jueves, 8 de diciembre de 2016

Pavana (1968). Keith Roberts

Una nueva entrada continúo reseñando las novelas que he seleccionado como representativas del fascinante subgénero de la ucronía. Hoy les voy a hablar de "Pavana", del británico Keith Roberts. Que en sentido estricto no es una novela como tal, sino un fix-up de relatos que comparten hecho divergente y ambientación. Aunque como ya dije al reseñar "Roma Eterna" de Robert Silverberg, un fix-up de relatos es una de las mejores estructuras para explotar al máximo las ucronías, ya que permite detenerse en diversos momentos temporales afectados por el hecho divergente que se haya planteado. Así que a todos los efectos "Pavana" puede leerse como una novela convencional. Y de gran prestigio, por cierto, en especial en Europa. Aunque en mi modesta opinión, y sin atreverme a calificarla de decepcionante, sí que la considero sobrevalorada.

El caso es que el hecho divergente (la victoria de la Armada Invencible española en 1588 sobre la Inglaterra de Isabel I), que Roberts presenta convenientemente en el prólogo, abre un amplio y sugerente abanico de implicaciones. Que un fix-up de cinco relatos más una coda estaría en inmejorables condiciones de explotar. Pero ya desde el primer relato se manifiesta un defecto común a todos ellos: la ausencia de un principio y un final concretos, de una conclusión determinante para el devenir de la novela. Otro defecto, particularmente grave en una novela de ciencia-ficción, es el abuso de elementos fantásticos a lo largo de los diversos relatos: el pueblo del Brezal, los antiguos dioses y su simbología... Ambos inconvenientes, agravados por una prosa que abusa de las frases largas, de las comas, de la descripción de unas sensaciones a menudo demasiado increíbles, lastran en buena medida el disfrute de "Pavana".

Por continuar con los defectos, mencionar el a mi modo de ver excesivo parecido de la Inglaterra del siglo XX ideada por Roberts con la que realmente hubo en la Baja Edad Media, y demasiado alejada de lo que en realidad ha sido la evolución del mundo católico en los últimos cuatro siglos. Llama la atención asimismo la postura enconadamente negativa de Roberts hacia la Iglesia Católica y su influencia en la sociedad. Siempre defenderé que la ciencia-ficción debe hacer cabida a cualquier postura ideológica siempre que se intente racionalizar, y está claro que como institución la Iglesia ha tenido multitud de errores a lo largo de su historia, pero una postura tan fanáticamente en contra como la de Roberts le aleja de la racionalidad que siempre debe presidir el género y en mi opinión le resta credibilidad. Señalar, por último, la irregularidad del libro, puesto que existen relatos que prácticamente no aportan nada ("De damas e hidalgos", y sobre todo "Hermano John", desquiciante y fantasiosa).

Lógicamente, la novela cuenta con algunas virtudes que justifican su fama. Primeramente, que pese a tratarse de un fix-up de relatos, existe una buena cohesión entre los mismos, trasladándose lo acontecido en cada uno de ellos a los siguientes. En segunda lugar, un hallazgo: los señaleros, que gestionan el sistema de semáforos con el que las locomotoras de vapor pueden recorrer los caminos; un grupo social verosímil y de innegable relevancia en la sociedad británica. En tercer lugar, la introducción de pequeños detalles que proporcionan verosimilitud a lo narrado: la multiplicidad de idiomas, los binoculares Zeiss, las marcas de las locomotoras... Todo ello presentado con un vocabulario rico y preciso y, por una vez, bien traducido al español.

Por último, resaltar "Lady Margaret", el primer relato y en mi opinión indiscutiblemente el mejor, sin los vicios de otros y con mucha mayor intensidad. Así como la implicación de Roberts con su obra, ya que en su último relato intenta enlazar su historia alternativa con la historia que conocemos, y para ello nos muestra la evolución desde la sociedad post-feudal que ha creado a nuestra sociedad contemporánea.

sábado, 26 de noviembre de 2016

El hombre en el castillo (1962). Philip K. Dick

Prosigo con mis reseñas en orden cronológico de las principales novelas que he seleccionado como representativas del subgénero de las ucronías. Le ha llegado al turno a la que probablemente sea la ucronía más famosa de todos los tiempos: "El hombre en el castillo". Cuya fama se debe probablemente a dos razones: ser una de las primeras en proponer el hecho divergente más frecuentemente repetido en las ucronías (las Potencias del Eje ganaron la Segunda Guerra Mundial), y haber sido escrita por uno de los autores más prestigiosos del género (Philip K. Dick, de cuyas bondades ya he hablado en otras ocasiones en este blog). Sin embargo, y con ello no pretendo hacer de abogado del diablo, en mi opinión la fama de esta novela es excesiva, ya que por una parte no es difícil encontrar ucronías mucho mejores, y por otra son varias las novelas de Dick mucho más recomendables. Porque al terminar la lectura de "El hombre en el castillo" habremos disfrutado con su personal habilidad narrativa, puesta en esta oportunidad al servicio de una historia alternativa bien concebida en lo político, pero inesperadamente endeble en los avatares de sus personajes.

Y es que una trama concebida a partir de la falsificación de antigüedades norteamericanas anteriores a la Segunda Guerra Mundial se antoja frágil para una novela tan reconocida. De hecho Dick parece ser consciente de ello, porque conforme va avanzando la obra van apareciendo otras cuantas líneas narrativas más, sin una relación clara entre ellas. Ello provoca en el lector la sensación de no saber a dónde pretende llevar el escritor la novela, sin que se identifique un propósito claro ni una estructura definida. A ello hay que sumarle que durante la primera mitad de la novela no hay apenas pasajes de acción, y que la intriga (llamémosle "onírica") aparentemente subyacente nunca aflora del todo.

