tintes totalitarios, la generalización del consumo de drogas, el cuestionamiento permanente de la realidad, la sensación de deshumanización...), pero también una trama claramente definida en torno a la caída del presentador y cantante Jason Taverner, su desesperado esfuerzo por recuperar el estatus perdido, y su relación con el departamento de policía de Los Ángeles. Es cierto que existen capítulos delirantes y difíciles de aceptar (el primero de la tercera parte por encima de todos), pero también se aprecia un claro esfuerzo por dotar a la novela de continuidad y rigor (casi me atrevería a hablar de coherencia de lo narrado). Como lo prueba la cuarta parte, unas páginas dedicadas en exclusiva a atar los cabos sueltos de todos los personajes.

El dinamismo de la novela es digno de elogio, y a pesar de la continua sucesión de personajes femeninos que van acompañando a Taverner a lo largo de sus páginas, mantiene en todo momento el interés por lo que sucederá a continuación. La primera parte en especial raya a gran altura, ya que Dick dedica el tiempo justo a ponernos en situación sobre su protagonista y la sociedad en la que vive, e inmediatamente después nos sumerge en esa realidad alterada en la que Taverner no existe y lucha desesperadamente por crearse una identidad que le permita eludir los campos de trabajos forzados. La segunda parte resulta más irregular (a pesar de que en ella Dick nos da a conocer al trascendental "policía", Felix Buckman), y las continuas reflexiones sobre el amor y las recurrentes visitas al cuartel de la policía hacen que la novela se resienta un tanto. Pero después de la pirotecnia de su primer capítulo a la que aludía, la tercera parte remonta el vuelo con una sucesión de acontecimientos más sensata y un desenlace un tanto inesperado.

La novela adolece de varios fallos qe me impiden considerarla a la altura de lo mejor de su producción. El más obvio es el inverosímil giro con el que Dick explica los dos días de realidad alterada que experimenta Taverner (y es que el consumo de KR-3 no sólo afecta a Alys Buckman que es quien lo consume, sino al resto de sujetos de su entorno). Pero también es mejorable la manera cómo Taverner inicia su caída (la gelatinosa esponja Callista), los frecuentes errores con las fechas, el ya habitual en Dick de crear una sociedad demasiado avanzada para 1988 (y eso después de una Segunda Guerra Civi y la virtual eugénesis de la raza negra), y una mezcla de artilugios inverosímiles por avanzados con otros completamente anacrónicos (como los tocadiscos que tan destacado papel desempeñan en el retorno a la realidad de Taverner).

A cambio, Dick despliega todo su arsenal de provocaciones (una relación incestuosa entre los Taverner con un hijo en común, relaciones consentidas con menores de catorce años, una red transexual de rejilla telefónica, personajes femeninos obsesionados por el placer y escasos de humanidad, y gadgets por doquier (coches que vuelan e inducen al sueño a sus pasajeros, edificios que flotan por encima del suelo, proyecciones de electroencefalogramas desde helicopteros policiales...)). Un arsenal que unido a su habitual alteración de la realidad y a un argumento bien estructurado y rematado, logra que la novela resulte no sólo disfrutable, sino altamente recomendable.

sábado, 14 de octubre de 2017

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968). Philip K. Dick

Una nueva entrada continúo reseñando las novelas que he seleccionado como representativas de la alteración de la realidad en la ciencia-ficción, de la mano dos grandes maestros como son Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Voy a reseñar en esta oportunidad "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?", de Dick. Que quizá sea una de las novelas más famosas de su bibliografía, gracias a la adaptación libre que de la misma hizo en 1982 Ridley Scott, cuando la llevó al cine con el título de "Blade runner". Y que sin ser en mi opinión uno de los mejores libros de su producción, sí que posee todas las características habituales de su bibliografía: una novela tan capaz de atraer magistralmente al lector como de decepcionarlo con algunos defectos graves.

Situada en 1992 tras la Guerra Mundial Terminal que dejó la Tierra devastada, su mayor virtud es la habilidad narrativa de Dick en sus mejores años como escritor. Y es que el estadounidense crea una ambientación en la que todo contribuye al cuestionamiento permanente de la realidad, consiguiendo además la total implicación del lector. Pero este cuidado de la ambientación no implica que la trama pase a un segundo plano. Porque la utilización de androides para la imprescindible colonización de Marte, y la emancipación derivada su continua evolución, plantean la problemática de su integración en la sociedad terrestre, además de la dificultad para distiguirlos de los humanos. Una problemática de ominosas implicaciones y peligrosamente veraz en un futuro relativamente cercano. Realzada además por la atmósfera decadente y estéril del San Francisco recreado por Dick. Y enriquecida por la introducción de conceptos originales pero de fácil asimilación: el kippel, el órgano de ánimos Penfield, el test de Voigt-Kamp, el amigo Buster...