Afortunadamente, la tradicional ambientación opresiva y de cuestionamiento de la realidad de Dick se adapta perfectamente a la California dominada por los japoneses que nos presenta. Entre eso y el notable conocimiento del autor sobre los imperios alemán y japonés (con su burocracia, sus medios de comunicación, sus finanzas...), la novela mantiene el tipo. Además, es interesante observar las tenisones que surgen entre la franja oriental de EEUU, dominada por los alemanes, y la occidental, dominada por los japoneses. Como en general son interesantes los personajes que amparan o justifican la victoria de las potencias del Eje.

Unos personajes, por otra parte, correctamente caracterizados pero que no llegan a calar en el lector (podemos citar como ejemplos los casos de Baynes, Tagomi, Chidan, Ramsey...). Sólo la pareja constituida por Joe y Juliana, con su proceso de conocimiento mutuo, su cuestionamiento de la identidad del otro, y su excursión desde San Francisco a Denver, resulta realmente convincente. De hecho, el papel de Abendsen y su novela "anti-ucrónica" La langosta se ha posado no es, en mi opinión, determinante en la novela, sino el habitual recurso para el cuestionamiento de la realidad de Dick. Por cierto que quizá lo más destacable de esa novela dentro de la novela sea constatar cómo su lectura da lugar a diferentes reflexiones según los personajes que la van leyendo.

Para acabar con las virtudes de la novela, mencionar la continua utilización de un elemento tan poco científico como adaptado a la atmósfera de la novela (el oráculo I Ching), destacar el episodio en el edificio Times (realmente el primero de tensión e intriga de la novela, aunque llega un poco tarde), y las frecuentes y acertadas reflexiones sobre las diferencias de comportamiento entre norteamericanos, japoneses y alemanes.

Y en el capítulo de los defectos reseñar, además de los ya comentados: los excesos probablemente "barbitúricos" del escritor, que le restan credibilidad a la novela (África sin africanos aborígenes, Mediterráneo desecado, pedetaxis); la confusa exposición de la situación política y el equilibrio de poderes de su historia alternativa (piénsese en los pasajes dedicados a la elección de Herr Bormann); la dedicación de una atención en mi opinión excesiva a episodios menores como una venta de joyas; todas las páginas dedicadas a los pensamientos de Tagomi, justo tan cerca del final; y el propio final, tan brusco como poco aclaratorio (aunque a modo de justificación Dick sugiera que Abedsen tenía razón y japoneses y alemanes perdieron realmente la guerra). Demasiados defectos para considerar "El hombre en el castillo" una novela redonda.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Lo que el tiempo se llevó (1953). Ward Moore

Una nueva entrada prosigo reseñando en orden cronológico las novelas que he seleccionado como representativas del subgénero de las ucronías. Voy a presentarles hoy "Lo que el tiempo se llevó", del escritor estadounidense Ward Moore. Moore fue un escritor de ciencia-ficción de producción muy escasa, por lo que resulta poco conocido para el lector de ciencia-ficción en español. Fue sin embargo un escritor muy avanzado a la hora de dotar de profundidad y reflexiones al género en un momento en que primaban los personajes de cartón piedra y la aventura por encima de todo. Por eso su obra puede seguir disfrutándose con naturalidad en nuestros días. En particular "Lo que el tiempo se llevó" (traducción libre y de connotaciones cinematográficas del título en inglés, "Bring the jubilee") es una sólida y profunda ucronía sobre unos decadentes E.E.U.U. tras la victoria de los Confederados en la Guerra de Secesión. Lástima que en su tramo central falte acción y sobren vaivenes sentimentales.

Al iniciar la lectura de "Lo que el tiempo se llevó" la primera sorpresa es la profundidad de los personajes principales: pese al tiempo transcurrido este aspecto está muy cuidado. Narrada en primera persona por el joven Hodge Backmaker, la atención a emociones, sentimientos y reflexiones es siempre notable. Por ello personajes como el librero Tiss, el haitiano Enfandin o el "psicólogo" Midbin cobran vida ante nuestros ojos. Y despliegan además una abundante carga especulativa (se reflexiona sobre mecanicismo, maniqueísmo, patología emocional...), lo que habla bien de la calidad de Moore como escritor.

El otro acierto incuestionable es la ambientación: ante nuestros ojos desfilan la pueblerina y rígida Wappinger Falls, la sombría y peligrosa Nueva York, el Refugio (Haggershaven)... Y todo ello con pinceladas a la situación en otras partes del mundo (con algunas curiosas menciones al Imperio Católico Español). La victoria confederada en lo que ellos llaman la Guerra de Independencia Sureña dibuja un panorama en lo que queda de los E.E.U.U. en los años treinta tremendamente decadente, con mucha pobreza y carestía, racismo legalizado, mano de obra esclavizada, universidades burocratizadas... Que en ocasiones no difiere demasiado de la sociedad contemporánea actual, un hecho preocupante que logra captar la atención del lector.

Tras un primer cuarto de novela irreprochable, la confrontación política por el poder entre Whighs y Populistas (sorprendemente similar a la de la España actual) y el protagonismo que cobra la organización del Gran Ejército provocan que la novela derive hacia terrenos menos disfrutables. Situación que se agrava durante toda la parte central de la novela, en Haggershaven. Que si bien funciona como "comuna" aislada de todos los males que aquejan a la sociedad estadounidense antes presentada, falla a la hora de mantener la intensidad de la novela, con capítulos que son casi meras estampas costumbristas, presididos por un personaje tan extraño como Barbara Haggerswell, con la previsible curación de la adolescente Catty, y sobre todo con los devaneos amorosos de Hodge entre Barbara y Catty, más propios de una novela menor.

Así que cuando por fin, con un aceptable respeto del elemento científico, Barbara termina su ambicioso HX-1 y comienzan con él los retrocesos temporales, la impresión general de la novela ya está determinada. Por lo que los cuatro últimos capítulos (intensos, disfrutables, reveladores, muy trabajados desde el punto de vista de las paradojas temporales) sirven más para lamentar que la novela no se adentrara antes en estos terrenos que para cautivar al lector. Aunque hay que ensalzar la elegancia con la que Moore enlaza su historia alternativa con el viaje en el tiempo, proponiendo como "historia alternativa" del anciano Hodge precisamente nuestra historia contemporánea tal cual la conocemos. Lo que evidencia que estamos ante un clásico cuya lectura es aún recomendable a pesar del tiempo transcurrido.

sábado, 22 de octubre de 2016

Que no desciendan las tinieblas (1941). Lyon Sprague de Camp

Con la presente entrada inauguro las reseñas que voy a dedicar a muchas de las principales novelas del subgénero de las ucronías disponibles en español. Y lo hago con "Que no desciendan las tinieblas". Pocas veces hay tanto consenso respecto a la novela que inauguró formalmente un subgénero tan atrayente. Y es que la literatura de ciencia-ficción apenas estaba iniciando su evolución desde los relatos cortos en revistas pulp a las novelas de longitud convencional y edición en tapa dura, cuando el estadounidense Lyon Sprague de Camp ya estableció las bases de la ucronía como subgénero. Y lo hizo con esta meritoria novela, que setenta y cinco años después aún sigue siendo considerada fuente de inspiración para muchos de los escritores que se adentran en este subgénero. "Que no desciendan las tinieblas" es una ocurrente historia alternativa, muy bien documentada, amena, llena de acontecimientos y alteraciones sobre la historia real. Si bien, como cabría esperar por el tiempo en el que fue escrita, le falta algo de profundidad y una justificación algo más elaborada del nuevo rumbo histórico.

De manera muy endeble (un simple trueno) pero en un lugar muy adecuado (la plaza del Panteón en Roma, que ya existía como tal hace veinte siglos), De Camp inicia la novela haciendo retroceder al arqueólogo Martin Padway (su protagonista absoluto) a la Italia dominada por los godos del año quinientos treinta y cinco de nuestra era. Planteando así la novela inicialmente como un viaje hacia atrás en el tiempo. Y con suma coherencia, sacándole partido a sus habilidades de ciudadano del siglo XX y sus conocimientos históricos, permite que Padway se adapte a su nueva situación y progrese rápidamente en la decadente sociedad italiana.

Así, la primera mitad de la novela nos muestra cómo Padway va prosperando rápidamente gracias a sus conocimientos en contabilidad, en producción de licores, o en técnicas de impresión, hasta llegar a conocer al mismísimo emperador Thiudahad (más conocido como Teodato en España). Durante los dos primeros capítulos, con gran amenidad y dinamismo; luego, de forma algo más irregular, aunque con episodios en ocasiones humorísticos que facilitan la lectura. Hasta que Padway llega a la conclusión de que, para seguir progresando en la sociedad, debe alterar el devenir histórico que él conoce e "impedir que desciendan las tinieblas" sobre Occidente. Comenzando así la ucronía.

El hecho divergente que plantea de Camp es, pues, que por la intercesión de Padway, Optaris no logra asesinar a Thiudahad y la historia da un vuelco completo, con Padway a los mandos del nuevo rumbo histórico. De Camp respeta esencialmente los personajes clave de la época (Wittigis, Belisario, Justiniano) y los lugares (Padua, Roma), pero tejiendo una sucesión de conspiraciones y batallas que evitan la caída definitiva del Imperio en manos de los bárbaros. Y que remata con un guiño certero al futuro en la misiva que Padway escribe a Justiniano en el último capítulo, avisándole del cercano nacimiento de Mahoma y la ola de barbarie que, si no toma medidas, provocará en Oriente.

Como puede inferirse de todo lo anterior, constreñir tantos avatares en doscientas páginas es muy complicado incluso para alguien tan conocedor del siglo VI como De Camp. Y ése es el mayor defecto de la novela: es tal el volumen de personajes y acontecimientos que a menudo cuesta seguir todas las implicaciones de lo que nos presenta, y disfrutar de todas las alteraciones. A menor escala, a veces incomoda un poco el sentimiento de superioridad absoluta del ciudadano del siglo XX sobre los habitantes del siglo VI. Tampoco ayuda una traducción alejada del español ortodoxo en la edición de la colección Aelita. Ni el desinterés absoluto de De Camp por justificar cómo continuó la historia tras la intervención de Padway (si incurrió en alguna paradoja, si todo fue un sueño, cómo la historia recuperó su devenir hasta 1941...). Ni tampoco ciertos detalles que los historiadores a buen seguro detectarán: un anormalmente envejecido Thiudahad, o un Juan el Sanguinario que cobra relevancia con varias décadas de adelanto.