Lo que ya no resulta tan fácil de entender es la enorme importancia que la sociedad post-nuclear concede a la posesión de un animal (ya sea real o eléctrico), y que ésta constituya uno de los ejes en torno a los que gira la obra. Aunque esta reflexión me permite ensalzar el fantástico título de la novela: extravagante a primera vista, y obviamente evocador de la práctica de los humanos de contar ovejas, encierra en realidad una pregunta sorprendentemente adecuada para la narración, que el simplón título de "Blade runner" con el que recientemente se ha reeditado aprovechando el tirón de la película echa a perder.

Como decía, la novela adolece de varios defectos que impiden considerarla una novela redonda. Además del ya comentado, el que primero aparece en la lectura es la caja de empatía: ya de por sí su pretendida utilidad de comunión con otros seres humanos que se unen al perpetuo ascenso de Wilbur Marcer es discutible, pero mucho más criticable resulta de que los daños producidos durante su uso se vuelvan reales al acabar. Otro inconveniente que le resta dramatismo a la obra es que el líder de los androides, Roy Baty, no aparezca hasta el tramo final de la obra, y que su eliminación resulte decepcionamente fácil. Llama la atención, asimismo, que a Dick se le deslice alguna que otra incongruencia (por ejemplo, cuando Deckard intenta hacerse pasar por Isidore empleando su nombre, sin percatarse de que éste en ningún momento se lo ha dicho). Tampoco me gustó la identificación de Deckard con el padre del mercerismo en el tramo final de la novela, por imposible, innecesaria y confusa. Y otros defectos menores pero evidentes son la época en la que transcurre la acción (demasiado temprana para lo evolucionada de la sociedad), y que en ningún momento Dick profundice en la colonización de Marte, aludiendo a ella sólo tangencialmente.

Para concluir, citar otros aciertos que se descubren según se avanza en la lectura. En primer lugar, la habilidad para concentrar toda la acción en poco más de un día. En segundo, Rick Deckard, el protagonista apenas esbozado físicamente pero mimado psicológicamente por Dick (su desconfianza inicial, su euforia tras sus primeros éxitos, y su posterior cuestionamiento de la vida de los androides, y de toda la vida en general). Y en tercer lugar, John B. Isidore, el cabeza de chorlito no tan retrasado como Dick nos pretende hacer creer, que constituye la perfectamente aprovechada baza de sentimentalismo con la que compensar tanta negatividad. Aciertos que logran inclinar la balanza en favor de una novela con lagunas pero indudablemente recomendable.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Dr. Bloodmoney (1965). Philip K. Dick

Una entrada más continúo reseñando las novelas que he seleccionado como representativas de esa alteración de la realidad que desde hace décadas se ha venido cultivando en la literatura de ciencia-ficción, y de la que los norteamericanos Philip K. Dick y Robert C. Wilson son dos grandes maestros. Les voy a presentar en esta oportunidad "Dr. Bloodmoney (o cómo nos las apañamos después de la bomba)", de Dick. Que además de ser uno de los títulos menos conocidos de la época en la que con más coherencia y acierto el estadounidense exploró esta alteración de la realidad, es también la novela que definitivamente me hizo ver el paralelismo entre estos dos escritores. Porque el argumento, los personajes, las líneas narrativas que se entrecruzan, la repentina catástrofe y su impacto, podrían ser perfectamente parte de una novela de Wilson. Pero no, su autor fue Dick. Una novela, además, en la que Dick tomó como base el conocido tema del apocalipsis post-nuclear, eso sí, llevándolo con naturalidad a su personal estilo literario: inteligente, dinámica, consistente en lo esencial, pero también descabellada.

Quizá lo que más sorprenda al lector que ya se haya enfrentado con anterioridad a otras obras de Dick sea la sustitución de una línea narrativa claramente predominante, habitual en el estadounidense, por varias líneas separadas que se entrecruzan varias veces a lo largo de la novela sin llegar a fusionarse. Para ello Dick crea un elenco inusualmente amplio de personajes, y nos muestra cómo se van adaptando a la California post-holocausto. La mayoría están bien caracterizados y resultan creíbles. Mención especial para Stuart McConchie (y su astucia innata a pesar de que Dick nos hace creer que desempeñará el rol del personaje corto de miras que tiende a aceptar la realidad sin cuestionarla), y para el focomelo Hoppy Harrington (y cómo su conversión de ser humano marginal a centro de poder le agria fatalmente el carácter). Pero en otros personajes, y en consonancia con su habitual cuestionamiento de la realidad, Dick tensa demasiado la cuerda de la verosimilitud. Tal es el caso de Bruno Bluthgeld (el científico que da título a la novela de manera un tanto desafortunada, y cuya influencia en la catástrofe nuclear se exagera en demasía), y sobre todo de Edie y Bill Keller (la niña de siete años y el hermano siamés que supuestamente habita en su interior, algo absolutamente inadmisible desde el punto de vista científico).