A cambio, el estadounidense abrió sn problablemente saberlo las puertas de la ciencia-ficción al incipiente subgénero de las ucronías, con una novela que ha envejecido bastante bien y puede mirar de frente a las historias alternativas más laureadas de los últimos tiempos.

miércoles, 12 de octubre de 2016

El subgénero de las ucronías

Como ya anticipaba en mi anterior entrada (dedicada a "Roma Eterna", la ucronía en la que Robert Silverberg nos presentaba un planeta en el que el Imperio Romano sobrevivía hasta nuestros días), a partir de la presente entrada y durante los próximos meses voy a fijar mi atención en las ucronías, uno de los muchos y maravillosos subgéneros de la literatura de ciencia-ficción. También conocido por el para mí más impreciso término de historia alternativa, la ucronía explora cuál habría sido el devenir histórico si uno o más acontecimientos no hubieran sucedido en realidad como los conocemos. Se trata de un subgénero que dio sus primeros pasos literarios hace siglos, pero cuya consolidación vino de la mano de la ciencia-ficción, al conjugar el sentido de la maravilla inherente a la exploración de otro devenir histórico con el rigor cuasi científico y las jugosas reflexiones que siempre aporta la buena ciencia-ficción.

En sentido estricto, una ucronía surge cuando el escritor plantea un hecho divergente (también llamado punto Jombar) que altera el devenir histórico conocido, dando lugar a una evolución histórica diferente y de fascinantes posibilidades. El ejemplo más habitual es el de una historia alternativa en la que, por determinada batalla o decisión estratégica, las potencias del Eje ganaron la Segunda Guerra Mundial, alterando completamente la historia a partir de entonces. Ahora bien, siendo la ciencia-ficción un género tan rico, es habitual encontrar ucronías que exploran esa historia diferente a partir de más de un hecho divergente, o enlazando el hecho divergente con el viaje en el tiempo, o presentando el hecho divergente sólo al final de la historia... Lo importante es que esa exploración se haga con rigor y respeto por las ciencias físicas y sociales, para que el resultado sea razonablemente creíble.

Es por eso que en la lista de títulos que voy a sugerir he dejado de lado aquellas ucronías que no son sino meras excusas para dar salida a los inevitables y para mí denostados brujos y dragones. O aquellas escritas por escritores que no se adscriben al género de la ciencia-ficción, pero que se han acercado en algún momento de su carrera a las ucronías, conscientes de sus enormes posibilidades creeativas. También he fijado mi atención únicamente en las novelas, puesto que como ya he comentado en otras ocasiones en este mismo blog creo que es la manifestación literaria que mejor permite explotar las posibilidades de las ucronías, al igual que el resto de subgéneros de la ciencia-ficción. Y he intentado no repetir escritores, para que la panorámica sea la más amplia posible.

No es fácil encontrar una lista de ucronías en español (al menos no lo ha sido para un simple aficionado como yo), por lo que la selección de títulos que les voy a proponer es enteramente mía. Como ya digo, los límites que delimitan este subgénero no son nítidos, y es posible que para algunos de Vds. determinada novela no encaje muy bien en el concepto de ucronía. Pero al menos desde mi punto de vista todas estas novelas son ante todo ucronías, y de ahí su inclusión en esta lista, que como siempre presento en orden cronológico y revisaré individualmente en sucesivas entradas:

1. "Que no desciendan las tinieblas" - Lyon Sprague de Camp (1941)
2. "Lo que el tiempo se llevó" - Ward Moore (1953)
3. "El hombre en el castillo" - Philip K. Dick (1962)
4. "Pavana" - Keith Roberts (1968)
5. "La última astronave de la Tierra" - John Boyd (1968)
6. "El sueño de hierro" - Norman Spinrad (1972)
7. "En el día de hoy" - Jesús Torbado (1976)
8. "Gloriana o la reina insatisfecha" - Michael Moorcock (1978)
9. "La máquina diferencial" - William Gibson y Bruce Sterling (1990)
10. "Antihielo" - Stephen Baxter (1993)
11. "Agente de Bizancio" - Harry Turtledove (1994)
12. "Darwinia" - Robert C. Wilson (1998)
13. "La luna y el sol" - Vonda McIntyre (1998)
14. "Pashadaze" - Jon Courtenay Grimwood (2001)
15. "El último día de la guerra" - Christopher Priest (2003)
16. "Roma Eterna" - Robert Silverberg (2003)
17. "Emperador" - Stephen Baxter (2006)
18. "El círculo de farthing" - Jo Walton (2006)
19. "El sindicato de policía yiddish" - Michael Chabon (2007)

Si son observadores, verán que hay un título ("En el día de hoy") que no se ajusta a los criterios que explicaba antes. Al ser la ciencia-ficción un género de origien y predominio anglosajón, no abundan los títulos que especulen con la historia alternativa de España. Pero siendo la historia de España una de las más largas y ricas de la humanidad, me ha parecido imprescindible incluir al menos un título que especule sobre una historia alternativa de España. Y que mejor que seleccionar una novela cuyo hecho divergente sea el más impactante posible: una historia en la que los republicanos ganaron la Guerra Civil. Otra excepción ha sido la inclusión de dos novelas de Stephen Baxter; ambas se acercan a la ucronía desde puntos tan diferentes y son tan recomendables que me ha parecido oportuno hacer otra excepción.