A pesar de estas deficiencias en algunos personajes, la novela nunca descarrila y resulta agradable de principio a fin. Con un ritmo narrativo alto y un mensaje más optimista de lo que cabría esperar en Dick, el lector va apreciando cómo los personajes se van adaptando a las esperables carencias tras la catástrofe en unas ambientaciones californianas sugestivas y creíbles, dedicándose a nuevas ocupaciones acordes con la situación y tan originles como la de Walter Dangerfield, quien hace las veces de "internet" de esta nueva era. Aunque en ocasiones se eche de menos una línea principal más definida, que aumente la carga emocional de la novela.

Aparte de estos personajes y situaciones inadmisibles, y de una cierta sensación de collage de acontecimientos diversos, otros defectos menores de la novela son: las inusitadas capacidades extrasensoriales que desarrolla Hoppy, la escasez de información sobre los motivos de la catástrofe y su impacto en otras partes del mundo, la sociedad excesivamente evolucionada que Dick imaginó para las últimas décadas del siglo XX previas a la catástrofe, y la impresión de que Dick podría haberle sacado más partido a tanto personaje expandiendo la novela sesenta o setenta páginas más.

A cambio de estos inconvenientes, el panorama planteado por Dick apela siempre a la inteligencia del lector, quien una vez que concluye que la lucha entre Bill y Hoppy va a ser la clave de la novela, no puede dejar de pasar las páginas para averiguar cómo resuelve Dick ese inverosímil meollo. Hasta toparse con un desenlace descabellado y sin embargo consecuente con lo planteado, y que no decepciona.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Tiempo de Marte (1964). Philip K. Dick

Una entrada más prosigo reseñando las novelas que he seleccionado como representativas de la alteración de la realidad en la literatura de ciencia-ficción a cargo de dos grandes escritores norteamericanos: Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Respetando el orden cronológico le ha llegado el turno a "Tiempo de Marte", quizá una de las novelas menos conocidas de la primera etapa de Philip K. Dick. Y que sin llegar al nivel de sus mejores obras, sí que mantiene ese cuestionamiento de la realidad que hace que al mismo tiempo que el lector se pregunta si lo que lee es razonablemente coherente, siente una subyugante atracción por lo narrado.

No obstante, para poder apreciar esta novela hay que ser indulgente con un par de cuestiones que podrían condenarla negativamente si no las pasamos por alto. La primera es el Marte "infantiloide" que nos muestra el autor: por supuesto hay marcianos (los oscuros, semejantes a los humanos y con sus propias tradiciones milenarias), pero también agua en cantidad aceptable, una atmósfera respirable... es fácil comprender que estas inverosímiles características del Planeta Rojo eran asumidas como validas hace más de cincuenta años y que por eso Dick no tuvo reparo en recurrir a ellas. Y la segunda es la escasa relevancia del elemento científico, dado que la novela se apoya a menudo en conceptos alejados de la ciencia: el uso de amuletos (aguatuja), la existencia de lugares con propiedades mágicas (Puño Manchado), y otros ejemplos.

En mi opinión, la mayor virtud de "Tiempo de Marte" es la habilidad literaria de que hace gala Dick en su mejor época. Tangible en los personajes profundos y bien caracterizados que crea, en el consabido cuestionamiento de la realidad, en el ambiente opresivo que preside la novela, en el enfoque de un mismo episodio desde diferentes personajes... Esta conocida habilidad del autor se combina aquí con el tratamiento de la esquizofrenia (quizás la verdadera protagonista del libro). Y es que Dick nos muestra sus conocimientos sobre el asunto no sólo en Jack Bohlen, sino en las tendencias esquizofrénicas que enseñan a los niños en la Escuela Pública.