El resto de los títulos sí siguen los criterios que comentaba, y abarcan desde los albures del género de ciencia-ficción allá por los años cuarenta hasta la proliferación de ucronías en los últimos años, coincidiendo con el auge de la novela histórica en general. Todos estos títulos son novelas de referencia en el subgénero, y me atrevo a decir que la mayoría figuran (o deberían) figurar entre lo más granado del mismo. Así que espero que este recorrido por las ucronías les resulte tan apasionante como a mí. Vamos a ello.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Roma Eterna (2003). Robert Silverberg

Con la presente entrada termino la reseña de los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. A partir de su sexagésimo cumpleaños en 1995, Silverberg ralentizó notablemente su ritmo de producción literaria, entrando en una especie de pre-jubilación que ha continuado hasta hoy. Por eso "Roma Eterna" es la única obra nueva suya de ciencia-ficción que ha visto la luz en España en los últimos veinte años. Una obra, además, que refleja perfectamente el letargo creativo del autor en esos años, puesto que no se trata de una novela como tal, sino de una colección de diez relatos largos que fueron viendo la luz individualmente a lo largo de los años hasta acabar conformando el libro. Sin embargo, "Roma Eterna" no es una antología al uso, sino una ucronía, es decir, una historia alternativa que postula que el Imperio Romano no sucumbió a manos de los bárbaros en el siglo V, sino que continuó dominando el mundo occidental hasta nuestros días. Una idea fascinante, y que además me va a permitir enlazar esta entrada con las que dedicaré a partir del mes próximo a las ucronías, otro de los subgéneros literarios que tienen cabida dentro del maravilloso mundo de la literatura de ciencia-ficción.

Presentar casi dos mil años de historia de manera comprensible y atractiva es una tarea harto compleja, y para la que un formato como el fix-up de relatos que capturen determinados momentos históricos es probablemente la mejor opción. Desde ese punto de vista el libro es satisfactorio, ya que los relatos están muy cohesionados, las referencias entre ellos son continuas y ninguno choca con lo narrado en los anteriores. Además, sin obligar al lector a resituarse cada vez que inicia la lectura de uno nuevo, como sucede en la inmensa mayoría de las antologías. No obstante cada relato posee su propia personalidad, puesto que se localizan en lugares diferentes, sus protagonistas pertenecen a distintos estratos sociales y tienen responsabilidades diversas, y el estilo narrativo se adapta siempre a lo narrado (compaginando la primera y la tercera personas, acercándose a los libros de viajes, o a los relatos de aventuras, o a las fábulas...). Con buen criterio Silverberg se apoya en varios de los acontecimientos esenciales en la historia de la humanidad (el surgimiento de Mahoma, la conquista de América, el Éxodo judío, la primera vuelta al mundo...), pero encajándolos con habilidad en su historia alternativa.

Por otra parte, al proponer más de un hecho divergente para dar lugar a su historia alternativa (al menos cabe mencionar la ausencia del cristianismo en el Imperio, el benigno dominio en el siglo III del emperador ficticio Tito Galio, la prematura muerte de Mahoma...) elimina con naturalidad buena parte de las objeciones que se le pueden plantear a este tipo de historias. Incluso aprovecha para dotar de sentido a alguno de nuestros mitos históricos más cuestionables (como por ejemplo cuando abiertamente defiende que antes de que el Imperio conquistara América, los "vikingos" ya la habían descubierto e incluso dominado en algunas áreas).

En cuanto a los defectos, los dos más obvios son: la inmutabilidad de instituciones, vestimentas e incluso costumbres a lo largo de veinte siglos (el Senado, las túnicas, las profesiones principales...), presentando unos avances tecnológicos esencialmente equivalentes a los que realmente se produjeron, pero siempre en un discreto segundo plano; y algunos relatos sensiblemente inferiores al resto (lentos, anodinos, escasos de acción e incluso de acontecimientos), que hacen que la impresión global del libro sea favorable pero sin llegar a figuar entre los títulos absolutamente recomendables del estadounidense. Aunque lo mejor será revisar individualmente cada relato.

En "Con César en las catacumbas" Silverberg va convirtiendo gradualmente lo que parece ser uno de sus habituales relatos de atmósfera sórdida y clímax orgiástico en un momento alternativo esencial de su ucronía sobre Roma, cercenando además para siempre la amenaza bárbara sobre Occidente. "Un héroe del Imperio", uno de los relatos más recomendables, es más directo, con un estilo literario muy conseguido (una serie de misivas enviadas en primera persona por su protagonista a un supuesto amante), y eficaz a la hora de presentarnos a Mahmut, ese Mahoma que nunca logró unificar a los sarracenos ni expandir su religión del Dios único. "La segunda invasión", uno de mis dos favoritos, es un excelente relato sobre las primeras expediciones para la conquista de América: coherente (reconociendo el papel esencial de los escandinavos), bien narrado (el pasado se presenta de manera que los acontecimientos presentes se comprendan con sencillez), e ingenioso (Olao el danio al frente de los mayas, la derrota propiciada por las fuerzas de la naturaleza...).

"A la espera del fin" es uno de los relatos más flojos, la conquista de Roma por el Imperio Bizantino narrada sin tensión, a través de un traductor y su amada. "Una avanzada del reino", correcto aunque demasiado corto para una trama compleja, sí reflexiona con originalidad y en un marco escénico atrayente (la Venecia bizantina) sobre la tesis de que los romanos siempre estuvieron destinados a gobernar el mundo, y que por eso reunificaron el Imperio tras el relativamente breve dominio de Bizancio. "Lo que oculta el dragón", otro momento brillante, con un estilo más desenfadado e incluso guiños humorísticos, sólo flaquea por su dispersión: funciona muy bien para consolidar con credibilidad trescientos años de historia alternativa, pero la trama reparte por igual la atención entre el megalómano proyecto de Demetrio y la semblanza de Trajano Draco y su vuelta al mundo, y siendo ambos interesantes y plenos de brillantes reflexiones, el resultado es que el relato avanza sin dirección clara hasta su final. Y "El reino del terror", otro de los momentos álgidos del libro, es un relato un poco disperso en su primera mitad a causa de sus diversas líneas narrativas, pero termina convirtiéndose en un brillante episodio de intrigas imperiales sobre el derrocamiento del Emperador y su sustitución como forma de atajar la Segunda Decadencia. Y además pleno de acontecimientos y certeras reflexiones.

El tercio final lo inicia "Vía Roma", para mí el único relato realmente prescindible: demasiado largo, predominantemente descriptivo y argumentalmente muy simple, lo realmente sustancial (el derrocamiento del Imperio y la proclamación de la Segunda República) se narra de manera telegráfica cerca del final, después de un montón de páginas de atmósfera bien capturada pero de contenido anodino. "Cuentos de los bosques de Vindobona" es mi otro relativo preferido: escrito casi a modo de fábula, un relato conciso y convincente para cerrar la historia de los Césares sobre Occidente. En un marco escénico diferente y cautivador (la Viena alternativa del siglo XIX), con un protagonista original (un niño) y una buena dosis de jugosas reflexiones. Y el libro se cierra con "Hacia la tierra prometida": aunque argumentalmente sencillo, cumple su papel de cierre de la ucronía a la perfección, ya que postula que los hebreos se pusieron a buscar por segunda vez su Tierra prometida nada menos que en las estrellas... Y además con el genial detalle de convertir el accidente espacial nada menos que en la vuelta a los Cielos de un nuevo Mesías. Con lo que Silverberg cierra así el círculo que abrió en el prólogo, cuando planteó que el judaísmo primero y el cristianismo después no lograron abrirse paso en el Imperio Romano. Casi nada.

domingo, 11 de septiembre de 2016

El robot humano (1993). Isaac Asimov y Robert Silverberg

Por penúltima vez dedico una entrada a reseñar los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, el estadounidense Robert Silverberg. Voy a reseñar a continuación "El robot humano", tercera y última de las novelizaciones que Silverberg acometió de tres de los mejores relatos cortos de Isaac Asimov. En esta ocasión el relato elegido fue "El hombre bicentenario", escrito en 1976 y galardonado con los premios Hugo y Nébula. Es decir, un inmejorable punto de partida, que sin embargo dio como resultado la más floja de las tres novelas fruto de esta colaboración. En mi opinión "El robot humano" es un trabajo correcto y agradable de leer, pero carente del calado que cabría esperar en estos dos escritores, y por tanto no forma parte de mi lista de sus obras absolutamente recomendables.

Aunque la novela posea muchas virtudes, al terminar la lectura no pude desprenderme de la sensación de haber leído una novela "hecha por encargo", porque toda ella parece presidida por una cierta falta de entusiasmo en su elaboración, pese a que en realidad no existan defectos de altura. Quizá sea una cierta falta de acción o de intensidad derivada de la trama que la sustenta, pero el caso es que esta percepción lastra la lectura.

Y eso que el planteamiento del libro, un robot tan anormalmente capacitado que termina por humanizarse, es tan interesante como plausible. Aunque su longevidad dificulta una interacción prolongada con los seres humanos que le rodean, estos personajes humanos se comportan con total naturalidad, siempre correctamente caracterizados para los cortos lapsos de tiempo en los que por fuerza aparecen. Además, como cabía esperar en una novela firmada por estos dos escritores, los acontecimientos se desarrollan de un modo razonable, sin episodios inverosímiles. De hecho, no faltan episodios emotivos con cada una de las muertes de las que es testigo Andrew: Sir, Little Miss, George...

Otro acierto notable es la reacción de US Robots and Mechanical Men y de la sociedad en general ante la evolución de los robots: las distintas fases por las que atraviesan (integración, rechazo, aceptación...) serán indudablemente un punto de referencia si estas cuestiones se plantean en siglos venideros. Particularmente trascendentes son las especulaciones sobre los rasgos que caracterizan exclusivamente a la especie humana. Y todo ello sin dejar de echar fugaces vistazos a la evolución de la sociedad humana en los próximos siglos (como por ejemplo el desarrollo de la luna y su talante más liberal).

No obstante, conforme se avanza en la lectura se ponen de manifiesto otras dos pegas considerables: la reiteración en el esquema de los distintos episodios (a saber: Andrew va alcanzando estados evolutivos cada vez mayores, y propios de los humanos, pero se siente insatisfecho con lo logrado y plantea una nueva evolución difícil de aceptar por su entorno); y la ausencia casi total de episodios de acción (esencialmente sólo cuando Andrew es amenazado en su intento por ir a la biblioteca). Un tercer punto discutible son los detalles del comportamiento del Andrew más evolucionado, que en mi opinión no se ajustan del todo a las Tres Reyes de la Robótica (por ejemplo las amenazas u órdenes dadas por Andrew).

De todos modos no quiero terminar sin reseñar otros logros que atesora la novela. En primer lugar, cómo la trama enlaza con lo narrado en la mítica antología de relatos "Yo, robot" (incluso con alusiones directas). En segundo lugar, las explicaciones biológicas que va introduciendo Silverberg durante la gradual evolución de Andrew, como cabe esperar en toda obra de ciencia-ficción. Y en tercer y último lugar, el final, no del todo esperable después de tanta evolución robótica, y a la vez un alegato en favor de la imperfección humana.

lunes, 29 de agosto de 2016

La faz de las aguas (1991). Robert Silverberg

Poco a poco me voy acercando al final de las entradas dedicadas a reseñar los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. En la presente entrada voy a hablarles de "La faz de las aguas", que sin ser uno de sus clásicos absolutamente recomendables, sí que es en mi opinión una meritoria novela, más si se tiene en cuenta que es una de las últimas que escribió. Estructurada en tres partes, y alejada de la concisición que lo caracterizaba en la producción de su quinquenio dorado (quinientas páginas nada menos), es una obra a medio camino entre el viaje iniciático y la novela de aventuras, que intenta tomar lo mejor de ambas. Una lástima que el desenlace no esté a la altura.