El resto de las virtudes de la obra (dejando a un lado la excelente traducción a cargo de Marcelo Cohen), derivan de lo expuesto en el párrafo anterior. A saber: el logrado equilibrio de poderes, que se refleja incluso en la geografía marciana (contrabandistas del mercado negro, reparadores, trabajadores del agua, psiquiatras, judíos...); la elaboración de escenarios inquietantes, como esa Escuela Pública en la que sus máquinas docentes recrean personajes famosos, o el campo Ben-Gurión; la interrelación de casi todos los personajes, con líneas argumentales tangenciales; el tratamiento de un aspecto tan poco frecuente en la ciencia-ficción como la infidelidad matrimonial; y varios personajes particularmente conseguidos (es el caso de Arnie Kott, cien por cien "dickiano", hecho a sí mismo, ostentoso, cruel e infantil, de Manfred Steiner, el niño autista del que Dick no nos termina de mostrar sus poderes ni su influencia pero sí lo desasosegante que resulta, o incluso de la manera en la que se comportan y relacionan las ociosas Silvia Bohlen y June Henessy). Además, dos episodios brillan con luz propia: el pavorosamente repetido de la cena y la conversación entre Arnie, Jack y Doreen, y el desenlace, primero con su intento por revertir la realidad y segundo con la ilusión de que la muerte que Dick nos narra no está siendo real.

Para terminar, reseñar otros defectos no citados que añadir a las dos cuestiones con las que debemos ser indulgentes. El más evidente es la enormemente avanzada civilización que Dick sitúa allá por 1994. Tampoco se termina de captar en toda su dimensión el interés de las distintas facciones por los montes FDR. Y desde mi humilde punto de vista, nunca está del todo claro para el lector cuál es el verdadero motor de la novela, lo que hace, en especial durante su primera mitad, que el ritmo narrativo sea lento en demasía. Aunque la contenida extensión de la misma y los sobresaltos de la segunda mitad justifican sobradamente su lectura.

viernes, 25 de agosto de 2017

Tiempo desarticulado (1959). Philip K. Dick

Con la reseña de la presente novela empiezo mi serie de entradas específicamente dedicadas a la alteración de la realidad en la literatura de ciencia-ficción, de la mano de dos de los escritores de referencia en ese ámbito: Philip K. Dick y Robert C. Wilson. Siguiendo como de costumbre un orden cronológico, voy a empezar por "Tiempo desarticulado", una de las primeras novelas en la carrera del estadounidense Philip K. Dick, puesto que vio la luz en 1959. Y que pese a tratarse de una de sus primeras obras, me parece una meritoria novela, articulada sobre dos de los pilares básicos de su bibliografía: el cuestionamiento de la realidad y el control gubernamental. Razones por la cual la he seleccionado como la primera novela realmente representativa de su carrera en este ámbito del cuestionamiento de la realidad.

Para lograr el mayor impacto posible y a la vez situar al lector, Dick parte de una pequeña ciudad cualquiera en la Norteamérica de 1959: con sus suburbios, su descampado, su autopista, su supermercado... Y con ritmo ágil nos va introduciendo en las pequeñas vidas de unos cuantos personajes, que sutilmente se van complicando conforme la neurosis esquizofrénica de Ragle Gumm, el protagonista ideado por Dick que se gana la vida acertando diariamente el concurso del periódico local, va cobrando relevancia.

Pero sin duda lo mejor de la novela surge cuando los allegados de Gumm (su hijo Sammy, su esposa Margo, su cuñado Vic) van descubriendo anomalías que confirman un cuestionamiento evidente de la realidad más allá de los problemas mentales y el talento interpretativo para los concursos de su protagonista. Es en esos capítulos en los que Gumm planifica y ejecuta sus dos huídas de la ciudad (la primera en solitario, la segunda en compañía de Vic) cuando Dick raya a gran altura: crea una atmósfera tremendamete opresiva, va yendo de sorpresa en sorpresa, y finalmente nos revela una explicación plausible pero impactante para las anomalías temporales reveladas, que esconde nada menos que una Guerra Civil entre la Tierra y la Luna.

Pese a estos aciertos, la novela adolece de ciertos defectos que impiden considerarla un clásico del género. El más obvio es la imposibilidad de que Gumm acierte a diario el concurso sobre la ubicación del hombrecito verde. Asimismo perdura la impresión de Dick podía haber desarrollado más algunos puntos de la trama, que apenas si son sugeridos. Otros detalles de la explicación proporcionada por Dick también flojean (que sus personajes nunca se cuestionen dónde están viviendo, que en apenas unas décadas la Luna y Venus hayan sido colonizados, que la segunda huída transcurra íntegramente en menos de 12 horas...). Tampoco está muy bien integrado en la trama el rol de la señora Keitelbein, y en general algunos personajes secundarios son demasiado esquemáticos.

A cambio, y con una extensión saludablemente contenida y una prosa sencilla adornada con puntuales guiños humorísticos, Dick cautiva al lector mostrándole hasta qué extremos puede llegar el control gubernamental si las circunstancias lo aconsejan, cómo la locura puede servir de eslabón para enlazar las distintas realidades, o cómo puede llegar a parecer auténtica la más artificial de las ciudades. Creando así una lectura tan sugestiva como inquietante, y además precursora de los clásicos que Dick escribiría en años posteriores a partir de estos mimbres.