Silverberg sitúa la narración en el planeta Hydros, un mundo esencialmente acuático, con apenas unas decenas de islas artificiales donde la humanidad puede subsistir en condiciones rudimentarias, y sin posibilidad de salir del mismo. En la primera parte, prácticamente intachable, relata la vida de una pequeña comunidad humana en la isla de Sorve en convivencia con una comunidad nativa de gillies, que es la especie que la construyó. Centrada como toda la novela en Valben Lawler, el médico de la isla, nos muestra lo precaria y sin embargo apacible que resulta la vida humana en ese pequeño rincón del planeta Hydros en pleno siglo XXIV. Son unas páginas fascinantes tanto por el marco escénico presentado como por el ingenio aplicado por los humanos para desempeñar la mayoría de las profesiones de cualquier sociedad, a pesar de la enorme escasez de materias primas. Lawler, el alter ego de Silverberg, desempeña su profesión de médico con unos notables conocimientos científicos, y a través de sus pacientes vamos conociendo al resto de la comunidad de Sorve (el líder de la isla Nid Delagard, el inseguro padre Quillan, la errante reparadora de barcos Sundria Thane...). Tanto la isla como los personajes están excelentemente caracterizados y cuando, a raíz de la afrenta de Delagard a los buzos, los gillies obligan a los humanos a abandonar completamente la isla, las especulaciones y los sentimientos de los distintos personajes están a la altura de lo presentado hasta ahora.

La segunda parte, que relata la travesía en la que los seis barcos de la población de Sorve se dirige hacia el Mar Vacío, mantiene el nivel de la anterior: más focalizada en la vertiente de aventuras, cautiva por la cantidad y originalidad de especies que imagina Silverberg (drakkens, peces bruja, peces espolón, bocas...), y algunas de las situaciones límite que plantea y resuelve (desde la falta de agua potable hasta la gran Ola y sus terribles consecuencias sobre la flota, pasando por la revelación de que adonde realmente se están dirigiendo es a la Faz de las Aguas). Silverberg aprovecha hábilmente esta parte para revisitar las vivencias de Lawler, reflexionar sobre ellas, y enfatizar su obsesión por la extinta Tierra, origen de sus antepasados.

Es en la tercera parte en la que se concentran casi todos los defectos. No es que la Faz de las Aguas no funcione como elemento alegórico-expiatorio, pero Silverberg se recrea en exceso hasta que llegan a ella (hay treinta o cuarenta páginas reiterativas), se limita a presentarla como un artificio de luces y colores con poderes parapsicologicos, y finalmente representa sólo un manido concepto muy similar a la Gaia de Isaac Asimov, el cerebro que armoniza a todas las criaturas de Hydros y las orienta hacia los "invasores" (los humanos) para preservar el ecosistema del planeta. Ello unido a otros detalles mejorables como la ausencia de un mapa de Hydros que permitiera situar la lectura, de una referencia cronológica más clara, o incluso una trama algo simple, hacen que la novela no pase a formar parte de lo mejor de la producción del estadounidense. Pero las bondades ya citadas, junto a su brillante prosa, certera estructuración y sentido de la maravilla a lo largo de la misma, sí que la convierten en una lectura recomendable.

martes, 9 de agosto de 2016

Anochecer (1990). Isaac Asimov y Robert Silverberg

Una nueva entrada continúo reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. En esta oportunidad me toca reseñar la primera de las tres novelas que publicó al principio de los noventa junto con el insigne Isaac Asimov. Una pareja de escritores del más alto nivel dentro del género, por lo que las expectativas de su colaboración fueron desde el principio muy altas. Expectativas justificadas además por el proyecto en sí: la novelización a cargo de Robert Silverberg de tres de los cuentos más laureados de Isaac Asimov. En otras palabras, partiendo de tres relatos escogidos por el propio Asimov, Silverberg se encargó de actualizarlos, pulirlos y enriquecerlos hasta convertirlos en novelas bajo la supervisión del Buen Doctor. En el caso de "Anochecer", se trata de un relato corto que Asimov publicó en 1941, y que fue premiado en los Nébula de 1968 como el mejor escrito en el género antes de 1965. Por lo que cuando abordé la lectura de la misma me la esperaba mejor de lo que me pareció, aunque no me llegó a decepcionar. Pero tengo claro que no la incluiría en la lista de las novelas absolutamente recomendables de Silverberg.

Asimov y Silverberg nos muestran la vida de los seres humanos en el planeta Lagash, que al encontrarse en un sistema con seis soles está iluminado de manera continua. Hasta que un equipo de astrónomos y una arqueóloga concluyen que la luz perpetua no es en realidad tal, ya que cada 2049 años se produce un ciclo de oscuridad. Esto da pie a las tres partes en que está dividida la novela: "Atardecer", "Anochecer" y "Amanacer", siendo la segunda la que directamente hereda del relato corto de Asimov, y las otras dos adiciones de Silverberg para convertir el relato en novela. Se trata de una novela relativamente larga para lo habitual en el Silverberg del quinquenio dorado, pero de extensión razonable para la magnitud de los acontecimientos narrados.

Empezando en esta oportunidad por los puntos débiles, hay uno que condiciona especialmente toda la obra: el excesivo parecido de Kalgash a la Tierra. Independientemente de la nota que añadiron los escritores al principio para justificar este parecido y por qué habían renunciado a nombres específicos para designar conceptos conocidos de nuestro planeta, el mimetismo que se percibe refleja en mi opinión una cierta falta de creatividad: los habitantes, la naturaleza, los colores, las instituciones... hasta el modus vivendi de cada personaje es el que presidía la civilización occidental en el siglo XX. Y Kalgash queda así reducido a una "Tierra con seis soles". Por otro lado, y en su afán por abarcar las experiencias de diferentes personajes, la narración se vuelve excesivamente lenta (tanto en las primeras páginas como en muchos tramos de la segunda parte). El último defecto reseñable, a mi modo de ver, es el final: endeble, conformista, y parcial (puesto que sólo tres de los muchos protagonistas de la novela aparecen en sus últimas páginas).

Afortunadamente, a cambio tenemos una buena dosis de lo mejor de estos dos maestros: la fascinante idea del mundo de seis soles, y las consecuencias de la luz perpetua en la civilización, aderezadas con una base científica sólida esperable en Asimov; y el variopinto y entretejido mosaico de personas de "carne y hueso" con sus sentimientos, sus inquietudes, sus interrelaciones... esa introspección que sabe captar como nadie Silverberg. Es curioso, además, que un personaje con una profesión "menospreciada" por ambos autores (Theramon) se convierta, paradójicamente, en el eje de la novela. Y ello sin desdeñar las habituales reflexiones que Silverberg introduce a partir de lo narrado.

Además, como era de esperar, hay pasajes realmente magistrales: cómo terminan encajando todas las piezas que predicen el eclipse, las fatídicas consecuencias de las estrellas para la población civil y, especialmente, la lucha por la supervivencia en el bosque tras la catástrofe, digna de los mejores momentos de un clásico como "El señor de las Moscas", de William Golding. Y todo ello con una prosa de calidad, fluida y a la vez profunda, y unos protagonistas que me atrevo a calificar de "entreñables". Porque a ingenio no se le gana fácilmente a Asimov, y a oficio no se le gana fácilmente a Silverberg.

martes, 26 de julio de 2016

Al final del invierno (1988). Robert Silverberg

Continúo reseñando los principales libros disponibles en español de mi escritor de ciencia-ficción favorito, Robert Silverberg. Le toca en esta entrada a "Al final del invierno", novela de 1988 y por tanto enmarcada dentro de su segunda y última época como escritor de ciencia-ficción. Una novela que en realidad iba a ser la primera de una ambiciosa trilogía sobre la humanidad en un futuro remoto, pero que al final se quedó en sólo dos entregas, la segunda de las cuales ("The queen of springtime") no está traducida al español y por tanto no reseñaré aquí. "Al final del invierno" fue saludada por Miquel Barceló cuando la publicó en su colección Nova como una meritoria vuelta de Silverberg a su "mejor forma". Personalmente no la considero parte de sus novelas absolutamente recomendables, pero sí que me pareció digna y claramente superior a su predecesora en el tiempo ("La estrella de los gitanos"), a pesar de su gran longitud.

Silverberg nos plantea en "Al final del invierno" el resurgir de la humanidad en la Tierra en un futuro muy lejano, tras un desastre planetario de origen natural. Y durante catorce muy extensos capítulos nos muestra a través de distintos personajes cómo va produciéndose ese resurgimiento. De manera que cuando el lector concluye la lectura la impresión que prevalece, más que la de haber disfrutado con la novela, es la de haber conocido (incluso intimado) con una serie de "personas", en el sentido amplio de la palabra. Y esto puede interpretarse como una virtud del escritor a la hora de conferir vida a sus personajes, pero también como un defecto a la hora de haber dejado los acontecimientos en un discreto segundo plano.

Como decía, Silverberg demuestra su gran habilidad narrativa al ofrecernos las perspectivas y los sentimientos de muchos personajes: Hresh el cronista, Koshmar, Taniane, Torlyri, Harruel, Sachkor... Tenemos ante nuestros ojos un complejo panorama de relaciones humanas. Sin embargo, su esfuerzo ante una tarea tan compleja provoca que descuide un tanto el ritmo de la narración, que a menudo es demasiado lento, carente de grandes acontecimientos y sin que el lector perciba un objetivo claro en muchas de las acciones de los protagonistas (por ejemplo, el porqué de la estancia del Pueblo en Vengiboneeza).

Otros aspectos negativos del libro son a mi modo de ver: el excesivo recurso a artilugios y entes fantásticos y poco científicos (entre ellos, el Barak Dayir, de poderes injustificables, los dioses del Pueblo, las máquinas del Gran Mundo, la segunda vista...); el panorama evolutivo que nos presenta, con seis especies inteligentes y unos animales y plantas excesivamente modificados y hasta poco rigurosos para lo que biológicamente cabría esperar; la excesiva longitud de la novela, que el Silverberg del quinquenio dorado habría resuelto en doscientas páginas menos; y la escasa justificación al abandono de la supremacía por parte de los Seres Humanos, y su papel en el Gran Mundo y en el capullo (el interior de la Tierra).

A cambio, las grandes virtudes son las que siempre cabe esperar en Silverberg: calidez, humanismo, intimismo, emotividad... El lector va descubriendo el entorno a la vez que los personajes, lo que facilita la lectura. En concreto disfruté con la reflexión sobre qué es realmente "la humanidad", y por qué bajo este prisma el Pueblo aún no es humano. También disfruté con el gradual conocimiento de unos personajes fascinantes (sobre todo Koshmar y Hresh). Y, ciñéndmoe a los hechos que se narran en la novela, me agradaron particularmente las primeras expediciones en Vengiboneeza, el día de la Partida de Harruel, y el desenlace de la novela, sus muertes y sus nombramientos... Y todo ello pese a que Silverberg renuncia expresamente a recrearse con el encuentro entre el Pueblo y Harruel, y la batalla contra los hjjks. Salvo que lo relatara en la inédita "The queen of springtime", claro.